No hay censura inocente. Nunca la hubo. Históricamente, prohibir libros ha sido una herramienta fundamental de los sistemas autoritarios para controlar la conciencia colectiva.
Nos venden formas de gestión privada de centros públicos como eficiencia y ahorro, que ya hemos comprobado que terminan generando sobrecostes millonarios.
La pregunta tramposa “¿y el Ministerio del Hombre para cuándo?” parte de una falacia deliberada: asumir que hombres y mujeres parten del mismo punto y sufren las mismas opresiones. No es así.
La pregunta no es por qué ellas llevan vestidos imposibles, sino por qué sigue pareciéndonos normal. Por qué aceptamos que la última imagen del año refuerce una jerarquía tan vieja como efectiva.
El capitalismo patriarcal no solo explota el trabajo productivo: se apoya de manera central en el control del cuerpo femenino, del tiempo de las mujeres y de su subjetividad. El consumo es una de sus herramientas más eficaces.