La “ciencia” aberrante ( II )

Por Alfredo Apilanez 

-Primera parte: “ciencia” aberrante ( I )-

Antonio Gramsci, un historicista serio, llamó la atención acerca de este exceso al indicar cómo la superficial infatuación por la ciencia conlleva ilusiones ridículas, porque al esperarse demasiado de ella se la acaba convirtiendo en una ‘superior hechicería‘”

Francisco Fernández buey

IL GRAN RIFIUTO

Ante el marcado carácter apologético y las flagrantes inconsistencias del discurso legitimador del statu quo en que se ha convertido la teoría económica tras el “terrible cambio” posterior a 1870, Sraffa levanta su “exabrupto” acusador calificándolo de aberrante. Desde el principio de su brillante carrera académica en Italia destacó como un importante crítico –heterodoxo, pero aún dentro de la corriente hegemónica- de aspectos relevantes de la obra del tótem del nuevo paradigma de la “síntesis neoclásica”: el economista británico –profesor también en Cambridge y maestro de Keynes-Alfred Marshall. A pesar de los hábiles intentos de Marshall por camuflar la intensidad de la metamorfosis envolviendo la espuria “buena nueva” con un ropaje terminológico similar al de los clásicos –de ahí el uso del término “neoclásico”, acuñado por el economista institucionalista ThorsteinVeblen-, la finísima inteligencia de Sraffa detecta con claridad meridiana la profundidad de la transformación. El advenimiento de la “revolución” marginalista –a partir de la publicación, casi coincidente, de las obras de Jevons, Walras y Menger en la década de 1870- representa, en sus propias palabras, “un cambio de vía del carro de la ciencia económica”:“¿No están Smith y Ricardo, por un lado, y los marginalistas y Marshall, por otro, en un discurso diferente a pesar de que utilicen el mismo lenguaje inglés? ¿Por qué nadie se dio cuenta de que el real contenido, los conceptos que se encuentran detrás de las mismas palabras, se convirtieron en algo totalmente diferente y concerniente a cosas distintas?”

A despecho de la viva polémica generada por sus artículos críticos de los años 20 con la formulación del equilibrio parcial y la teoría de la competencia perfecta de Marshall, Sraffa abandonó rápidamente cualquier esperanza de reforma desde dentro del nuevo credo: “El intento de Marshall para unir sobre dicha marca de división  y establecer una continuidad con la tradición, es fútil y está mal dirigido” Aparece pues ante sí, la necesidad ineludible de desarrollar una alternativa al “maremoto” que ha supuesto la irrupción de la teoría marginalista, causante del “abismo insondable” abierto con el enfoque de los economistas clásicos. La doble tarea a la que dedicará el resto de su vida será pues, por un lado, “continuar y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica tal como se venía desarrollando desde Petty, Cantillón, los fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”; y, como complemento inseparable de lo anterior, tal como afirma en el prólogo de su “única” obra: “poner las bases para una crítica de la teoría marginalista del valor y la distribución”.

¿En qué consistió exactamente el “terrible cambio”, que tanto impresionaba a Sraffa, entre los dos modos opuestos de interpretación de la realidad económico-social acaecido a partir de la hendidura de 1870 y qué consecuencias tuvo para el objeto de estudio y los procedimientos de la antigua economía política?

El economista argentino, gran estudioso y divulgador crítico de la obra de Sraffa, Fernando Hugo Azcurra resalta el epítome del “desplazamiento” en el marco teórico y en el objeto de la teoría económica entre el nuevo paradigma y el de los economistas clásicos: Toda la concepción neoclásica del proceso de producción y de distribución, junto con el cambio en el contenido y forma de la teoría del valor, significaban el abandono del problema del excedente característico de la concepción clásica y de la de Marx, por una concepción que asigna a cada factor una “retribución” o remuneración por su contribución al proceso de producción de acuerdo con sus respectivas productividades marginales”.  Las mutaciones fundamentales se dan por tanto en la eliminación del aspecto circular del proceso productivo –destacado en el título del clásico sraffiano: “Producción de mercancías por medio de mercancías”- y en la subsiguiente desaparición del concepto clave de la economía política clásica: la generación del excedente como una fracción del valor del producto total creado por el trabajo asalariado y apropiado por los propietarios del capital y de la tierra. Continúa Azcurra destacando el vaciamiento de contenido social característico del “macizo edificio doctrinal” marginalista: “Así, la noción de excedente pierde todo sentido. Las relaciones y condiciones sociales o instituciones como la propiedad no aparecen para nada y son tratadas, por cierto, como si no tuvieran un papel determinante y fueran irrelevantes para los resultados”.

