En México mueren diez mujeres asesinadas cada día. La Fiscal no convierte ese número en ruido de fondo. Lo convierte en rostros, en nombres, en familias que siguen esperando que la palabra justicia signifique algo.
No es una mujer abandonada a su suerte por un sistema que la empuja a morir, es una mujer que ha peleado durante años para que le reconozcan el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. La diferencia no es menor. Es todo.
Nos hemos convertido en gestores del horror. Hay un ritual que ya conozco de memoria. Ocurre cada vez que hay un feminicidio con suficiente brutalidad como para llegar a los titulares principales.
La historia tiene ejemplos suficientes para saber qué produce bombardear un país desde el exterior con el objetivo declarado de cambiar su régimen. Produce destrucción. Produce trauma colectivo que dura generaciones.