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Nos hemos acostumbrado a procesar feminicidios como se procesan los partes meteorológicos. Hay un ritual conocido: el titular, la indignación de un día, el silencio
Por Isabel Ginés | 14/03/2026
¿Qué es un feminicidio? Un feminicidio es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer. No por un conflicto, no por un arrebato, no por una discusión que “se fue de las manos”. Es un crimen motivado por la voluntad de dominar, castigar o eliminar a una mujer que el agresor considera de su propiedad. Existe porque nombrar el crimen con precisión es la única forma de combatirlo con seriedad.
¿Qué es la violencia machista? La violencia machista es el conjunto de comportamientos con los que un hombre ejerce poder y control sobre una mujer por considerarla inferior o subordinada. No empieza con un golpe. Empieza antes: en el aislamiento, en el control económico, en la humillación sistemática, en las amenazas. La violencia física es una fase, no el inicio. Sus formas son la violencia física, la sexual, la psicológica, la económica y la violencia vicaria, que es cuando el agresor usa a los hijos como instrumento para seguir dañando a la madre.
La diferencia La violencia machista es el proceso. El feminicidio es su desenlace más extremo. Todo feminicidio está precedido por violencia machista, pero no toda violencia machista termina en feminicidio. La diferencia entre una y otra no siempre depende de la víctima ni de sus decisiones. Depende de si alguien intervino a tiempo, de si las instituciones funcionaron, de si el entorno actuó. Cuando nada de eso ocurre, el proceso llega hasta el final. Por eso reducir el problema al asesinato es un error. Cuando se habla solo del feminicidio, se invisibiliza todo lo que lo precede y que afecta a millones de mujeres que siguen vivas pero atrapadas. Las estadísticas oficiales del Ministerio de Igualdad solo recogen los feminicidios de pareja o expareja. Los observatorios independientes como Feminicidio.net documentan también los casos de hombres que no eran pareja: compañeros de piso, vecinos, desconocidos. Mujeres asesinadas por hombres, sin más vínculo que el de ser ellas mujeres. La realidad siempre supera al dato oficial.
El último caso: Miranda de Ebro Antonia. Dolores. Laura Valentina.
Antonia tenía 78 años. Dolores, 58. Laura Valentina, solo 24. Dos murieron en el lugar del incendio. La tercera llegó al Hospital Santiago Apóstol y no pudo salvarse. El detenido es un hombre de 60 años, expareja de una de ellas. No un desconocido. No un monstruo sin historia. Un hombre con antecedentes documentados: En 2017 fue condenado por retener y agredir sexualmente a una niña de nueve años en la misma ciudad. En 2024 fue condenado a un año y siete meses de prisión por retener a una mujer atándola con una cadena alrededor del cuello en su propio domicilio. Conocido por la Policía Nacional. Condenado. Libre. El Ministerio del Interior ha confirmado que se trata de un crimen machista. El hombre se entregó en comisaría pero no confesó los hechos.
Las instituciones fallan. Esto no es un accidente del sistema. Es el sistema. Un hombre con dos condenas previas por secuestro y agresión sexual. Una expareja entre las víctimas. Tres mujeres muertas. La primera víctima de 2026 tenía una orden de alejamiento en vigor contra su agresor. Ambos figuraban en el sistema VioGén, ella como víctima, él como agresor. La orden no la salvó. Las leyes existen. Los registros existen. Las órdenes de alejamiento existen. Y aun así, el momento de mayor peligro para una mujer en una relación violenta es cuando decide romperla y separarse. Cuando intenta irse, él la mata.
En solo los dos primeros meses de 2026, diez mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas, la cifra más alta en un inicio de año desde 2020. Con los datos de marzo, ya vamos por 21 víctimas totales. Desde 2003, cuando España comenzó a llevar el registro, son ya 1.354 mujeres asesinadas. 1.354 mujeres. No son estadísticas. Son madres, hijas, jóvenes con proyectos, mujeres mayores, nadie está a salvo. Solo en esos dos primeros meses, diez menores quedaron huérfanos de madre, sumándose a los 514 que llevan sin ella desde 2013. 
Cada semana. Cada semana. Además de los asesinatos, cada semana en España se denuncian violaciones, agresiones sexuales y abusos. La mayoría no se denuncian. Las que se atreven a hacerlo se enfrentan a procesos judiciales agotadores, a interrogatorios que las hacen sentir culpables, y a veces a agresores que quedan en libertad. El feminicidio es la punta del iceberg. Debajo está todo lo demás: el acoso, el control, la amenaza permanente, el miedo con el que muchas mujeres viven cada día.
Una sociedad que mira los números y pasa la pantalla. Leemos el nombre. Sentimos algo. Pasamos al siguiente titular. Nos hemos acostumbrado a procesar feminicidios como se procesan los partes meteorológicos. Hay un ritual conocido: el titular, la indignación de un día, el silencio. Luego, el siguiente nombre. Luego, el siguiente. Una sociedad que ha normalizado este ritmo no es una sociedad que está combatiendo el problema. Es una sociedad que lo está administrando.
No hay solución cómoda Podría cerrar este artículo con propuestas institucionales. Más recursos, más formación, más todo. Todo eso hace falta, es verdad. Pero la verdad más incómoda es esta: llevamos más de veinte años contando muertes y el número no se detiene. Desde 2003, ha habido al menos una víctima mortal a la semana en España. Solo enero de 2009 fue un mes en blanco. Un solo mes en más de dos décadas. Algo falla en el fondo. No solo en las leyes. En la cultura que enseña a los hombres que las mujeres les pertenecen. En los discursos que normalizan el control. En el negacionismo que crece y que relativiza o niega que esto sea un problema estructural. Antonia tenía 78 años. Ya había vivido casi todo. Laura Valentina tenía 24. Apenas había empezado. Las dos merecían llegar a mañana. Nos están matando. Y no podemos seguir mirando para otro lado.
Me rio yo de las ordenes de alejamiento de X metros, mínimo tendría que desterrar del pueblo y si algún vecino le ve, que llame y va a la carcel seguro.