La historia tiene ejemplos suficientes para saber qué produce bombardear un país desde el exterior con el objetivo declarado de cambiar su régimen. Produce destrucción. Produce trauma colectivo que dura generaciones.
Beauvoir llega a la conclusión de que Dios no existe para ella. Nosotros llegamos a la conclusión de que nada merece la pena, que es algo muy distinto. Ella encuentra libertad en la ausencia. Nosotros encontramos, con demasiada frecuencia, parálisis.
Ruiz de Azúa no toma partido por la institución, sino por el misterio. Su cámara observa sin juzgar, con la paciencia de quien sabe que no va a encontrar una respuesta pero que mirar bien ya es en sí mismo valioso.
Ante una persona que simplemente cree, no el integrista que impone, sino el que cree en silencio y organiza su vida desde ahí, nos permitimos una condescendencia que no aplicaríamos a ningún otro colectivo.
La cobertura de fenómenos marginales ofrece polémica inmediata sin consecuencias estructurales. El sistema tiende así a privilegiar lo que puede circular sin alterar equilibrios de poder.
Al final el mundo es un lugar tan grande que es inabarcable entenderlo al completo, pero a través de la lectura parece que podemos viajar a otros países y a otras familias y entender cómo son las vidas de esas personas.