El Apocalipsis a las puertas de Mekele

el presidente de Tigray, Debretsion Gebremichael, declaró que no se rendirán: “Somos un pueblo de principios dispuesto a morir por defender nuestro derecho a administrar nuestra región”

Por Angelo Nero

A principios de los años noventa, el régimen del Derg (comité) comunista que presidía el Teniente Coronel Megistu Haile Mariam, incapaz de hacer frente hambrunas que estaban diezmando al país después de un ciclo de persistentes sequías, de resolver los conflictos étnicos entre los más de 14 grupos que habitan dentro de las fronteras de Etiopía, y abandonado por su principal aliado, la URSS, en pleno proceso de implosión, fue derrotado por un una confluencia de grupos opositores armados, entre los que destacaban, en el norte, el Frente Popular de Liberación de Eritrea (EPLF) y el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), conocido popularmente como Weyane. Los primeros consiguieron la liberación de su pueblo, Eritrea, en 1993, aunque eso no evitó que entre 1997 y 2000 volvieran a librar una cruenta guerra con el estado matriz, por conflictos territoriales sin resolver, y que su historial de derechos humanos sea valorado como uno de los peores en el mundo. Los segundos, el TPLF, encabezaron una coalición de inspiración marxista y multiétnica, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF), con otras tres organizaciones: la Organización Democrática del Pueblo Oromo (OPDO), el Movimiento democrático Nacional Amhara (ANDM), y el Frente Democrático de los Pueblos del Sur de Etiopía.

Durante los 25 años de gobierno del EPRDF, bajo el liderazgo del tigray Meles Zenawi, se celebraron las primeras elecciones democráticas en Etiopía, se concedió una amplia libertad de prensa, se reconocieron los derechos lingüísticos y culturales de las diferente etnias, y se descentralizó el país, creando estados regionales (kililoch) con importante autonomía, en base a un federalismo étnico, e incluso se reconoció en la constitución el derecho de secesión, en su artículo 39, mediante la cual, ejerció su autodeterminación Eritrea. El sistema político imperante en esta etapa de la historia de Etiopía no estuvo exenta de conflictos entre los grupos que se sentían marginados en su representación, así como en las clases urbanas más acomodadas, en especial las de la capital, Adís Abeba, menos identificadas con su etnia, y partidarias de grupos de carácter estatal.

Además del conflicto con el recién creado estado de Eritrea, en 2015 hubo graves enfrentamientos entre los oromos y los somalís, que causaron el desplazamiento de cerca de un millón de personas, y  también en los estados de Oromía  y Benishangul-Gumaz los amharas han sufrido continuos hostigamientos, saqueos y matanzas, ya que esta etnia, mayoritaria en Etiopía, siempre ha sido percibida como la responsable de las políticas discriminatorias durante el imperio y el gobierno del Dreg, hacia los otros pueblos.

Con la llegada al poder del oromo Abiy Ahmed,  en 2018, se rompió el equilibrio en el  EPRDF, tras la firma de un tratado de paz con Eritrea y con el Frente de Liberación Oromo (OLF), y el abandono de la coalición del TPLF, al sentirse los tigrays desplazados de la dirección de la administración y del ejército, tras lo que Ahmed crea el Partido de la Prosperidad, a finales de 2019, en el intento de crear un proyecto pan-etíope, con los otros tres grupos fundadores del EPRDF y otros cinco partidos regionales: el Partido Demócrata Nacional de Afar, el Movimiento Popular Democrático de Gambella, la Liga Nacional Harari, el Partido Democrático de Benishangul Gumaz y el Partido Democrático Somali.

El frágil equilibrio político en el que, desde entonces, se mantenía Etiopía, saltó por los aires después de las elecciones parlamentarias de septiembre en Tigray, que el gobierno central calificó de ilegales, y por el empeño de estas en enterrar al federalismo étnico instaurado en 1994, y meter en cintura a las autoridades del estado rebelde, cuando el primer ministro Ahmed, que ya en julio de 2019 sofocó la revuelta del pueblo sidama,  ordenó una ofensiva bélica contra esta, con la excusa de un ataque previo de las fuerzas leales al Weyane a dos bases militares etíopes (algo negado por el gobierno regional de Mekele).

A principios de noviembre comenzó el avance de las tropas etíopes –parece que con apoyo del ejército eritreo- hacia el norte, en la que Ahmed prometió que no habría piedad ni tan siquiera con los civiles, si estos permanecían en el territorio rebelde, lo que ha motivado, hasta la fecha, el éxodo de más de 40.000 tigrays hacia Sudán (la mitad de ellos menores de edad), algo que ha alertado a las Naciones Unidas, cuyo secretario general, el portugués António Guterres, hizo un llamamiento al cese de los combates, preocupado por una nueva catástrofe humanitaria en ciernes. El bloqueo de la capital, Mekele, después de que las tropas gubernamentales ocuparan Humera, tras intensos combates, y el plazo de 72 horas dado por el primer ministro etíope, el domingo 22 de noviembre, para la rendición de Tigray, ha dejado a casi medio millón de personas atrapadas bajo un intenso fuego de artillería.

Los llamamientos a una salida negociada han sido desoídos por el premio Nobel de la paz de 2019, que no es otro que Abiy Ahmed, que ni tan siquiera ha permitido que la zona sea visitada por los tres mediadores designados por la Unión Africana. Mientras tanto, el presidente de Tigray, Debretsion Gebremichael, declaró que no se rendirán: “Somos un pueblo de principios dispuesto a morir por defender nuestro derecho a administrar nuestra región”, afirmando que el ejército federal había sufrido derrotas en varios frentes, destruyendo incluso una división mecanizada.

El Jefe del Estado Mayor del Ejército de Etiopía, Berhanu Jula, también ha acusado al director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, de apoyar al Frente de Liberación de Tigray (TPLF), del que fue miembro de su comité central, y de ayudar a conseguir armas para los rebeldes. Tedros fue ministro etíope de Salud entre 2005 y 2012 en el gobierno de Meles Zenawi, y ministro de Exteriores de Etiopía entre 2012 y 2016 con su sucesor, Hailemariam Desalegn, dirigiendo la OMS desde 2017. Su respuesta a la acusación del ejército etíope ha sido: «Esto no es cierto y quiero decir que yo solo estoy de un lado y es el lado de la paz. Todo el mundo necesita paz para tener salud y salud para tener paz».

Mientras escribo estas letras el Apocalipsis está ya a las puertas de Mekele, en la ofensiva final anunciada por Abiy Ahmed, una ciudad con las comunicaciones cortadas, y ya muy castigada por los bombardeos aéreos y de los tanques que la rodean. Este domingo el primer ministro etíope había pedido a la población que “juegue un papel clave en la derrota del TPLF, manteniéndose fieles a la defensa nacional”, aunque todo parece indicar que los orgullosos tigrays siguen defendiendo su capital, y que a las tropas federales les está costando romper sus defensas, encontrando una fuerte resistencia de la milicia tigray. Ahmed quiere evitar a toda costa una prolongación de la guerra, que llevaría al riesgo de una balcanización del país, con un equilibrio bastante precario entre las etnias que compones el estado, y complicando más todavía el convulso escenario regional, con el combate contra el yihadismo de al-Shabbab en Somalia, en el cual está implicado el ejército etíope, con la interminable guerra del Yemen y los conflictos internos de Sudán, que ahora se ve desbordada por los refugiados que huyen de Tigray.

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