El escándalo de priorizar la productividad por encima de la salud

Por Mª Ángeles Castellanos

Cuando una empresa fija el precio de sus productos tiene en cuenta aspectos como los costes en los que ha incurrido para producir ese bien, el valor añadido que incorpora, los elementos que le diferencian de la competencia o el margen de beneficios que pretende obtener. En ningún caso estaría dispuesta a vender sus productos fijando el precio únicamente en función, por ejemplo, del tiempo que va a ser usado ese bien por quien lo adquiera.

Por otro lado, cuando compra a una gran empresa los productos que necesita para su propia producción, no descuenta del precio de compra todos los costes necesarios para que ese producto llegue en condiciones inmejorables a su empresa.

El capital paga al capital

Pero cuando se trata de remunerar al trabajo, pudiera parecer que las empresas creen que las personas que trabajan en  sus establecimientos surgen por generación espontánea en las puertas de los mismos, como los hombres champiñón de los que habla Amaia Pérez Orozco, aparecen en perfecto estado físico, psicológico o formativo y dispuestas a trabajar de forma óptima, personas entendidas y tratadas por las empresas como si estuvieran desprovistas de condicionantes externos, carentes de sentimientos, sin necesidades de cuidados o de autocuidados que cubrir, o sin enfermedades de las que curarse o con las que convivir.

Las empresas tratan a quienes trabajan en ellas como si fueran personas alejadas de su naturaleza humana.

Este interés empresarial y capitalista en deshumanizar a las personas, en convertirlas en individuos económicos que existen únicamente cuando generan riqueza de la que cuenta en el PIB, se ha construido sobre de la división sexual del trabajo y sobre la invisibilización de los cuidados.

Invisibilizando los cuidados, dejándolos en el ámbito de lo doméstico, asignándoselos a las mujeres y desposeyéndolos de cualquier asignación de valor económico, se ha conseguido que las empresas puedan contar, a un bajo coste, con esos individuos en perfecto estado para trabajar.

A este objetivo de construcción económica de las personas también contribuye “la fantasía de la individualidad”, de la que habla Almudena Hernando (La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno, Primera edición: Katz ediciones, 2012, también editado por Traficantes de sueños en 2018)

Hernando fija su atención en la negación de las dinámicas emocionales en el discurso en el que nos socializamos, negación que se eleva a categoría de verdad y a “la que contribuimos tanto hombres como mujeres individualizados de la modernidad —porque es la clave para ser admitidos en los circuitos de poder (político, científico, académico, económico)— ”

También en base a esta falsa construcción de identidades que invisibiliza las emociones y que idolatra la individualidad generadora de poder, las empresas logran eludir gran parte del coste que supone tener trabajadores ya que aprovechan que la existencia pública se construye desde lo económico y que en base a esa construcción económica se determina el poder individual.

De esta forma las empresas, que deberían ser corresponsables en la atención de los cuidados imprescindibles para la vida, eluden los costes que supone esta responsabilidad, apropiándose así, de forma injusta, de una riqueza que no les pertenece y que acumulan como si su propiedad fuera incuestionable.

Las empresas tratan a quienes trabajan en ellas como si fueran personas alejadas de su naturaleza humana.

Con esta actuación, las empresas externalizan gran parte de sus costes que son asumidos principalmente por las propias personas que trabajan en sus establecimientos y por las personas que se ocupan de sus cuidados, pero también, por las distintas administraciones que proveen los servicios públicos.

