Covid-19: 15 días después

Por Daniel Seixo

"La muerte es algo inevitable. Cuando un hombre ha hecho lo que él considera como su deber para con su pueblo y su país, puede descansar en paz. Creo que he hecho ese esfuerzo y que, por lo tanto, dormiré por toda la eternidad."

Nelson Mandela
"Creo que el hombre aprende mucho más de la adversidad, siempre que no lo destruya, que de la bonanza. Uno aprende con lo que vive, no con lo que cuentan. Se aprende más del dolor y no de los triunfos"

José Alberto Mujica

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Wilhelm Ritter von Leeb asediando y buscando la rendición por inanición de Leningrado y su 1 200 000 muertos hasta que la ciudad fue liberada, Paul Rusesabagina protegiendo en el Hotel des Mille Collines a mil doscientas sesenta y ocho tutsis y hutus de las masacres perpetradas durante el genocidio de Ruanda o el sitio de Sarajevo, el asedio más prolongado a una ciudad en la historia de la guerra moderna, en el que 12.000 personas perecieron y más de 50.000  resultaron heridas.

Cuando uno reflexiona acerca de estos acontecimientos históricos, realmente no tan alejados en términos temporales, no puede evitar comenzar a observar con otra perspectiva, los quince días de encierro que la actual pandemia producida por el Covid-19 nos ha impuesto a todos y todas. Soy consciente de que no todas las situaciones personales son iguales y cuanto escribo estas líneas, no me olvido de aquellas personas con enfermedades mentales que ven a estas horas en su hogar su prisión, tampoco lo hago de las mujeres maltratadas que se ven forzadas a convivir en un infierno con su maltratador, las personas de edad avanzada, las personas incapacitadas o todos y todas aquellas que perteneciendo a las capas más desfavorecidas de la sociedad, al proletariado, capean esta cuarentena en pisos de tamaño reducido en los que los pensamientos acerca del futuro laboral y personal, se acumulan llegando a hacer el ambiente ciertamente asfixiante. No me olvido de ellos, como tampoco lo hago de todos los que con el sudor de su frente y el esfuerzo de sus manos, hacen posible que nuestra vivencia de esta crisis siga siendo la vivencia de unos ciudadanos pertenecientes al primer mundo. Ese en el que Netflix, internet, los servicios a domicilio o la esperanza y la alegría presente en muchas comunidades de vecinos, hacen que realmente esto no tenga nada que ver con las tragedias de esos países que nunca ocupan portadas en nuestros medios.

Debemos salir de esta sintiendo como propia cualquier injusticia que se cometa en el mundo, gritando fuerte por Lesbos, por Yemen, Siria, pero también por el compañero que desahucian en el barrio o por el trabajador precario que nos cruzamos en el metro

Las incursiones de Boko Haram en las comunidades de Nigeria, los asesinatos de líderes sociales en Colombia, la guerra y el hambre profunda en Yemen o Siria, el terrorismo en Irak o la desesperanza en Lesbos, todas ellas son situaciones que en este momento tienen lugar en el mundo y a las que hace apenas un par de días apenas prestábamos atención. Muerte, pobreza e indiferencia, esas son las únicas opciones que a todos los que se encuentran en esas circunstancias les ha otorgado el capitalismo. Incluso en la miseria y la muerte, existen clases sociales y nacionalidades. Algunos dirán que ante una emergencia sanitaria global no se pueden establecer comparaciones demagógicas, pero serán los mismos que guardarán silencio cuando el coronavirus haga su dramática entrada en los campos de refugiados de Bangladesh, Jordania, Kenia o Etiopía. Esos que hoy, mientras tu vecino, tu madre o tu mejor amiga tienen que seguir acudiendo a trabajar sin apenas protección en medio del desastre, analizan en la red las consecuencias para el IBEX y piden comida a domicilio, dejando eso sí, una «generosa» propina a quienes se juegan su salud por el capricho de comida japonesa o macrobiótica de algún nene elegante que piensa que todo se puede medir con el color de turno de la pecunia.

Hoy hacen uso de la emergencia sanitaria para enmascarar su etnocentrismo y el ombliguismo blanco y occidental del sistema, pero se olvidan de que nadie, excepto Cuba, acudió presto a la epidemia de ébola originada en 2013 en Guinea –y que se extendió posteriormente a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Estados Unidos, España, Malí y Reino Unido– y nadie, excepto Cuba, se tomó como un problema global el brote de coronavirus, iniciado en la ciudad de Wuhan, enviando ayuda al gobierno Chino. Curiosamente, la «solidaridad» occidental siempre atiende primero a sus criterios nacionales, raciales o de clase, antes de transformarse en internacionalismo únicamente cuando nosotros somos los afectados, los que recibimos el golpe.

Resulta necesario salir de todo esto con otra mentalidad y con otros métodos a la hora de actuar. Resulta necesario pararse un segundo a respirar, replantearse la locura de todo esto a lo que llamamos capitalismo y profundizar en un cambio de paradigma que nos salve del desastre absoluto al que nos estamos dirigiendo como sociedad global. No nos engañemos, la fragilidad de nuestras vidas y de nuestro día a día, ha sido puesta de manifiesto por un shock contundente provocado por el Covid-19 y la pandemia derivada por su rápida e inexorable propagación a lo largo del globo, pero el sin sentido de nuestra realidad diaria debería haber resultado patente con los miles de muertos en el Mediterráneo, los continuos desahucios en nuestros barrios en los que proliferan las casas vacías, los explotados por el sistema laboral o todos aquellos abandonados a su suerte por un sistema que si bien lo han diseñado humanos, no está pensado para las personas. Remato el reinado absoluto del dólar.

