Samuel Vela: “El rodaje de La Fuerza del Silencio me enseñó que el fracaso no está en quienes sufren, sino en quienes deciden no mirar”

Entrevistamos a Samuel Vela, director del documental La Fuerza del Silencio, que da visibilidad a la violencia sexual como arma de guerra en Tigray

Por Angelo Nero | 29/11/2025

Durante dos años, la región de Tigray, en el norte de Etiopía, fue escenario de una de las guerras más brutales y silenciadas de este siglo. El conflicto, iniciado en noviembre de 2020 y formalmente cerrado con el acuerdo de paz de Pretoria en 2022, dejó al menos 600.000 muertos y más de 2,5 millones de desplazados. Sin embargo, lo más devastador quizá no sean solo las cifras, sino la estrategia que convirtió a las mujeres en un campo de batalla.” Con unas pocas líneas sintetizaba nuestra compañera Isabel Ginés en un artículo titulado Tigray: la guerra contra las mujeres, el horror de este genocidio silenciado, que NR ha denunciado desde su inicio. Ya en noviembre de 2020 advertíamos: el Apocalipsis a las puertas de Mekele.

En estos cinco años no hemos dejado de poner el foco en Tigray, y hace poco Isabel Ginés entrevistaba a la fotoperiodista uruguaya Ximena Borrazás, a la que nos había descubierto nuestro colaborador Matteo Palamidesse, que había estado en aquel olvidado lugar del mundo para documentar el horror al que habían sido sometidas más de cien mil mujeres y niñas tigriñas.

Ahora descubrimos a nuestros lectores un nuevo trabajo que arroja luz sobre las tinieblas informativas en las que se encuentra esta guerra invisible, el cortometraje documental La Fuerza del Silencio. En este corto nos presentan a Letebirhan, una joven de 17, secuestrada y violada por las fuerzas eritreas, que tiene que criar a un hijo nacido de ese trauma, enfrentando el rechazo de su comunidad y de su familia. Para sobrevivir hornea pan que luego vende en el mercado, y para sanar se junta con otras mujeres en torno a un ritual ancestral: la ceremonia del café, donde transforman el silencio en un acto de resistencia y hermandad. De este trabajo hablamos con su director, Samuel Vela.

¿Qué hace que un joven director, nacido en Bolivia y formado en España, dirija su cámara hacia una realidad tan desconocida como Tigray?

Mi relación con Tigray no empezó con La Fuerza del Silencio, sino con un proyecto previo llamado Buna, un documental corporativo sobre el trabajo de la ONG Egoaizia.
Ese proyecto lo codirigí junto a mi hermano en la profesión, Iñaki Luis, que no comparte mi apellido, pero sí un vínculo creativo y humano muy profundo. Fue él, desde su productora LuzNorte Films, quien me invitó a sumarme al proyecto para guionizar y montar aquella pieza.

Buna fue mi primer acercamiento real a las historias de estas mujeres. Mientras trabajábamos con Egoaizia, escuché testimonios que me marcaron de una manera que no esperaba. Aquellas voces, muchas veces quebradas, otras veces en un silencio que decía más que cualquier palabra, se quedaron resonando en mí.

Mi origen boliviano también tiene mucho que ver. Crecí rodeado de comunidades que han tenido que aprender a sobrevivir en silencio: silencios sociales, políticos, familiares. Una parte de mí siempre ha estado conectada a esas realidades invisibles que no suelen ocupar portadas. Así que cuando supe lo que estaba ocurriendo en Tigray, sentí una responsabilidad profunda.

Cuando más adelante se planteó la posibilidad de crear una pieza cinematográfica que fuera más allá de lo corporativo —una obra que acompañara la verdad de estas mujeres desde un lugar artístico, humano y respetuoso— no dudé un solo segundo en sumarme.

Sentí que no era un proyecto más, era una continuidad natural, casi un llamado. Había conocido sus historias y ya no podía desentenderme de ellas.

La Fuerza del Silencio nació de ese compromiso personal y de una confianza compartida con Iñaki y con Egoaizia, que fueron quienes abrieron la puerta para que yo escuchara, entendiera y finalmente acompañara estas realidades.