Dobb describe las colosales consecuencias del “corte epistemológico” provocado por la brusca irrupción del nuevo cuerpo doctrinario: “En el sistema de determinación visualizado por Ricardo, y en forma aún más explícita por Marx, había un sentido crucial en el cual la distribución era anterior al cambio; es decir, que sólo se podía arribar a las relaciones de precio o a los valores de cambio después de haber sido postulado el principio que afectara a la distribución del producto total. Los determinantes de la distribución estaban situados en las condiciones de producción –las “relaciones sociales de producción” de Marx-, introducidas desde fuera del mercado a partir de un fundamento histórico-social para el fenómeno del cambio. Por el contrario, la nueva orientación del análisis económico redujo el problema de la distribución a la formación de los precios de los insumos por un proceso de mercado”.

Ahora queda claro el motivo neurálgico de la metamorfosis ocurrida en la teoría económica tras el “giro copernicano” marginalista: mediante la integración del “problema de la distribución” en el núcleo del corpus teórico y su reducción a un expediente de asignación óptima de recursos escasos mediante la determinación de precios de mercado para los factores productivos, el incómodo problema del sustrato conflictivo inserto en la sociedad de clases quedaba evacuado de los “usos de razonamiento de la ciencia rigurosa”. En la teoría convencional la distribución de la renta no es más que una derivada de una estructura de precios determinada por el deus ex machina del libre juego de la oferta y la demanda a través de una “avenida unidireccional” que va de los factores de producción a los bienes finales.

Consciente quizás más que nadie de las profundas implicaciones del “cambio de vía del carro de la ciencia económica “ que representa el marginalismo y de las limitaciones del reformismo keynesiano  -no sólo era miembro del Cambridge Circus, donde se discutían las teorías del maestro, sino que además, como reflejan las agudas observaciones de sus notaspóstumas, tenía serias reservas acerca de los conceptos claves del intento de Keynes de arreglar las grietas del edificio neoclásico-, Sraffa afronta su particular travesía del desierto de treinta años en la búsqueda de un nuevo armazón teórico. El arduo tránsito –la prueba fehaciente es la enorme montaña de notas recogida en su archivo personal en la Biblioteca Wren del Trinity College- culmina con su particular paso del Rubicón: la publicación de su única pero decisiva obra de 1960. El contraste entre esta densa e “insoportablemente seca” –de lenguaje “lapidario”, diría su colega Joan Robinson- colección de proposiciones desarrollada en 99 apretadas páginas y el marco teórico marginalista no podía ser más acusado. En el agreste páramo sraffiano no hay lugar para oscilaciones de curvas de oferta y demanda ni equilibrios maximizadores; no existen consumidores soberanos, bienes escasos, factores productivos con sus correspondientes productos marginales y no hay ni rastro de sofisticadas exhibiciones de optimización matemática para derivar funciones de producción. Como un crítico inicial de la obra –el ilustre teórico neoclásico del crecimiento, sir Roy Harrod– señalaba, sin dar crédito ante la drástica mutación de los términos y enfoques en relación al universo económico de la teoría convencional, lo más llamativo en tal sui generis modelización “era el olvido de la composición de la demanda y las preferencias de los consumidores”.

El olvido era evidentemente intencionado y estaba motivado –como explícitamente refiere el autor- por la necesidad de evitar la jerga marginalista y poder así exponer su aseado modelo sin las adherencias de una terminología “contaminada” por su alejamiento profundo de la tradición clásica. J.E. King, autor de una excelente “Historia de la economía postkeynesiana desde 1936”, precisa claramente quiénes eran los interlocutores elegidos por el concienzudo estudioso de Cambridge: “tanto Ricardo como Marx, probablemente habrían entendido el álgebra de Sraffa, que en su forma más simple exponía las relaciones que debían mantener los precios de las mercancías, la tasa de salarios y la tasa de beneficio en una economía capitalista competitiva”.

