Nos hemos convertido en gestores del horror. Hay un ritual que ya conozco de memoria. Ocurre cada vez que hay un feminicidio con suficiente brutalidad como para llegar a los titulares principales.
La historia tiene ejemplos suficientes para saber qué produce bombardear un país desde el exterior con el objetivo declarado de cambiar su régimen. Produce destrucción. Produce trauma colectivo que dura generaciones.
Beauvoir llega a la conclusión de que Dios no existe para ella. Nosotros llegamos a la conclusión de que nada merece la pena, que es algo muy distinto. Ella encuentra libertad en la ausencia. Nosotros encontramos, con demasiada frecuencia, parálisis.
Ruiz de Azúa no toma partido por la institución, sino por el misterio. Su cámara observa sin juzgar, con la paciencia de quien sabe que no va a encontrar una respuesta pero que mirar bien ya es en sí mismo valioso.
Ante una persona que simplemente cree, no el integrista que impone, sino el que cree en silencio y organiza su vida desde ahí, nos permitimos una condescendencia que no aplicaríamos a ningún otro colectivo.