La fiesta de la democracia seguía su curso, dibujando esa transición modélica que muchos nostálgicos siguen recordando, pero para Emilio Fernández Castro fue su última fiesta.
“Se notaba los que aún estaban vivos. Las costillas las tenían juntas y las bocas abiertas. Eso impresiona muchísimo, sabiendo que allí además está gente de tu pueblo y gente de tu sangre. Y tú decías pues será mi abuelo… ¡Todos eran tu abuelo!”.
Sin barracas, sin agua potable, sin electricidad, sin comida, sin servicio médico, sin letrinas, sin lo mínimo para la supervivencia humana, el campo se convirtió para los refugiados en un infierno en el que tenían que intentar sobrevivir.
Un informe médico constata que en el mes de junio de 1941 los trabajadores españoles se mueren de hambre, que pesan veinte kilos menos de lo que deberían. No hay comida. El agua escasea y sólo pueden ducharse de forma colectiva cada dos semanas.
Esa tarde presenció cómo cientos de republicanos españoles que se agolpaban en los andenes, eran acosados brutalmente por los gendarmes que pretendían llevarlos a los campos, separando a hijos de madres, a mujeres de sus maridos.
Un manto de nieve cubre caminos y montañas. Vehículos empotrados unos en otros sin poder avanzar son abandonados. Una riada humana horrorizada, arropada con mantas, camina lentamente hacia la frontera.