En esencia, la idea-fuerza del modelo de Sraffa es tan simple como “herética” para el dogma imperante: la determinación de los precios relativos –el medio de reparto del excedente a través del cambio- depende, no sólo de los inputs del proceso de producción –las mismas mercancías son simultáneamente productos y medios de producción- sino también de las variables distributivas, el salario y el beneficio. En palabras del economista argentino y biógrafo de Sraffa, Alejandro Roncaglia: “Sraffaaisla in vacuo un problema específico, el de la relación entre precios relativos y variables distributivas, y considera sólo los factores que son directamente relevantes al problema examinado; los montos de producción de los diversos sectores pertenecen a los datos del problema considerado, así que el análisis concierne a la “fotografía” de las relaciones de producción de un sistema económico en un momento dado de su desarrollo”.

El aspecto clave que se desprende del sistema sraffiano es la necesidad, para procurar el cierre del sistema, de determinar una de las variables distributivas –Sraffa selecciona, después de algunas vacilaciones, la tasa de beneficio- desde fuera del modelo. Como recalca King, “de momento, sólo necesitamos destacar que la distribución de la renta debe ser determinada desde fuera del modelo y de modo independiente de la teoría del valor (…) La cuestión realmente importante es que las participaciones relativas de salarios y beneficios no pueden ser determinadas por medio de una referencia a los “productos marginales de los factores de producción”.

Así pues, la “pregunta maldita” para la teoría hegemónica sobre el origen y la justificación de la ganancia del capital recibe una respuesta que “parte el espinazo” del marco teórico neoclásico-marginalista: la génesis y el montante del beneficio empresarial no tienen cabida dentro del campo “categorial” de la teoría económica. El “cierre” del campo de jurisdicción de la “ciencia” económica incluyendo dentro de su área competencial las variables distributivas es fútil y fallido. Como concluye Dobb: “lo más importante es que, entre las condiciones dadas del problema, se introduce un dato social desde fuera. De este modo se determinan los límites de la economía como materia incluyendo condiciones sociales e históricas cambiantes que están excluidas del planteamiento marginalista”.

Los economistas argentinos Crespo y Lazzarini –colaboradores de la revista Circus, principal centro de difusión en castellano de la escuela sraffiana- resumen el carácter demoledor del modelo de Sraffa para el evangelio neoclásico: “En otras palabras, Sraffa demuestra que la explicación de la distribución del ingreso basada en las conocidas curvas de oferta y demanda de factores no se sostiene en términos lógicos, la distribución ha de determinarse “fuera” del modelo”. Ahora bien, si se tiene en cuenta que la teoría marginalista se edifica sobre la teoría de la distribución, a tal punto que en ella el intercambio de productos constituye un intercambio indirecto de “factores de producción”, la crítica de Sraffa demuele todo el edificio marginalista sin excepciones.

¿Cómo se fija entonces la tasa de beneficio desde fuera del sistema de determinación de precios? ¿Se trata de una variable técnica dependiente del tipo de interés –como parece insinuar Sraffa, acercándose a la eficiencia marginal del capital keynesiana-; de una variable socio-institucional, dependiente de la política fiscal o de la negociación colectiva entre patronos y obreros o –siguiendo la tradición marxista- surge de las relaciones de producción como resultado de la extracción de plusvalía del trabajo humano por parte de los capitalistas en el proceso productivo? O, dicho de un modo más diáfano: ¿La posición teórica de Sraffa –o, quizás mejor, su indeterminación- abona una concepción político-social de tipo reformista-redistributivo o radical-revolucionario? Pese a las interpretaciones de distinto signo y losenconados debates desarrollados entre las distintas escuelas sraffianas sobre el particular, lo único cierto es que Sraffa no se adentra más allá. Se abstiene pues de recorrer el camino que desembocaría en la teoría del valor-trabajo y en la noción de explotación marxista. Que se trata de una omisión intencionada lo prueba el profundo conocimiento que Sraffa tenía de Marx –al que cita incidentalmente en uno de los apéndices de su obra- y su pertenencia expresa durante toda su vida a la tradición socialista. A pesar de la tajante afirmación que hace Sraffa en sus notas: “el estudio del plusproducto es el verdadero objeto de la economía”, en su obra omite cualquier referencia a las relaciones de producción en las que se materializa el conflicto entre el capital y el trabajo, apartándose por tanto del concepto de plusvalía como esencia de la explotación capitalista basada en el trabajo no pagado que el propietario de los medios de producción “arranca” al desposeído proletario.

