La incapacidad de Pedro Sánchez y los daños colaterales

Alberto Vila

 “Vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intolerable.” Tolstoi

Daño colateral es un término utilizado por los portavoces militares para referirse al daño no intencional o accidental, producto de una operación militar. El término comenzó siendo un eufemismo cuando fue acuñado por el Alto Mando de los EE.UU. durante la Guerra de Vietnam. Así, el término puede referirse a fuego “amigo”, o propio, o destrucción de civiles y sus propiedades. Eufemismos aparte, esta denominación se populariza cuando llega al público durante la llamada Guerra del Golfo en 1991 durante los informes militares televisados, y era utilizado para referirse a las víctimas civiles durante el bombardeo de Irak. La dificultad para diferenciar ficción con realidad, cuando se difunden imágenes sangrientas básicamente por TV, un medio “frío”, tiene bastante que ver con la banalización de la violencia. Fue Marshall McLuham quién definió el concepto de medios “fríos” y “calientes”. Esa idea tiene que ver con la implicación de los individuos en el rol de audiencias. La política comunicativa basada en los sucesos, sangre y sexo, es contribuyente de la desvinculación entre ficción y realidad. Las personas terminan “insensibilizándose”, “deshumanizándose”, frente al fenómeno de las catástrofes humanitarias. Sean estas derivadas de conflictos bélicos, fenómenos climatológicos o exterminios religiosos o étnicos, o decisiones políticas. Las personas siguen comiendo su hamburguesa mientras los telediarios muestran sin pudores las entrañas de las víctimas, o se informa sobre el hallazgo de una anciana momificada frente a su televisor. El riesgo de descontextualizar los escenarios, en dónde se desarrollan estos acontecimientos, suele tener que ver con lo efímero del “time prime”. Además de un neoanalfabetismo informativo de la media de las personas. Por ello, el ciclo de vigencia de las noticias es efímero, pese a que se suele mantener con grados agraviantes de detalles que no contribuyen a la resolución satisfactoria de las cuestiones. La memoria colectiva es frágil. Tan sólo retiene frases generalmente diseñadas sobre un grano de verdad y el resto de mentira. De eso saben bien los expertos en campañas políticas. Hay responsables.

Hanna Arendt, que en su obra reflexionó sobre el totalitarismo en los años 50 del siglo XX, sobre la crisis de la tradición humanística en los años 60, y sobre la legitimación de la violencia en los movimientos de protesta de los años 70, es una voz autorizada para contextualizar la situación actual. Además de su contribución acerca de “la banalización de la violencia”, esta pensadora nos dice que allí donde hay comunidad política, hay poder, y no necesita justificación, sino legitimidad de origen. “El poder surge allí donde las personas se juntan y actúan concertadamente, pero deriva su legitimidad de la reunión inicial más que de cualquier acción que pueda seguir a ésta”. Por eso, según ella, la legitimidad mira al pasado, la justificación al futuro, a un fin que se encuentra alejado. El pasado fue la victoria del 39. El futuro es radicalizar la toma del poder y consolidar las instituciones neofranquistas. Entre estas últimas podríamos contar a la Iglesia Católica que ha dado cobijo a los mantos franquistas que cubrieron a las vírgenes de los templos.

Por su parte, con origen en el 15M, también el fenómeno Podemos queda legitimado, a pesar de los inauditos esfuerzos por destruirlo que han desplegado los poderes que respaldaron al modelo bipartito. Esto debe aceptarse o, de una vez, proclamar un sistema plutocrático basado en la monarquía. El grado de calculada violencia que provocan con sus mentiras los líderes de la nueva política, acerca de nuestro trágico pasado, es equiparable a la misoginia, la homofobia y la xenofobia de la que hacen alarde algunos de ellos. Del interés general la política tradicional, nada.

