Las manchas oscuras de Barcelona 92

Mentiras, torturas, agentes de la CIA, pactos inexistentes con ETA, un artista yonki y un perro gitano entre los éxitos deportivos de España, en una de las mejores olimpiadas de la historia.

Por Álvaro Castilla

“Estuvieron a punto de hacerme la ‘bañera’, llegando incluso a tirarme agua por encima. Psicológicamente quedé destrozado. Me amenazaron con que, si no les decía lo que querían que dijera, me lanzarían al puerto de El Masnou hasta ahogarme.”

Son las palabras del primer concejal electo que tuvo la CUP, Jaume Oliveras. En el año 92 era militante de la izquierda independentista, concretamente del Moviment de Defensa de la Terra. La tarde del uno de julio de 1992 fue apresado a punta de pistola, mientras organizaba junto a sus compañeros las marchas por la independencia. Querían reivindicar el derecho a la autodeterminación de Catalunya con motivo de los Juegos Olímpicos. Fue en el coche cuando sus secuestradores se identificaron: eran agentes de la Guardia Civil. Bajo la ley antiterrorista, lo acusaron de pertenecer a Terra Lliure.

Jaume fue trasladado al cuartel de Barcelona entre golpes y con una venda en los ojos. De madrugada lo llevaron a Madrid, donde pasó tres noches antes de declarar en la Audiencia Nacional e ingresar en Alcalá-Meco. “Aunque cuando lo pedía me daban los medicamentos para el asma, de nada sirvió, porque me hicieron la ‘bolsa’ unas cuantas veces.” La Guardia Civil consiguió una declaración autoinculpatoria que “fue una auténtica farsa” según Oliveras.

Con los Juegos Olímpicos acercándose, entre los políticos, había un tenso ambiente por la forma en la que se sucedería el evento. No estaban seguros de que todo saliese como se pretendía, como por ejemplo en los plazos de construcción de los recintos o la seguridad de los asistentes y los deportistas. Para más inri, el 29 de junio daba comienzo la ‘Operación Garzón’, dirigida por el juez Baltasar Garzón, cuyo objetivo era dar un golpe a la organización Terra Lliure.

La operación tuvo tres fases: la primera, entre el 29 de junio y el 14 de julio de 1992; la segunda, el 25 de septiembre, después de los Juegos Olímpicos, y la tercera, el 8 de diciembre. En total se realizaron 45 detenciones: seis en Valencia y el resto en Catalunya. Con el tiempo la mayoría acabaron absueltos e indultados.

“Fue un golpe de efecto antes de las Olimpiadas para ‘poner orden’ y que no hubiera ningún incidente de ningún tipo”, dice Jaume Oliveras, que pasó dos años en prisión. “Podíamos ser críticos con los Juegos, pero no era una cosa opuesta frontalmente. Era una campaña donde  aprovechábamos para reivindicar el derecho a la autodeterminación, que estos días, está plenamente vigente”.

La periodista Sònia Bagudanch en el año 2013, en su libro ‘Et presento el jutge Garzón’ corrobora con unos documentos las declaraciones de diez de los 45 detenidos en la Audiencia Nacional. Estas declaraciones, que incluyen las denuncias de las torturas sufridas, van firmados por los detenidos y por el mismo juez. Garzón lo sabía, pero nunca abrió una diligencia para investigarlo.

El caso fue llevado a Estrasburgo por Benet Salellas, actual abogado de Jordi Cuixart en el caso del ‘procés.’ El dos de noviembre de 2004, se hizo pública la sentencia que condenaba a España por violación del artículo tres del Convenio Europeo de Derechos Humanos, por la ausencia de una investigación oficial “efectiva” de las denuncias de torturas por parte de las autoridades españolas. También obligaba a indemnizar a 15 de los denunciantes, entre ellos, a Jaume Oliveras con 8.000 euros cada uno por daños morales y 2.009 euros por gastos y costes.

“Nuestra idea era visibilizar nuestra demanda, en el marco de los Juegos Olímpicos, porque Barcelona era aquellos días un punto de atracción mundial”, asegura Jaume Oliveras. “Había que silenciar cualquier reivindicación independentista, y por eso lo que ocurrió con nosotros.”

A la preocupación de la organización por los independentistas en Catalunya, se unía el poderío ofensivo de ETA. La organización terrorista vasca llegó al año olímpico con récord de víctimas mortales: 18 en el año 89, 25 en el 90 y 46 en el 91.

El 29 de marzo del 92, ETA había asesinado ya a 18 personas, pero ese día y por primera vez en la historia, cayeron los altos mandos de la organización. La dirección que encabezaban Txelis,  Fitipaldi y Pakito, fueron detenidos en un chalet en Francia. La seguridad de los Juegos Olímpicos estaba salvada puesto que la banda, supuestamente, llegó a un pacto de tregua con el Gobierno durante el periodo de las olimpiadas.

En el año 2012, los compañeros de RAC1 desvelaron los planes de la banda terrorista, para atentar durante la celebración de los Juegos Olímpicos. Narcís Serra, José Luis Corcuera y Rafael Vera, ministros de Felipe González esa época, corroboraron la noticia que también se demuestra en el hecho que desveló Vera: “los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que habían supervisado la construcción de todas las infraestructuras e instalaciones de Barcelona ’92, desactivaron un explosivo con temporizador que habían colocado con mucha antelación en la estructura del techo del Palau Sant Jordi. Era de un grupo vinculado a ETA, sí.”