El economista mexicano Héctor Guillén Romo resume la crítica marxista-ortodoxa del sistema de Sraffa: “Puesto que Sraffa –al hacer un análisis “interno” del sistema capitalista- no ve relaciones sociales en el proceso de producción, no hay nada en su discusión del excedente comparable al concepto marxista del capital como una relación coercitiva, gracias a la cual se obliga a la clase trabajadora a trabajar más que lo que los estrechos límites de sus necesidades vitales le prescriben (…)Su fracaso para distinguir el trabajo excedente del trabajo necesario y su tratamiento del excedente como un fenómeno físico, le lleva a confirmar que el excedente producido es un excedente de cosas más bien que de trabajo (…) En efecto, para Marx, la explotación es la extracción del trabajo excedente en el proceso de producción. Para los neo-ricardianos (entre los que se incluye a Sraffa) únicamente tiene que ver con el modo según el cual el producto social es distribuido”.

PierangeloGaregnani, ejecutor literario de las ediciones de las obras y notas inéditas de Sraffa y abanderado de la rama sraffiano-marxista–la otra se denomina neo-ricardiana, por su adscripción a la tradición clásica pura expurgada de la “contaminación” revolucionaria- señala, como eximente de tan significativa laguna, la intencionada limitación del campo de aplicación de la construcción teóricasraffiana: “Por esto me parece un error buscar en ‘Producción de mercancías’ lo que no existe: una teoría, de la acumulación capitalista y de las crisis o, incluso, una teoría del modo en el cual las relaciones entre las dos clases sociales determinan la división del producto entre salarios y ganancias. Por todos estos problemas, Sraffa nos remite a los lugares donde ellos recibieron el tratamiento más avanzado dentro de esta posición teórica: a El capital de Marx, esencialmente, y a todo el trabajo que es necesario realizar para desarrollar las ideas en él contenidas en relación con el estado presente de la realidad y de los conocimientos económicos”.

Como afirman Crespo y Lazzarini, el vacío sraffiano sobre el ámbito material de las relaciones sociales antagónicas admite “distintos cierres” y resulta compatible con posiciones teórico-políticas heterogéneas. Tal eclecticismo admitiría pues desde una  interpretación tradeunionista- reformista, limitada al reparto de la “tarta” de la riqueza social, hasta su “rellenado” con el conflicto entre el capital y el trabajo característico de la teoría de la explotación marxista.

 

LA “CIENCIA” DESHONESTA

A medida que la lucha de clases se agudizaba, la mala conciencia y las ruines intenciones de la apologética ocuparon el sitial de la investigación científica sin prejuicios

Carlos Marx

 

En el prefacio de su única pero neurálgica obra, con su concisión y modestia habituales, Sraffa resume el objetivo “indirecto” de su trabajo: “Es, sin embargo, un rasgo peculiar del conjunto de proposiciones ahora publicadas que, aunque no entran en una discusión directa de la teoría marginalista del valor y la distribución, han sido elaboradas para servir de base a una crítica de tal teoría. Si los cimientos se sostienen, la crítica podría ser intentada más tarde, bien por el autor, bien por alguien más joven y mejor equipado para la tarea”. La profecía de Sraffa se cumplió con prontitud. A partir de una digresión,  aparentemente incidental, basada en su creativo concepto de “trabajo fechado”, Sraffa desmontaba de raíz los intentos “heroicos” realizados por los guardianes de la ortodoxia –centrados principalmente en el “periodo de producción”, del teórico de la escuela austriaca Bohm-Bawerk– de evitar la circularidad del concepto de capital en la construcción de la función de producción neoclásica.

La sentencia definitiva llegaba expresada en las “insoportablemente secos” términos del autor: “Las variaciones en la dirección de los movimientos de los precios relativos no pueden ser conciliadas con ninguna noción de capital como una cantidad medible independiente de la distribución”.