Hace 3 millones de años que no existía una concentración tan alta de CO2 en nuestro planeta, el Ártico sigue alcanzado cuotas alarmantes de extensiones mínimas de hielo marino y más de 17 animales se han extinguido en los últimos cincuenta años, sin que eso suponga ya noticia alguna. Especies a las que hemos eliminado para siempre de la faz de la tierra como creyéndonos dueños de algo que en realidad no nos perteneces, algo de lo que estamos haciendo un uso irresponsable y que como auténticos niños idiotas y malcriados, apenas nos podemos imaginar las consecuencias. Esto no se trata de un puto discurso hippie en el que desde una supuesta atalaya de superioridad moral os lance un mensaje «simplista», centrado en salvar animalitos en la selva del Amazonas. No, en una sociedad en la que nos importa tan poco nuestra vida como para arriesgarla, junto a la de los demás, por salir a la calle a tomar un cerveza o hacer un poco de ejercicio en medio de una pandemia, pensar en que nos pueda importar eso sería totalmente inútil. Esto se trata de que en caso de seguir primando la competitividad extrema frente al sentido de comunidad, el mundo se va al carajo con todos y todas nosotros dentro.

En este juego del neoliberalismo no existe un vencedor absoluto. Y si existe, pueden creerme cuando les digo que sus posibilidades de pertenecer a tan selecto club, son prácticamente similares a cero. Miren a su alrededor por favor, en medio de una crisis de dimensiones todavía desconocidas, las personas se pisotean por un paquete de papel higiénico, mientras las empresas, incluso la de servicios tan básicos como los sanitarios, cruzan los dedos para no tener que acatar alguna orden del gobierno para que ponga sus posesiones en manos de los más necesitados. Somos la caricatura de lo que debería suponer una sociedad. Individuos aislados y maniatados por el consumismo, anclados a una forma de proceder que nada tiene que ver con la de nuestros antepasados. Incluso el capitalismo productivo más despiadado del pasado siglo, supo poner al servicio del pueblo todas sus factorías cuando el enemigo nazi acechaba con sus tropas la victoria. Aunque fuese solo por puro instinto de supervivencia. Hoy, mientras el coronavirus golpea con firmeza a Italia y España, Alemania cierra sus puertas, Holanda y Suecia evitan aumentar el gasto público y Estados Unidos… Estados Unidos intenta patentar y acaparar una posible vacuna a golpe de talonario. Ese mismo talonario que no es más que un cheque sin fondos firmado por la imposición militar de un estado que supone el fiel reflejo de lo que es el autoritarismo. Hoy el gran Imperio gobierna a través del miedo, miedo a terminar bombardeado, sancionado o arrinconado por un país al que no se le pueden hacer ver sus propias contradicciones. Un país antítesis de la democracia.

Incluso en la miseria y la muerte, existen clases sociales y nacionalidades

Mientras Trump hace negocio con la muerte, uno de los pueblos que más ha sufrido el bloqueo estadounidense y el servilismo europeo, Cuba, prepara contingentes de médicos y de antivirales para ponerlos al servicio de los estados ahora mismo más afectados. En la isla caribeña hay un dicho para definir esto: «seamos como el Che», un modelo de hombre que no pertenece a este tiempo, un modelo de hombre que pertenece al futuro. Sé que muchos de ustedes pensarán que esto no es más que retórica roja, comunista, un sin sentido de algún periodista loco con demasiado tiempo libre en su cuarentena… Y quizás no se equivocan, pero tampoco están en lo cierto. Ante los tiempos que corren, estas palabras no tienen el objetivo de deleitar, tampoco de conmover o persuadir. Estas palabras, arrojan la firme convicción de quienes en tiempos malos, saben reflexionar y aprender de las derrotas y los malos momentos. Aquellos que tras esta larga jornada de reflexión impuesta, pensarán más que nunca en que hay partida, en que tiene que haber partida, porque de otro modo, se nos acaba el mundo y con el la vida.

Debemos salir de esta sintiendo como propia cualquier injusticia que se cometa en el mundo, gritando fuerte por Lesbos, por Yemen, Siria, pero también por el compañero que desahucian en el barrio o por el trabajador precario que nos cruzamos en el metro llevando su comida a algún otro. No hay otra, el Covid-19 nos ha enseñado que también el dolor y las consecuencias del sistema son globalizadas. Pero antes, nos lo había enseñado Afganistán, Irak o Siria y los posteriores atentados en suelo europeo, simplemente, una vez pasado el dolor, volvimos a no estar atentos. No sé si será el cambio climático, algún puñetero virus o un loco al volante con un acceso demasiado sencillo al botón diseñado para abrir fuego, pero tengo claro que de seguir en esta línea, no nos quedan demasiados momentos realmente buenos como especie. No sé vosotros, pero yo me bajo de este sistema, estoy hasta las narices de seguir fingiendo que todo va bien por un par de películas de estreno cada mes, unas zapatillas de marca y la ficticia sensación de publicar algo en redes para pensar que realmente nos movemos para cambiar las cosas. Es hora de reaccionar… Y adivinen, en esto, también llegamos tarde.


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