Tal fue la pésima gestión de la seguridad en los Juegos Olímpicos, que el compañero que por aquel entonces trabajaba en Antena3 Radio, Christian García, llegó a dar toda la vuelta al estadio con la delegación española, entrevistó a diferentes atletas y llegó hasta el príncipe Felipe, pero dos escoltas le impidieron que le hiciera una entrevista. Cuando volvió a la zona de prensa, le retiraron la acreditación. Posteriormente, el periodista habló con la organización y le devolvieron el pase porque consideraron que no había hecho nada malo, pero debía evitar explicar que se había saltado la seguridad.

A los Estados Unidos también les preocupaba mucho la seguridad del evento, y como todos sabemos que ‘sus manos llegan a todos los rincones del mundo’ no dudaron en poner a prueba a España en esta cuestión. La CIA hizo una apuesta con Rafael Vera. Introdujo cinco agentes encubiertos y dio cuatro pistas al Gobierno español, que debía detenerlos antes de que llegaran a Barcelona. La seguridad española logró apresar a los cinco agentes.

Para el encendido del pebetero, España quería hacer algo original que asombrara al mundo. Recordad que era la segunda vez que el país organizaba un evento deportivo de tal calibre, junto con aquel fatídico Mundial del 82 en el que no demostramos ser una superpotencia deportiva.

Los organizadores estaban barajando varias opciones, cuando de repente, a alguien se le enciende la bombilla. “Una flecha en llamas que caiga dentro del pebetero”. Antonio Rebollo, que ganó tres medallas en los Juegos Paralímpicos de verano entre los años 84 y 92, era el encargado de lanzar la flecha. Y así fue. Antonio, con su arco y su flecha y con más precisión que Legolas, encendió el pebetero. O eso pensábamos todos. Loris Omedes, responsable de efectos especiales de Barcelona 92, explicó que nunca ensayaron el encendido del pebetero con la flecha. Juan Bozzo, el arquero suplente de Antonio Rebollo, fue más explícito: “Se encendió con un botón. Lo hizo un miembro del equipo de Reyes Abades”.

Para el recuerdo de aquellas olimpiadas y de aquel verano barcelonés quedará el ‘Amigos para siempre’, aunque se desecharon otras opciones como Peter Gabriel y Angelo Badalameti con David Lynch, pero estos no fueron los únicos descartes. La organización pensó en Camarón de la Isla. Una pequeña representación marchó a Arcos de la Frontera (Cádiz), para reunirse con el cantaor. Según Manuel Huerga, director de la ceremonia, “fue una de las noches más extrañas que he vivido en mi vida”. Según la bailaora Cristina Hoyos, “la intención era que Camarón cantara y yo bailara”, pero se descartó porque “era drogadicto y eso lo sabía todo el mundo”, como dijo el que fuera entonces secretario de Estado para el Deporte, Javier Gómez-Navarro. “La virtud es la alegría que te alivia el corazón y la desgracia es la pena, la tristeza y el dolor” decía una de las muchas canciones de Camarón. Y pena, tristeza y dolor sentirían los andaluces y los españoles al despedir al genio del cante ‘jondo’ José Monge Cruz, tres semanas antes de Barcelona 92.

La pobre mascota tampoco se libraría de polémica. Además de que no estaba entre las propuestas originales de su inventor, Javier Mariscal. Una gamba, que hoy día se encuentra en el Paseo Colón de Barcelona. Petra, la versión femenina de Cobi que acabó siendo mascota de las Paraolimpiadas y Palmerito, a quien el diseñador definía como “una palmera con aspecto de negrito punki” fueron propuestas antes que Cobi.

La organización le dio unas pautas a Mariscal: que se asemejara a un ‘gos d’atura’ (un Pastor Catalán) para asemejarlo a Catalunya y también que fuera una figura a la que fácilmente los niños pudieran cogerle cariño. Cuando se dio a conocer, la creación de Javier Mariscal despertó numerosas críticas en la opinión pública. Un perro cubista fue lo que alegó la organización. Un chucho mal hecho, imagino que dirían en la calle. Curioso cuanto menos, porque hoy día se ven camisetas de la mascota por la calle. El capitalismo, que todo lo engulle.

Mariscal reconoció que quería que Cobi estuviera vestido, que fuera dinámico y que tuviera sentimientos. De hecho, diseñó muchos Cobis. Alguno de ellos con cara triste y llorando por primera vez en la historia de las mascotas olímpicas. También, gracias a algunos patrocinadores, Cobi iba a ser la primera mascota que bebía cerveza. Pero no queda ahí la cosa, Mariscal llegó a decir que “el color de Cobi era más gitano, no tan clarito.” Sí, blanquearon al pobre Cobi.

22 medallas, el gol de Kiko, la carrera de Fermín Cacho, el ‘Dream Team’ de Estados Unidos, el éxito deportivo y la magnífica promoción que quedó para la historia y que dieron luz a unas olimpiadas marcadas por las mentiras de los políticos, los organizadores y la justicia.

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