Del planteamiento de Sraffa se derivaron asimismo dos corolarios, aparentemente abstrusos y poco relevantes -el “retorno de las técnicas” y la “reversión del capital”-, que, empero, socavaban las bases mismas de la construcción teórica marginalista. Pasinetti resume las demoledoras consecuencias de tales cargas de profundidad: “El resultado principal de la discusión es el siguiente: no existe, en general, una relación monótona inversa entre la cantidad de capital (en cualquier modo que se lo quiera medir, en términos físicos o en valor) y la tasa de beneficio (…) la idea básica de la teoría tradicional del capital de que las técnicas productivas existentes se pueden sintetizar en una función de la producción, la cual conecta los ‘factores’ capital y trabajo con el producto neto es errónea. Tal función de la producción, a pesar de estar tan difundida en la literatura económica desde hace más de medio siglo, resulta ser una pura ilusión. Simplemente, no existe.”

El boquete afectaba a la línea de flotación de la nave al destruir su más íntima coherencia interna. Como refiere el economista argentino y biógrafo de Sraffa, Alejandro Fiorito: “Sabido es que ante la opción de ser sustantiva o ser coherente la teoría marginalista siempre optó por la segunda. De tal forma que las críticas empíricas respecto a sus supuestos fueron rechazadas, en tanto ningún “hecho” destrona a una teoría. Pero ante la crítica teórica interna, las explicaciones del “capital” por parte de los marginalistas, resultaron anuladas”.

Las implicaciones del resultado anterior eran de tal magnitud para la construcción teórica neoclásica que las reacciones de los guardianes del templo, como relata Dobb, a “un debate que, sin duda, algún día llegará a ser memorable”, oscilaron entre la displicente aseveración acerca de la irrelevancia de la crítica y el pánico provocado por la aterrada constatación de la completa destrucción de la majestuosa catedral teórica levantada por los padres fundadores.

Las llamadas “controversias de Cambridge” (el inglés, crítico, y el estadounidense, la sede del todopoderoso MIT de Samuelson y Solow, baluarte de la ortodoxia), desarrolladas a lo largo de los años que siguieron a la publicación del texto de Sraffa, mostraron, a pesar de los vehementes intentos de los más señalados popes de la disciplina por mantener el “macizo edificio” incólume, la imposibilidad de sostener la teoría marginalista de la distribución basada en la función de producción neoclásica.

El prestigioso historiador de la economía Mark Blaug marcó el cariz “escapista” de la línea a seguir por el bloque defensor al reconocer, en primera instancia, que el lado crítico del debate “marcó una gran victoria en las controversias de Cambridge” para inmediatamente restar importancia al asunto afirmando la irrelevancia de la crítica al nivel de “la observación empírica”.

A pesar de su intento inicial de construir una “función de producción sustitutiva”, para salvar del naufragio el modelo neoclásico, el sumo sacerdote Paul Samuelson se vio obligado asimismo a “arriar el pabellón”: “el fenómeno del retorno de la técnica muestra que la simple fábula narrada por Jevons, Böhm-Bawerk, Wicksell y otros escritores neoclásicos (…) no puede ser válida universalmente… Resulta que no hay modo ambiguo de caracterizar diversos procesos productivos como “más intensamente capitalistas” (…) si todo esto causa dolores de cabeza (sic) a los nostálgicos de las viejas parábolas de la literatura neoclásica, deberíamos convencernos a nosotros mismos de que los estudiosos no han nacido para vivir una existencia fácil. Deberíamos respetar y valorar los hechos de la vida.”. A pesar de tan lírica exhortación a afrontar las duras consecuencias de “valorar los hechos de la vida”, el ilustre premio Nobel, en ediciones posteriores de su celebérrimo manual, optó por la “existencia fácil” e ignoró vergonzantemente la relevancia de tal reconocimiento.

La conclusión del adlátere Charles Ferguson,  otro de los “cancerberos” de las maltrechas parábolas neoclásicas, adopta el lúgubre patetismo de las exequias funerarias: “La crítica que viene de Cambridge muestra en modo definitivo que puede haber estructuras de producción en las cuales la parábola Clarkiana puede no ser válida… la cuestión crucial y problemática es que los economistas pueden ser incapaces de enunciar alguna proposición concerniente a la relación que intercede entre la producción y los input y output del mercado de concurrencia. Yo pienso que, no obstante todo, ellos pueden enunciar tales proposiciones; pero esto es un acto de fe”.  Pasinetti no da crédito a tamaña apelación “irracionalista” para salvar la teoría racionalista por excelencia: “¡Un acto de fe! ¿Cómo se puede aceptar ésto?”.