Por otro lado, uno de los problemas que señala en su libro Almudena Hernando, es la constante insatisfacción que generan las individualidades desvinculadas de lo relacional y de lo sentimental, ya que los logros alcanzados nunca son suficientes. Esta insatisfacción constante, parece que también se extiende al funcionamiento de las empresas y se manifiesta en el afán desmedido que muestran  por maximizar los beneficios empresariales, así, no dejan de buscar formas nuevas (o viejas) de explotación, y en este afán, no tienen ningún reparo en seguir desvinculando a las personas de su naturaleza humana. Este empeño explotador, con demasiada frecuencia, encuentra Gobiernos afines que desarrollan normas tan lesivas como el artículo 52d del Estatuto de los trabajadores, artículo fruto de la reforma laboral de 2012 y que establece que será una causa objetiva de extinción de contrato las faltas de asistencia al trabajo, aún justificadas pero intermitentes. Es decir, las empresas podrán despedir por algo tan inherente al ser humano como es enfermar.

Esta reforma del Estatuto tiene una carga patriarcal brutal, se basa en la invisibilización de los cuidados, en la construcción  de identidades solo desde lo económico, en la creación de identidades desprovistas de sentimientos  y de relaciones fuera de la esfera pública y económica, se basa  en la construcción de poder desde el individualismo perfecto, tan perfecto que ni enferma.

Y no solo eso, las mujeres se han incorporado al empleo formal, pero siguen ocupándose de atender las necesidades de sus criaturas, de sus parejas, de sus madres y padres envejecidas o dependientes, sus empleos son mucho más precarios, más inestables, con mayores niveles de temporalidad y salarios más bajos, están más expuestas a sustancias que les pueden hacer enfermar porque los niveles saludables se fijan para los cuerpos de los hombres no de las mujeres. Todos estos factores harán que tengan más probabilidades de enfermar, en muchos casos serán enfermedades laborales no declaradas, pero aun así, podrán ser despedidas por el artículo 52d.

La glorificación del crecimiento económico es una decisión política que idolatra al capitalismo y que se sirve del patriarcado para eximir a las empresas de parte de sus costes.

Es un verdadero escándalo que se prioricen los resultados de las empresas por encima de la salud de los trabajadores y sobre todo de las trabajadoras, es un escándalo que se ponga la productividad como valor por encima de la salud pública en la medida que, ante el temor del despido, no serán pocas las personas que acudan enfermas a trabajar, y es un escándalo que el Tribunal Constitucional que debería velar por los derechos sociales diga en la reciente sentencia del 16 de octubre que “el art. 52 d) del ET obedece a la finalidad lícita de eximir al empresario de la obligación de mantener una relación laboral que ha devenido onerosa en exceso para la empresa, por las repetidas faltas de asistencia del trabajador a su puesto; esas ausencias intermitentes, aun cuando lo sean por causas justificadas, generan un incremento de costes laborales que la empresa no tiene por qué soportar”.

El Constitucional asume la lógica patriarcal de que los cuidados y la enfermedad son cosa del ámbito invisible de lo privado, que lo emocional y lo relacional se pueden desvincular de las personas cuando entran en sus centros de trabajo, que se puede separar a una persona de su condición humana que implica, entre otras cosas, que se puede enfermar, el Constitucional ratifica que las empresas pueden externalizar sus costes a quienes trabajan en sus empresas que deberán hacerse cargo por su cuenta y riesgo de estar en perfecto estado para darlo todo en sus puestos de trabajo, el Constitucional nos trata como si fuéramos perfectos autómatas que nos encendemos en la puerta de nuestros trabajos y nos apagamos cuando acaba la jornada laboral, porque para el Tribunal, lo importante es librar a las empresas de parte de lo que deberían ser sus costes de producción.

Esta sentencia es analizada por el profesor Joaquín Pérez Rey en su artículo Despedir trabajadores enfermos o la deriva antisocial del Tribunal Constitucional en el que señala que asistimos al triste espectáculo de glorificación constitucional del interés privado empresarial que se antepone a la propia dignidad de la persona.

La glorificación del crecimiento económico es una decisión política que idolatra al capitalismo y que se sirve del patriarcado para eximir a las empresas de parte de sus costes. Pero, como toda decisión política, se puede cambiar, como también se pueden cambiar las instituciones que resultan fallidas y que hacen dejación de sus funciones cuando, en lugar de defender derechos, priorizan privilegios.

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