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Noelia no se quiere ir por depresión, se va por un dolor constante y que ningún medicamento palia. Se va por el dolor que siente y una vida dependiente.
Por Isabel Ginés | 28/03/2026
Hay casos que se convierten en campo de batalla antes de que nadie haya pedido permiso para eso. El de Noelia es uno de ellos. Y mientras los bandos se organizan, ella —una mujer real, con nombre y con cuerpo— lleva años siendo el argumento de quienes nunca se han preguntado si tienen derecho a tenerlo. Repasemos los hechos, porque importan. Noelia tiene paraplejia irreversible y dolor neuropático crónico desde que cayó de un quinto piso tras una agresión sexual y grupal. Una discapacidad reconocida del 74%. Incontinencia, dependencia total, dolor permanente. No es una depresión. No es una crisis. Es una condición física, documentada, irreversible, que ella ha decidido que no quiere seguir soportando. Y lleva años diciéndolo, con lucidez, con coherencia, contra la presión activa de quienes han recurrido el proceso en todos los tribunales posibles e incluso intentaron hacerla firmar documentos bajo presión en su propia habitación — maniobra que un notario terminó anulando.
Lo que ha sufrido y pasado Noelia es duro, atroz y marcas terribles. Nadie lo sabemos bien porque no hemos pasado por ello. Pero su dolor es profundo. Lo que han hecho los tribunales, uno tras otro, es confirmar que su voluntad es libre y válida. La Comisión de Garantía la aprobó por unanimidad. El Supremo. El Constitucional. El TEDH rechazó paralizarla hace muy poco. No es una mujer abandonada a su suerte por un sistema que la empuja a morir, es una mujer que ha peleado durante años para que le reconozcan el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. La diferencia no es menor. Es todo. Sin embargo han circulado frases como “violada en el centro siendo menor” construidas exactamente para que duelan más, para culpar como siempre a los inmigrantes, generar odio hasta del sufrimiento de una mujer, es deleznable. Buscar rédito político y odio del sufrimiento, menudos cristianos. Han llamado a esto “eutanasia por depresión” sabiendo que no lo es, porque la falsedad deliberada tiene más recorrido que la verdad incómoda. El fracaso real del Estado con Noelia es anterior, es enorme y está bien documentado, la abandonaron al cumplir la mayoría de edad, sin red, sin recursos, sin acompañamiento. Ese abandono es un escándalo. Pero ese escándalo no autoriza a inventarse otro encima, ni a difundir bulos sobre una persona que está sufriendo para sacarle rédito político. Noelia sufrió y mucho, se lanzó de un quinto y se ha intentado matar muchas veces. Noelia no se quiere ir por depresión, se va por un dolor constante y que ningún medicamento palia. Se va por el dolor que siente y una vida dependiente.
Y aquí está la parte que nadie quiere escuchar: Tú no sabes lo que es. Nadie que viva sin ese dolor físico constante, sin esa dependencia total, sin despertar cada día sabiendo que mañana será igual, nadie que viva desde ahí puede arrogarse la autoridad moral de opinar sobre si ella debería seguir haciéndolo. Desde tu vida sin
dolor y sana es tan fácil señalar. No tenemos acceso a ese dolor. No tenemos, por tanto, potestad sobre esa decisión. Hay una violencia muy específica en creer que una vida sana te da derecho a dictarle a alguien su sufrimiento. En convertir el dolor ajeno en tu debate. En usar a Noelia, su nombre, su historia, sus heridas, como munición ideológica mientras ella pedía, con toda la lucidez del mundo, que la dejaran ir. Ya basta. Ya basta de la demagogia barata disfrazada de compasión. Ya basta de opinar sobre vidas que no podemos ni rozar con la imaginación. Ya basta de hacer política con el cuerpo de una mujer que lo único que quería era dejar de sufrir. Descansa, Noelia. Ojalá donde estés no duela nada. Seas feliz y por fin libre.
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