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Cuando la crítica se convierte en caza Nadie merece ciertos tratos que estamos viendo circular bajo el amparo de la libertad de prensa.
Por Isabel Ginés | 13/03/2026
Hemos perdido algo importante en el debate público. No la capacidad de discrepar eso, afortunadamente, sigue viva, sino la de discrepar bien. Lo que se ha roto es la brújula que separa la crítica del ensañamiento personal, la revisión honesta del pasado de la cancelación selectiva. Y esa pérdida nos cuesta a todos. Dos casos recientes lo ilustran con claridad como el trato que está recibiendo Uclés en ciertos espacios mediáticos, y el miedo reverencial que rodea cualquier revisión crítica de Josep Pla. Son síntomas distintos de la misma enfermedad, la incapacidad de sostener la complejidad.
Cuando la crítica se convierte en caza Nadie merece ciertos tratos que estamos viendo circular bajo el amparo de la libertad de prensa. El periodismo tiene una función social que exige una autoexigencia ética proporcional. Lo que exhibe, en cambio, una entrevista construida como trampa —con preguntas que ya llevan incorporada la condena, con la incomodidad cultivada como espectáculo, con el entrevistado convertido en diana antes de abrir la boca— no es periodismo crítico. Es crueldad. Podemos cuestionar las decisiones de Uclés, diseccionar sus errores, debatir con vehemencia sobre su impacto en la esfera pública. Todo eso es legítimo y necesario. Pero cuando la argumentación se sustituye por el ataque personal sistemático, por la pregunta-guillotina, por el acoso sostenido en redes, perdemos todos. La discrepancia es salud democrática. El ensañamiento es solo el ruido que hace una conversación pública cuando se queda sin argumentos.
En el extremo opuesto encontramos el caso de Josep Pla. Aquí el problema no es el exceso de crítica, sino su ausencia. Existe un miedo reverencial a tocar el pedestal del llamado “payés de Llofriu”, como si reconocer sus sombras fuera a borrar El quadern gris de las bibliotecas. No va a borrarlo. Pla era machista y homófobo, y negarlo o silenciarlo no es un gesto de respeto hacia su obra es un flaco favor a la literatura y a los lectores. Una cultura sana es la que puede admirar a sus referentes sin necesidad de santificarlos. Hay quienes acuden al argumento del contexto histórico: era hijo de su tiempo. Cierto, pero parcialmente. Otros contemporáneos suyos veían el mundo con más empatía, y eso también es un dato. Contextualizar es necesario; justificar, no. Y sobre todo: callar no es contextualizar, es simplemente callar. Podemos admirar su capacidad de observación, su dominio del adjetivo, la precisión con que capturó un mundo que se desvanecía, y señalar al mismo tiempo sus prejuicios con el mismo rigor con que analizamos su prosa. No solo podemos: debemos. Porque leer a Pla sin esa honestidad es leerlo a medias.
Ni el acoso a Uclés es una forma válida de protesta, ni la misoginia de Pla es un detalle menor que debamos callar para preservar el canon. La madurez de una sociedad se mide precisamente por su capacidad de sostener estas dos verdades al mismo tiempo: respeto por la persona en el presente, honestidad radical con el pasado. Criticar bien es difícil. Exige argumentos, exige contexto, exige la disposición a incomodar sin destruir. Pero es el único tipo de crítica que merece ese nombre.
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