El documental dura 20 minutos, pero detrás hay un trabajo inmenso. ¿Cómo fue la experiencia en terreno? ¿Cuánto tiempo estuvisteis rodando?

Estuvimos 14 días en terreno, pero la intensidad emocional de cada jornada hacía que parecieran semanas enteras. Rodamos en Mekelle y Wukro, dos zonas profundamente marcadas por la guerra. El ambiente se sentía cargado, no solo por la destrucción material, sino por lo que no se ve: el trauma, el miedo, la desconfianza, la fragilidad de la vida después de un conflicto tan reciente.

Al llegar, lo primero que comprendimos es que no podíamos sacar la cámara de inmediato.

Había que reaprender a estar.

Había que escuchar más que filmar.

Pasamos muchas horas en los hogares de las mujeres, respirando el humo de la jebena, observando la ceremonia del café que ellas preparaban con una mezcla de solemnidad y costumbre. Antes que cineastas, teníamos que ser humanos. Había silencios muy largos que no debían ser interrumpidos. Había miradas que decían más que cualquier testimonio.

El equipo técnico fue deliberadamente pequeño:

Hay algo que siempre repito porque es profundo y verdadero: en Tigray no rodamos “tomas”, rodamos confianza.

Y esa confianza fue posible gracias a Egoaizia, que este año cumple 25 años y que, aunque es una ONG pequeña, fue la primera en llegar a Etiopía desde el inicio de la guerra. Su presencia en terreno, junto al apoyo del Gobierno Vasco y Elankidetza, no solo nos abrió puertas: también nos dio seguridad, contexto y, sobre todo, credibilidad ante las comunidades.

Más que un rodaje, fue un viaje que transformó nuestra manera de ver el mundo.

El documental acompaña un proceso de sanación. ¿Era un planteamiento demasiado ambicioso para un cortometraje?

Era ambicioso, sí, pero también inevitable.

No podíamos acercarnos a una realidad tan dolorosa solo desde la denuncia. Las protagonistas estaban cansadas de ser definidas únicamente por lo que les ocurrió. Querían que se contara cómo siguen adelante, cómo encuentran sentido en lo cotidiano, cómo la comunidad o su ausencia, afecta su identidad.

Por eso construimos la narrativa en tres capas muy claras:

  1. Sanación física: cuerpos marcados, salud limitada, secuelas permanentes.

  2. Sanación emocional y espiritual: la fe, el trauma, la reconstrucción interior.

  3. Reinserción social: el estigma, el rechazo, el miedo al señalamiento.

El documental tenía que mostrar ese tránsito sin prisa, sin sermones, sin manipular la emoción. Desde el lenguaje cinematográfico trabajamos una estructura que permitiera que la vida fluyera delante de la cámara, sin intervención.

Y aunque sea un cortometraje, creo que contiene un universo completo,

ABOL, TONA, BARAKA, los tres actos del documental que representan las tres tasas tradicionales de la ceremonia de café, y Además representan también las tres Fases de Sanación que viven y experimentan estas mujeres sobrevivientes de violencia sexual.

¿Cuáles fueron los principales obstáculos durante el rodaje?

Hubo obstáculos logísticos, sociales, emocionales y estéticos.

Lo logístico: Moverse por Tigray no era sencillo. Había zonas con restricciones, carreteras en constante control, y una tensión constante en el ambiente. La electricidad fallaba con frecuencia, el acceso a algunos lugares dependía de permisos comunitarios, no gubernamentales.

Lo social: El estigma hacia las sobrevivientes de violencia sexual es muy fuerte. Muchas no quieren, no pueden o no deben aparecer en pantalla. Las familias a veces se oponen. La comunidad presiona. Hay miedo. Hay vergüenza que no deberían sentir, pero la sienten.

Lo emocional: Escuchar sus historias era devastador. Hubo momentos en los que tuvimos que detener el rodaje para respirar, para recolocarnos. No puedes escuchar según qué cosas y continuar como si nada.

Lo estético: No mostrar rostros fue un reto enorme. Teníamos que transmitir emociones profundas sin un primer plano, apoyándonos en las manos, la respiración, la textura de la piel, la luz entrando por una ventana, la forma en que sirven el café.

