Nuestro país debería caminar hacia el laicismo arropándose en las banderas del humanismo, la igualdad y la solidaridad social y no en el privilegio católico, la caridad o la segregación social escolar.
Detrás de cada decisión no hay únicamente una situación concreta, sino también una historia de aprendizajes, expectativas y presiones que muchas mujeres arrastran desde hace años.
Por eso el 28 de mayo no debería limitarse a una jornada simbólica. Debería ser una denuncia colectiva. Porque la salud de las mujeres no necesita más campañas vacías ni discursos institucionales oportunistas.