Democracia, óleo sobre lienzo

Por Sergio Martos

Mucho se ha dicho últimamente sobre la democracia. Este concepto, que a veces parece más vacío de la cuenta (¿más vaciado, quizá?), se nos escapa siempre de las manos; pero lo que es más importante aún: lo buscamos eternamente, como si fuera la realización clara de nuestras más ansiadas metas. Definido en su marco teórico por la legitimidad del pluralismo político y el Estado de derecho que lo garantiza, a veces olvidamos lo que se esconde tras esta máscara.

«La “democracia representativa” parece hoy un pleonasmo…, pero ya ha sido un oxímoron», escribe Rancière en alguna parte. No voy a hacer ninguna historia de esta «democracia»: es lo suficientemente aburrido como para evitarlo. Pero sí espero poder mostrar que este concepto no es ningún aparato mágico que a veces convenga olvidar y a veces sea mejor retomar. Creo que es necesario comprender que, hoy más que nunca antes, las democracias parlamentarias no son más que la otra cara de la moneda con la que el Capital compra a sus apoderados y les da un aire de legitimidad. Más doloroso aún: los apoderados creen que esa legitimidad se la han arrancado de las manos. Los únicos realistas aquí son aquellos suficientemente incrédulos como para admitirlo; y lo penoso es que son los mismos que disfrazan este sistema de mera burocracia, de proceso automatizado e irreversible.

Ejemplo ilustrativo: José Antonio Pérez Tapias ─decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, respetable y respetado hombre─ escribe en su cuenta de twitter: «La realidad es poliédrica y no todos vemos la misma cara. El problema lo plantean quienes pretenden el monopolio de una perspectiva única.» Adjunta un cuadro cubista a modo de metáfora, para ilustrar el carácter «poliédrico» del mundo. El problema, como todo lector sabe, es que si uno le da al mundo esa textura inherentemente «subjetiva», entonces nos quedamos sin mundo. Se despereza la objetividad y, aun si el buen maestro elevara el perspectivismo de Ortega, lo que hay detrás es una especie de «nada flotante». Maravilloso contra-ejemplo que vemos implícito en la imagen cubista, que es exactamente eso: una imagen ─ para más inri, de un cuadro. Una representación de una representación. Caemos ─stricto sensu─ en el posmodernismo.

Pintura cubista de Mané Pérez Tapias, que ilustra el mensaje de José Antonio Pérez Tapias

La infinita ironía del poliedro en dos dimensiones es la perfecta ilustración de la democracia representativa: un óleo sobre lienzo donde el óleo forma parte del lienzo; pero que destapa, al mismo tiempo, que el lienzo ya formaba parte del lienzo mismo, de algún modo. Que no hay un lienzo que sea simplemente «una base para pintar», sino que está ya y siempre tejido de la misma realidad artística que el óleo. Díganme si el posmodernismo no es bello, díganme si no es atractivo. Por supuesto, el ánimo de Pérez Tapias es de todo menos posmoderno. Podría incluso objetar que he sido yo el responsable de esa mirada, y que por lo tanto el posmoderno soy yo, haciendo una lectura tan generosa de un mensaje tan conciso. Díganme.

En fin, la realidad tangible del material es que cubre tres dimensiones exactas: solo la mirada pone el poliedro dentro mismo del cuadro. Y además, situamos el lienzo en dos dimensiones. Lo demás es una ilusión artística. Valiosa, sí, perfectamente valiosa. Pero como arte.

La mirada realista, ingenua para el arte, nos diría exactamente eso: es una pintura, que hay que poner en su lugar. Esto Pérez Tapias también lo sabe, y por eso la polémica no entra aquí en ningún punto. Pero no estamos hablando de arte, sino de democracia. Una democracia que ya no puede vestirse de más ropajes: detrás de los velos no hay nada, y ya lo sabemos. Sólo desde esta verdad podemos ofrecer algo mejor.

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