El hombre del traje blanco

Por Mario del Rosal

He vuelto a ver una película curiosa: El hombre del traje blanco. Fue filmada en Gran Bretaña en 1951 y tiene como protagonista principal a un Alec Guinness que, aunque no parece tomarse el papel muy en serio (como en casi toda su filmografía), no llega a estropear del todo el argumento. Un argumento que, por otro lado, tampoco es ninguna maravilla, aunque encierra un par de cosas interesantes si lo analizamos desde un punto de vista marxista.

La historia es algo bobalicona: un químico brillante, aunque rozando la frontera del espectro autista, trabaja en sucesivos empleos de escasa cualificación en la industria textil con la intención de utilizar sus laboratorios (y su dinero) para inventar un tejido nuevo y maravilloso, desconocido hasta la fecha. Tras diversas vicisitudes más bien insulsas, acaba consiguiendo su objetivo: una tela que no se desgasta, no se puede rasgar o romper y ni siquiera se mancha (por lo que tampoco puede ser tintada, razón por la cual es de un blanco cegador).

Haciendo honor al mito del inventor abnegado y filantrópico, su intención inmediata es dar a conocer su descubrimiento, compartirlo con el mundo entero y lograr así un paso de gigante en eso que solemos llamar progreso. Este tejido único conseguirá que todo miembro del género humano –rico o pobre, capitalista o proletario–, pueda vestirse decentemente de una vez por todas, sin necesidad de preocuparse por no tener dinero para reemplazar las prendas rotas o gastadas, sin condenar a los humillados a ser, además, ofendidos por la miseria material de no poder vestir como es debido.

Como ya sospecharás, el ingenuo inventor, para quien se confecciona el único traje elaborado con tan excepcional material, es muy pronto despertado de su sueño utópico por la avariciosa industria textil del país, que rápidamente olvida la competencia mutua para unir sus fuerzas con la intención de cooptarlo mediante jugosas sumas de dinero y otras promesas terrenales. Sin embargo, al no conseguir mover sus bajos instintos, se acaban viendo obligados a perseguirlo para acabar con él y con su invento.

¿Y por qué? Pues por algo muy sencillo: la necesidad de destruir el nuevo tejido para impedir que se detenga el perpetuum mobile de la producción y la venta en la industria textil, lo que significaría acabar con los beneficios de sus capitalistas y, con ello, con su modo de vida y su dominio social. Algo sin duda muy similar al conocido concepto de la obsolescencia programada, según el cual, el capitalismo impide la invención y desarrollo de productos resistentes, duraderos y fiables porque eso perjudicaría a las ventas y reduciría las ganancias. O también similar, desde otra perspectiva, a la obsolescencia percibida (o la moda, por simplificar), que no pretende otra cosa que reducir el periodo de vida útil de las mercancías mediante la continua modificación de sus características estéticas y la creación de una permanente necesidad de renovación en los consumidores.

El capitalismo impide la invención y desarrollo de productos resistentes, duraderos y fiables porque eso perjudicaría a las ventas y reduciría las ganancias.

La cuestión es muy fácil de dilucidar con las herramientas del análisis marxista. Las ventajas materiales del tejido constituyen su valor de uso, que en el caso de este traje blanco experimenta un salto cualitativo extraordinario gracias a sus nuevas cualidades técnicas. Ese valor de uso aumentado permitiría mejorar la vida de las personas, pero no es así. Y no lo es porque, ante todo, ese tejido es una mercancía, ya que se ha inventado y desarrollado en el marco del modo de producción capitalista. Es, por lo tanto, un valor de cambio destinado a hacer posible la extracción de plusvalor a la fuerza de trabajo y alimentar, así, la necesidad de ganancias del capital. La mejora sustancial que supone el nuevo tejido en tanto que valor de uso choca frontalmente con su depreciación en tanto que valor de cambio, ya que se producirá y venderá en menor cantidad, generando menos beneficios. Esta situación puede parecernos una intolerable contradicción, pero no lo es de ningún modo desde la lógica del capital. Por eso, se produce continuamente, como tantas otras monstruosidades que caracterizan a este indecente sistema económico.

