No hay censura inocente. Nunca la hubo. Históricamente, prohibir libros ha sido una herramienta fundamental de los sistemas autoritarios para controlar la conciencia colectiva.
La pregunta tramposa “¿y el Ministerio del Hombre para cuándo?” parte de una falacia deliberada: asumir que hombres y mujeres parten del mismo punto y sufren las mismas opresiones. No es así.
La pregunta no es por qué ellas llevan vestidos imposibles, sino por qué sigue pareciéndonos normal. Por qué aceptamos que la última imagen del año refuerce una jerarquía tan vieja como efectiva.
El capitalismo patriarcal no solo explota el trabajo productivo: se apoya de manera central en el control del cuerpo femenino, del tiempo de las mujeres y de su subjetividad. El consumo es una de sus herramientas más eficaces.
Cada like que damos también es una elección. O seguimos alimentando el aplauso patriarcal, o empezamos a usar las redes como lo que deberían ser: un espacio de voz propia, no de sumisión.
La Navidad exige alegría, unión y armonía. Y son las mujeres quienes suelen encargarse de que ese clima emocional exista. La responsabilidad afectiva —escuchar, mediar, consolar, sostener vínculos— recae mayoritariamente sobre ellas.