Como anota Lazzarini: “En estos términos no podía, de forma realista, existir una sana comunicación entre las dos partes del debate”.

King resume las pedestres estratagemas de la flor y nata de los economistas del prestigioso MIT para “escurrir el bulto” de la falsación de su teoría e ignorar olímpicamente las consecuencias del adverso resultado de la controversia: “los teóricos ortodoxos adoptaron una serie de estrategias defensivas para enfrentarse a la derrota que habían sufrido respecto a la cuestión del capital. La más destacada de estas estrategias fue la de continuar adelante a pesar de todo, o bien afirmando una fe en la persistente relevancia práctica de las parábolas neoclásicas o simplemente ignorando por completo las controversias de Cambridge”

Pasinetti constata desencantadamente la persistencia en “ignorar los resultados anómalos” –lo cual parece impugnar las tesis de los más prominentes (Popper, Kuhn…) filósofos de la ciencia contemporáneos sobre la “falsación” y los cambios de “paradigmas”, remitiéndonos a maniobras de “extirpación” del mal más propias de los procedimientos inquisitoriales- por parte de los sedicentes representantes de la ciencia rigurosa: “Los “neoricardianos” fueron pues tranquilamente ignorados. Los economistas de la escuela neoclásica han dado al problema del “retorno de las técnicas” la apariencia de una especie de obsesión, induciendo a la teoría dominante a no hablar más al respecto. Las revistas de economía desechan sistemáticamente como ‘no publicables’ los artículos que hablan del reswitching. Por otra parte, la función agregada de producción aparece en los textos de macroeconomía sin el más mínimo recuerdo de su incoherencia lógica. Los mismos autores que dos decenios atrás afirmaban que la función neoclásica de producción debía ser abandonada, ahora la usan corrientemente. El típico estudiante de economía, que ha entrado en la universidad a partir de los años ochenta y en adelante, no habrá sentido hablar nunca de la dificultad debida al reswitching, ni respecto a los problemas insolubles de la teoría neoclásica del capital. Es como si el debate sobre las cuestiones de la técnica no hubiese sido descubierto. Un fenómeno de este tipo únicamente puede explicarse con el término más apropiado de ‘represión’”.

Como afirma Astarita, resulta irrebatible que la única área importante de las ciencias humanas o naturales que continúa siendo hegemónica en los departamentos universitarios de medio mundo a pesar de la refutación de sus principales fundamentos teóricos es la teoría económica neoclásica: “La no asimilación de la crítica de Cambridge a la economía mainstream es probablemente la muestra más cabal del determinante papel de la ideología en el conocimiento científico”.

La conclusión optimista de Dobb -una suerte de eppur si muove galileano-no resultó pues certera: “se puede decir que la discusión de la década de los 60 fue, en forma manifiesta, un punto de inflexión. Aunque sólo fuera porque se ha sacudido lo que había sido ampliamente aceptado como una ortodoxia de los libros de texto y se ha revivido una tradición más antigua, descartada, ya nada puede ser de nuevo lo que antes fue”.

Sraffa no participó en el debate ni publicó nada más después de su única obra. Uno puede sólo conjeturar el secreto aunque agridulce gozo –cuentan los que le frecuentaron en aquellos años que su talante ganó en calidez a partir de la publicación de su libro- que le produciría contemplar los vergonzantes subterfugios manejados por sus contumaces adversarios teóricos ante la imposibilidad de evadirse de las demoledoras consecuencias que se derivaban de sus “modestas” contribuciones.

Quizás también le hiciera esbozar una irónica sonrisa la “justicia poética” contenida en la exhibición de flagrante deshonestidad mostrada por la “ciencia” económica después de que las “controversias del capital” desvelaran su “talón de Aquiles”: la afirmación perentoria de la perfecta simetría entre los propietarios de los medios de producción y los que sirven únicamente a su acrecentamiento. Y es que él, mejor que nadie, comprendía la causa última de la radical transformación de la vieja ciencia “sensible y coherente” de la época clásica en una disciplina “aberrante”: la enorme distorsión provocada por la necesidad ideológica de ocultar los procesos que se desarrollan en la sala de máquinas de la generación de riqueza social y la consiguiente renuncia a admitir como legítima la pregunta “maldita” que expresa el conflicto insoluble en la sociedad productora de mercancías.

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