Puedes odiar un régimen y seguir llorando a sus muertos

Existe un tipo de persona cada vez más visible, cada vez más ruidosa para quien la guerra es, ante todo, una oportunidad de tener razón. De demostrar que siempre supo que ese régimen era un peligro, que Occidente tenía que actuar, que ya era hora.

Por Isabel Ginés | 12/03/2026

Lo que está pasando en Irán no es una noticia lejana. Es la prueba de que hemos normalizado aplaudir la muerte siempre que el muerto nos caiga mal solo porque tenemos que apoyar la corriente que nos dicen.

Estados Unidos e Israel lanzaron casi novecientos ataques en doce horas. Murió el líder supremo Alí Jamenei. Murieron altos mandos. Y murieron niñas en una escuela primaria en Minab, cerca de Bandar Abbas, cuando un misil alcanzó el edificio colindante a una base naval. Más de mil doscientas personas han muerto hasta ahora. Teherán amanece con el cielo negro de humo. Un residente de la ciudad dijo a CNN: «Se siente como si nos estuviéramos asfixiando. El fuego estaba cerca de nuestra casa. Parecía el fin de los tiempos.»

Mientras tanto, en las redes sociales, grupos políticos, en los grupos de WhatsApp, hay gente celebrándolo.

Que el régimen iraní es brutal, no lo discute nadie serio. Cuatro décadas de represión, ejecuciones de disidentes. Las protestas iraníes de 2025 y 2026 mostraron a millones de personas dentro del país dispuestas a arriesgar su vida para cambiar ese sistema. Nadie con un mínimo de honestidad va a defender al gobierno de los ayatolás.

Pero eso no es lo que está en discusión. Lo que está en discusión es otra cosa: si odiar a un régimen justifica alegrarse de que bombardeen a sus ciudadanos. Y la respuesta es no. No lo justifica. No puede justificarlo. Y que haya que aclararlo dice mucho del momento en que vivimos.

La lógica que usan quienes celebran estos ataques es sencilla y peligrosa, el régimen iraní es malo, por tanto cualquier cosa que le pase es buena. Es la lógica de los bandos, llevada a su extremo más deshumanizador. El problema es que los muertos no son el régimen. Son las niñas de la escuela de Minab. Son los civiles que llevan diez días mirando el cielo de Teherán con miedo. Son los iraníes que salieron a la calle a protestar contra ese mismo gobierno que ahora supuestamente se está destruyendo en su nombre.

Existe un tipo de persona cada vez más visible, cada vez más ruidosa para quien la guerra es, ante todo, una oportunidad de tener razón. De demostrar que siempre supo que ese régimen era un peligro, que Occidente tenía que actuar, que ya era hora. La muerte de civiles es, para esta persona, un coste aceptable, un daño colateral, un mal menor. Y si alguien lo señala, la respuesta inmediata es:

«¿Y qué me dices de lo que hace ese régimen?»

Es una pregunta trampa. Porque la respuesta a «¿y lo que hace ese régimen?» es: sí, es horrible, y también esto es horrible. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Eso se llama tener criterio moral consistente, no selectivo. Pero la coherencia no es lo que busca quien hace esa pregunta. Lo que busca es permiso para no sentir nada por los muertos del lado equivocado.

Hay algo profundamente perturbador en la facilidad con la que se puede pasar de «ese gobierno oprime a su pueblo» a «qué bien que los estén bombardeando». Entre esas dos frases hay un abismo. Y en ese abismo viven personas concretas, con nombre, con miedo, que no eligieron nacer bajo ese régimen más de lo que cualquiera de nosotros eligió nacer donde nació.

La historia tiene ejemplos suficientes para saber qué produce bombardear un país desde el exterior con el objetivo declarado de cambiar su régimen. Produce destrucción. Produce trauma colectivo que dura generaciones. Produce, casi invariablemente, nuevas formas de autoritarismo que llenan el vacío dejado por las anteriores. Produce refugiados, hambre, infraestructura destruida, sistemas de salud colapsados. Y produce, también, algo que se suele ignorar y es que radicaliza a sectores de la población que antes eran moderados, porque cuando te bombardean, la primera reacción no suele ser gratitud hacia quien te bombardea. Trump ha dicho que no habrá acuerdo con Irán hasta una «rendición incondicional» y que no puede decir si el mapa de Irán quedará igual. Pete Hegseth ha advertido: «Si crees que ya has visto algo, solo espera.» Estos no son los gestos de alguien liberando a un pueblo. Son los gestos de alguien que quiere una victoria, no una solución.

Mientras tanto, los precios del petróleo han superado los cien dólares el barril, los mercados mundiales se han desplomado, el conflicto se ha extendido al Líbano, y las Naciones Unidas han advertido que esto puede salirse de control. El sufrimiento que ya existe es inmenso. Y el que podría venir, más.

No estoy pidiendo que nadie defienda al régimen iraní. No estoy pidiendo neutralidad moral ante la tiranía. Estoy pidiendo algo más básico y, al parecer, más difícil…que seamos capaces de condenar al régimen y también de llorar a las niñas de la escuela de Minab. Que podamos decir «ese gobierno es una dictadura» y también «no quiero que maten a su gente». Que recordemos que los civiles iraníes que llevan décadas viviendo bajo ese sistema son, con más frecuencia de la que los titulares muestran, sus primeras víctimas.

Que seamos capaces, en definitiva, de sostener dos ideas al mismo tiempo sin que una cancele a la otra. Eso no es ingenuidad. Es lo mínimo que se le puede pedir a alguien que pretende tener un pensamiento moral.

La desesperanza de ver cómo se celebra una guerra en tiempo real, desde la comodidad de un teléfono, no es nueva. Pero sigue siendo desoladora. Porque lo que muere en esos aplausos no es solo la empatía. Es la convicción de que las personas del otro lado del mundo son personas. Y sin eso, cualquier horror se vuelve aceptable si viene envuelto en la bandera correcta.

1 Comment

  1. No entiendo a los que hacen burla por la matanza que se están haciendo en muchos sitios. Me gustaría ver sus caras si fuesen sus hijos, porqué siempre mandan a jóvenes.

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