Alguien que viviera en una época anterior (o posterior) al capitalismo entendería este avance científico como lo que es desde el punto de vista del valor de uso: un logro a todas luces beneficioso para la humanidad que sólo un loco o un tonto rechazaría. Sin embargo, para cualquier “Nobel” de economía actual, la reacción de la industria al querer destruirlo no se saldría un ápice de la más estricta racionalidad[1].

En cualquier caso, todo esto es casi trivial por obvio y no parece justificar la hora y veinte que dura la película. Pero hay algo más. Resulta que el pobre científico no sólo ha de escapar de los fieros oligarcas del textil, sino también del furor de sus antiguos compañeros proletarios y los sindicatos que los representan y azuzan. ¿Cómo es eso posible, si serían ellos, en tanto que apurados compradores de ropa de escasos recursos, los más beneficiados por este logro?

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, deprimente: los trabajadores temen perder su empleo si la industria textil sufre por culpa del nuevo invento. Por ello, luchan contra quien pretende mejorar sus vidas y, para ello, se ponen del lado del capital, es decir, de quienes viven a su costa, de quienes los explotan y se aprovechan de su trabajo cada día.

¿Acaso tienen otra opción? Bajo el capitalismo, evidentemente, no. El asalariado depende del capital para vivir, ya que ha de venderle su fuerza de trabajo si quiere conseguir los medios de vida que necesita. En otras palabras, no puede permitirse la quiebra de la empresa que lo explota, so pena de quedarse en paro y perder la única fuente de ingresos que le permite sobrevivir y mantener a su familia. El asalariado es, en este sentido, un esclavo del capital, a quien no sólo vende su primogenitura por un plato de lentejas, como diría Thoreau[2], sino que se ve obligado a asegurar su prosperidad para no dejar de comer.

Cada clase social depende de la otra por culpa de la estructura intrínsecamente explotadora del sistema.

¿Significa esto que los intereses de los obreros textiles coinciden con los de sus capitalistas? Evidentemente, no. Cada clase social depende de la otra por culpa de la estructura intrínsecamente explotadora del sistema. El obrero depende del capital para comer, como hemos dicho, pero también el capital depende del obrero para producir y obtener beneficios. Sin embargo, esta dependencia mutua no es simétrica, ni mucho menos, ya que el capital dispone de miríadas de candidatos ansiosos por ser explotados, mientras que el trabajador ha de luchar cada vez más para conseguir constituirse en una mercancía atractiva y rentable para el capital, cada vez más mecanizado y monopólico. En otras palabras, el capital explota al trabajador para enriquecerse y perpetuar su poder, mientras que el trabajador busca ser explotado sólo para poder sobrevivir.

Aunque suene raro, lo cierto es que esta película no tiene moraleja. El director decidió acabarla con una escena más bien ridícula que esquiva cualquier sospecha ideológica. En ella, el inventor, en lugar de ser linchado por los capitalistas y los trabajadores, es simplemente despedido de su empresa al descubrirse que el tejido sintético ha dejado de ser estable químicamente tras un tiempo. Así, al salir por la puerta de su antigua fábrica, camina hacia el horizonte con porte optimista, casi eufórico. Y lo hace porque, tras echar un vistazo a su bloc de notas, parece haber descubierto algo nuevo que, quizá, le permita mejorar su invento en el futuro.

Como decimos, la película no tiene moraleja. Pero sí tiene un significado sobre el que merece la pena volver a pensar. Un significado que puede resumirse en una pregunta tonta, aunque no tanto: ¿son compatibles los trajes blancos con el capitalismo?

 

[1]      Ponemos la expresión “Nobel” de economía entre comillas porque, como es sabido, ese premio no es concedido por la Fundación Alfred Nobel, sino por el Banco Central de Suecia. De hecho, su nombre completo es Premio de Ciencias Económicas del Banco Central de Suecia en memoria de Alfred Nobel, y fue creado en 1968 para celebrar el 300º aniversario de la fundación de esta vetusta institución. El sesgo neoclásico de la lista de galardonados es sobradamente conocido.

[2]     Thoreau, Henry D. (1863). Desobediencia civil y otros escritos. Madrid: Editorial Sol 90, 2009, p. 15.

 

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