Era como filmar a través de una poesía visual que debía ser respetuosa pero contundente.

Y aun así, lo más difícil fue honrar su verdad sin ponerlas en riesgo.

¿Crees que La Fuerza del Silencio puede ayudar a concienciar sobre la violencia sexual como arma de guerra?

Lo creo, y lo estamos viendo.

El documental ya cuenta con 14 nominaciones internacionales, 5 premios recibidos y nuevas selecciones en California e Italia.

Pero más allá de los premios, lo importante es lo que significan para ellas.

En una de las ceremonias de café, una de las mujeres nos dijo:

Si algún día muestran esta historia en otro país, que sepan que seguimos aquí. Que sepan que no hemos muerto.”

Las selecciones en festivales son, en realidad, su voz viajando por el mundo.

Es el eco de su silencio transformado en resistencia.

¿Cómo evitar el sensacionalismo al tratar un tema tan delicado?

Con ética, con tiempo y con escucha.

La primera regla fue: nunca filmar algo que no podamos sostener emocionalmente nosotros mismos.

Si una imagen era demasiado dura o corría el riesgo de convertir el dolor en espectáculo, no la filmábamos.

Trabajamos con una estética contemplativa: planos largos, silencios, luz natural, encuadres que parecen proteger más que exponer. La cámara se colocaba casi siempre a la altura del pecho, no de los ojos, como un gesto simbólico de respeto: ellas no nos debían su rostro.

El sonido también fue clave: las respiraciones, los suspiros, el viento filtrándose en las casas de adobe… todo habla sin necesidad de mostrar.

Congo, Tigray, Sudán… ¿Es esto un reflejo del fracaso de la humanidad?

Es imposible no sentir cierta desesperanza.

Pero el rodaje me enseñó otra cosa: el fracaso no está en quienes sufren, sino en quienes deciden no mirar.

Las sobrevivientes de Tigray tienen una fuerza que desafía cualquier conclusión pesimista.

Persisten. Se organizan. Se acompañan. Se abrazan en medio del silencio.

La humanidad no está en las guerras. La humanidad está en ellas.

La fotografía es luminosa, incluso hermosa, pese al drama. ¿Por qué esa elección?

Porque la oscuridad ya forma parte de sus historias; no queríamos añadir más.

Con Iñaki Luis, trabajamos para que la luz natural fuese un personaje más. La luminosidad de Etiopía estaba ahí, intacta, incluso entre las ruinas. No era coherente ni justo apagarla con una estética sombría.

Elegimos luz porque la luz es dignidad.

Y estas mujeres merecen ser vistas desde esa dignidad.

Las animaciones añaden un tono poético y doloroso sin mostrar directamente el trauma. ¿Cómo surgió esa idea?

Surgió del respeto. Había cosas que no debían mostrarse, ni siquiera recrearse. Pero tampoco podían quedar sin narrar.

La animación nos permitió construir un espacio seguro para contar lo indecible. Es un puente entre la memoria y la imagen, sin dañar ni exponer. Una forma de arte que transforma el horror en símbolo, no en espectáculo. basándonos en la voz en Off de lo horrible que fue para ellas acompañamos este momento con animación para no caer justamente en lo grotesco. gracias al trabajo de amigo mexicano JCL Aragón www.jclaragon.com que nos conocimos rodando una serie para TV Azteca en México.

La ceremonia del café es central en la película. ¿Es metáfora o espacio real de sanación?

Son ambas cosas, Es absolutamente real y lo usamos como metáfora principal de nuestra narrativa .

La ceremonia del café La Buna es un ritual ancestral donde las mujeres comparten vida, dolor, silencio y fe. Es un espacio de cuidado mutuo. En ese lugar, los susurros son más importantes que los discursos. Egoaizia www.egoaizia.org empezó a utilizar estos espacios para tener tiempo con ellas así lograr esa confianza, que sin ella no hubiera sido posible nada.

Durante el rodaje, comprendimos que la Buna (café), era mucho más que decorado o atmósfera. Era el corazón emocional de la comunidad. El lugar donde lo roto empieza a soldarse.

Por eso la ceremonia no solo aparece en la película: la sostiene.

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