Así, estos temas se ausentan del debate político que nos haga un país más culto, mejor preparado en lo tecnológico y con claras recompensas al talento, del que carecen, para domiciliarse en alentar el enfrentamiento, promover noches de los cristales rotos y alentar la ocupación amenazante, cuando no violenta, de los espacios públicos. Por su carácter instrumental, la violencia siempre necesita herramientas, armas y tecnología, pero en cuánto acción tiene resultados impredecibles. Esa será su responsabilidad, aunque los medios del régimen sólo aprecien violencia en las expresiones opuestas.

En realidad estamos pisando una tierra repleta de sangre. Durante la dictadura de Francisco Franco, a partir de 1939, se practicó el terrorismo de Estado, donde, entre otras acciones, fueron fusilados más de 50.000 ciudadanos por diferencias políticas. También, se encarcelaron otros cientos de miles. De acuerdo a publicaciones de historiadores de la talla de Julian Casanova o Paul Preston tenemos información documentada. Precisamente, de este último en “El holocausto español”, estima en 150.000 víctimas inocentes a manos de los sublevados. En 2008, Baltasar Garzón, también hace un recuento sobre la represión en zona nacional que llega a 143.353 víctimas. Es decir, que  va siendo hora que se acabe con esta insolente banalización de la violencia que ha hecho el socialismo español luego de cuarenta años de presunta democracia. Serán solo simples “daños colaterales” para ellos. Recuperar la memoria histórica es un progreso moral en la convivencia, recuperando su dignidad luego de la desaparición de la dictadura. Sugiero la lectura del Informe que, en el caso del Valle de Los Caídos elaboró la Comisión de Expertos y fue entregado el 11 de noviembre de 2011.

Ascensión Mendieta, la mujer que fue símbolo de la lucha de las víctimas del franquismo por recuperar a sus familiares, ha fallecido días atrás con 93 años. Gracias a una magistrada extranjera, por la sospechosa parcialidad del colectivo de los jueces españoles, Mendieta consiguió recuperar los restos de su padre. Por tanto, de lo que debemos reflexionar es si este Estado está moralmente capacitado para cumplir con su finalidad. Hablamos de la relación entre poder y violencia. Porque uno de los atributos del Estado es monopolizar esa violencia, como medio para garantizar la convivencia entre todos los ciudadanos. Ahora bien, si ese Estado no es capaz de neutralizar manifestaciones como las vividas en templos, plazas y calles, expresando las virtudes de un genocida desde organizaciones que justifican el exterminio masivo, es que su capacidad para desempeñarse se ha diluido. Sin dejar de mencionar que su manifiesta incapacidad para formar gobierno produce diariamente víctimas en los mermados servicios de urgencias hospitalarias. En la protección a la pobreza energética que genera patologías graves en la población en riesgo de exclusión. En la cobertura a los ancianos que tienen aprobadas sus valoraciones para la dependencia pero que mueren en la más terrible soledad sin atención. Todo, mientras mantenemos el gasto militar. Favorecemos a los oligopolios financieros. Mantenemos condiciones de precariedad laboral para engordar las cuentas de resultados empresariales. Además de preparar el terreno para la privatización de las pensiones.

Las víctimas siguen produciéndose aún en época veraniega. La muerte no descansa el fin de semana. Las crisis humanitarias están en pleno desarrollo en este momento en que escribo estas letras.

Cuando votes, querida persona que puedas estar leyéndome, recuerda que la conciencia nunca duerme. Que no basta con acudir a manifestaciones. Esa exigencia de humanidad y solidaridad deberá obligarse a los que resulten elegidos, para que estén en condiciones de soportar la presión de los lobbies armamentísticos y económicos. Pienso en los gobernantes que profesan devotamente religiones basadas en los actos de contrición. Imagino el peso de su conciencia y siento pena por ellos. Estas cuestiones debieron ser materia para formar un gobierno progresista. Eso votó mayoritariamente la ciudadanía. El fracaso es única responsabilidad del peor socialismo que nos toca. Al parecer, el señor Pedro Sánchez carece de las aptitudes necesarias para enfrentarse a ellas.


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