El viejo repertorio del imaginario español se reactualiza como “carácter nacional”. Y la audiencia , en lugar de interrogarse sobre su objetivo político. lo celebra como elemento identitario.
En esa economía del “todo se puede decir riendo”, la ultraderecha logra ejercer una didáctica del conformismo y la risa común crea comunidad identitaria.
Cuando se trata de un país situado fuera del eje de alianzas occidentales, el término “preso político” fluye sin dificultad. No hay incomodidad conceptual ni escrúpulos terminológicos. El diagnóstico es inmediato y la condena, rotunda.
Nos venden formas de gestión privada de centros públicos como eficiencia y ahorro, que ya hemos comprobado que terminan generando sobrecostes millonarios.
Zapatero también es una vieja obsesión que se reactiva cada vez que el PSOE articula mayorías progresistas con apoyos a su izquierda o en el terreno nacionalista.
Un informe de la Oficina de Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco, realizado hace diez años, contabilizaba más de setenta actos terroristas de grupos de ultraderecha en el País Vasco, en esa época, con 66 víctimas mortales, de los que solo en 17 casos hubo una sentencia firme.