Estoy harta de contar muertes

Eso no es un problema psicológico individual. Es un problema cultural que llevamos siglos alimentando.

Por Isabel Ginés | 15/03/2026

Llevo años leyendo nombres. Llevo años viendo cómo aparece una cifra, dura un día en los titulares, y desaparece. Llevo años escuchando que algo va a cambiar. Y cada vez que abro las redes sociales por la mañana, hay otro nombre. Otra mujer. Otro hombre que decidió que tenía el derecho de quitarle la vida.otra violación y una vida truncada, otra niña que le han jodido la infancia al abusar de ella. Ya no sé si lo que siento es rabia o agotamiento. Creo que es las dos cosas a la vez, y creo que esa mezcla tiene un nombre: la llevamos acumulando todas desde hace demasiado tiempo. En verdad siento rabia mucha rabia.

El problema no es que no haya leyes España tiene una de las legislaciones más avanzadas de Europa en materia de violencia de género. Lo dicen los expertos, lo repiten los políticos en cada rueda de prensa después de cada asesinato. Y sin embargo, en lo que llevamos de 2026, ya son 21 mujeres muertas. Veintiún nombres que no volverán. El hombre que mató a Antonia, a Dolores y a Laura Valentina en Miranda de Ebro tenía dos condenas previas. No me expliquen que el sistema funciona. No me digan que es un caso aislado. Un hombre con ese historial no debería haber tenido la oportunidad de matar a tres mujeres. Que la tuviera no es mala suerte. Es una decisión institucional, aunque nadie la firme con ese nombre.

Eso no es un problema psicológico individual. Es un problema cultural que llevamos siglos alimentando.

Desde 2003, una mujer a la semana Son 1.354 mujeres asesinadas desde que España empezó a llevar el registro. Leo ese dato y pienso en lo que significa. Significa que ninguna generación de mujeres en España ha vivido sin este miedo de fondo. Significa que hemos crecido sabiendo, aunque no lo dijéramos así, que existía la posibilidad de que un hombre nos matara o violara. o agrediera por el hecho de ser mujeres. Lo hemos asumido como parte del paisaje. Y eso, precisamente eso, es lo que no puedo aceptar.

Nos hemos convertido en gestores del horror. Hay un ritual que ya conozco de memoria. Ocurre cada vez que hay un feminicidio con suficiente brutalidad como para llegar a los titulares principales. Primero, la noticia. Luego, los datos de contexto. Luego, las declaraciones institucionales con las condolencias de rigor. Luego, el debate de dos días en redes. Luego, el silencio. Y luego, el siguiente nombre. No digo que la gente no sienta nada. Creo que sí lo siente. Pero hemos aprendido a sentirlo durante 48 horas y después seguir. Hemos aprendido a procesar feminicidios como se procesa cualquier otra tragedia lejana: con pena, con indignación controlada, y sin que cambie nada en nuestra vida cotidiana. Eso es lo que me rompe. No la maldad de los agresores, que existe y es real. Lo que me rompe es la normalidad con la que el resto seguimos.

Lo que sí creo es que hay algo que cada persona puede hacer, y no es heroico ni complicado: prestar atención. Es salir a las calles, exigir concienciación y que el sistema funcione. Dejar de olvidar o solo ver cifras. Es rabia en las calles llenas de gente luchando por las nuestras que ya no están porque las han matado. Las nuestras que son agredidas y violadas. Queremos y debemos vivir tranquilas y en paz. No con tanto miedo.

Lo que sí sé es que yo no puedo seguir leyendo nombres con la misma resignación de siempre. Y espero, de verdad espero, que tú tampoco puedas.

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