La cuestión sobre guerracivilismo y derecha española no se resuelve con un llamamiento a “superar el pasado”. Lo que está en juego es el tipo de memoria que una democracia considera compatible con sus propios principios.
Ese mismo año, el primero sin el dictador, pero con el sucesor que había designado para dejar “todo atado y bien atado”, el rey Juan Carlos I, las fuerzas de seguridad y los grupos parapoliciales se llevaron por delante la vida de 38 civiles.
18 personas más perderían la vida ese año a manos de la trama negra del fascismo. Muchos de estos casos quedaron impunes, como los crímenes de los hermanos Contreras y de Anastasio Leal, que ni tan siquiera fueron investigados, ni mucho menos juzgados.
El mérito de Elisa Álvarez es mayor si se tienen en cuenta que los únicos medios con los que contaba eran un par de alambiques y otras tantas probetas, y con esto fue capaz, además, de descubrir el antídoto.
No es casual que el régimen encontrase en el toreo un aliado cultural: en él se citaban los valores de disciplina, exaltación del sacrificio, aceptación de la violencia como forma de orden y virilidad, valores que el fascismo aspiraba a universalizar.
La joven fallecida en el atentado, Salomé Alonso, salía en ese momento del bar, acompañada de su marido, Jesús Cañado, que ejercía como abogado laboralista en el despacho de Cristina Almeida, y que resultó herido de gravedad.