Cine | Lo que piensan los títeres

Por Angelo Nero

La mano invisible (2016) David Macián. Con Marta Larralde, Marina Salas, Josean Bengoetxea, José Luis Torrijo, Edu Ferrés, Bárbara Santa-Cruz, Daniel Pérez Prada

Adam Smith creó en 1759, en su Teoría de los sentimientos morales, el término de La mano invisible para expresar la capacidad autorreguladora del libre mercado, asegurando que la empatía constituye la raíz del comportamiento humano, lo que conduce a que somos capaces de ponernos en la piel del otro, aunque no obtengamos beneficio alguno de ello, derivados hacia un bienestar social a través de mecanismos que, por sí mismos, serían capaces de asignar en su justa medida los recursos y el producto de la actividad económica, a través de una mano invisible que compensa las acciones y regula las conformaciones sociales, generando un “orden espontáneo” que garantizaría el orden social, distribuyendo la riqueza a cada uno según sus necesidades.

Seguro que detrás de estas buenas intenciones del padre del liberalismo económico, había otra mano invisible, la que maneja las vidas de millones de trabajadores, precarizando sus condiciones laborales, sus salarios y sus jornadas de trabajo, puesto que, al fin y al cabo, sus necesidades no son las mismas que las del capital, que siempre tiene que seguir creciendo, y con quien gran parte de la masa obrera simpatizan –al fin y al cabo son de ellos los bienes de producción, las materias primas, las fuentes de energía-, ignorando que la única riqueza que existe en el mundo es la del trabajo, pues esta no se genera de forma espontánea, sino con el trabajo de esos millones de trabajadores, albañiles, costureras, carniceros, operarias, mecánicos, que ponen en funcionamiento el mundo cada día.

En este escenario se desarrolla la novela de Isaac Rosa y la película homónima de David Macián, donde se lleva esto al extremo, situando a un puñado de trabajadores son contratados por una mano invisible para realizar sus tareas rutinarias en una nave, el albañil levantando un muro, la costurera cosiendo etiquetas, el carnicero descuartizando animales, el mecánico desmontando coches… frente a un público que parece disfrutar contemplando sus trabajos repetitivos en una especie de reality. En apariencia cada uno desarrolla sus labores sin problemas, delimitados sus puestos y sus funciones, pero poco a poco, de forma aleatoria, se van modificando sus condiciones de trabajo, se les impone una mayor producción, y esto va generando conflictos entre ellos, puesto que cada uno quiere solucionar su problemática, sin darse cuenta de que es el mismo problema. A partir de aquí, como en la vida misma, se va creando una atmósfera de crispación entre ellos, que derivan incluso en situaciones violentas, aunque también gestos de solidaridad, intentos de buscar una solución común, en una variedad de situaciones que nos son muy cercanas.

Y mientras estas situaciones se van sucediendo en la pantalla, nos vamos sintiendo reflejados, tanto en nuestras rebeldías como en nuestras cobardías, surgiendo un montón de interrogantes alrededor del mundo del trabajo que nos hacemos –o nos deberíamos hacer, a diario-, sobre el sentido que tiene nuestro esfuerzo y nuestro tiempo, puesto que, finalmente, solo el sueldo, esa parte de la plusvalía generada por nuestro trabajo que nos entregan a cambio, parece ser lo que importa en nuestras relaciones laborales, asumiendo, cada vez más, la mengua de nuestros derechos –también de nuestros salarios-, de nuestra seguridad, se nuestra salud… “Es lo que hay”, dicen a nuestro alrededor nuestros compañeros, nuestros amigos, nuestros padres, dando por hecho que nada puede cambiar, y que si lo hace siempre será a peor.

El resultado final de la película va más allá de su metraje, ya que buscar agitar conciencias, crear debate, como el que tuvimos después de la presentación del film con Marta Larralde, una de sus protagonistas, que también nos desentraño alguna de las particularidades de su producción, realizado a través de un mecenazgo colectivo, y con un presupuesto muy limitado. Realmente pienso que es un trabajo valiente y necesario, que anima a continuar indagando en la historia a través del libro, pero sobretodo a través de ese dialogo necesario sobre las relaciones laborales, que parece que, desde que una mano invisible nos asustó con el fantasma de la crisis, ha desaparecido de la escena pública, sumado al interesado descredito de los sindicatos, que nos hace incluso añorar aquella sociedad de los años ochenta, cuando hasta el capitalismo estaba siendo cuestionado.

 

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