No es una invasión, es un chantaje: lo que ocurre en Ceuta

Marruecos consolidó su posición internacional gracias a los Acuerdos de Abraham impulsados en el primer mandato de Trump, que llevaron a Estados Unidos e Israel a reconocer su soberanía sobre el Sáhara Occidental.

Por Isabel Ginés | 2/08/2026

Los radicales, algún tonto suelto y los fascistas aprovechan cualquier grieta. No necesitan datos, ni contexto, ni memoria, les basta una imagen impactante y un titular. Y esta semana lo hemos vuelto a ver. En cuanto miles de personas cruzaron la frontera de Ceuta, la maquinaria ya estaba lista para repetir el mismo mantra de siempre: “nos invaden por culpa de Sánchez”. “Sánchez corrupción”. Sánchez aguanta el tipo porque sabe que el desgaste no ayuda, son las políticas eficaces y firmeza. Y claro como si España no tuviera memoria. Como si no hubiéramos vivido gobiernos del PP marcados por la corrupción sistémica, por el saqueo institucional, por escándalos que hoy se prefieren olvidar convenientemente. Porque hablemos de memoria un segundo.

Hablemos de la Gürtel, de los ERE, de las tarjetas black, de la Púnica, de Bárcenas y sus papeles, de una Comunidad Valenciana gobernada por el PP que llevaba años sin actualizar sus protocolos de emergencia cuando llegó la DANA que mató a cientos de personas en octubre de 2024. Hablemos de Andalucía, donde el gobierno de Moreno Bonilla ha protagonizado uno de los mayores escándalos sanitarios de la democracia: miles de mujeres —según algunas asociaciones de afectadas, hasta 20.000— dejaron de recibir el aviso de que sus mamografías mostraban resultados dudosos, algunas desarrollando un tumor mientras el sistema simplemente no las llamaba. Eso también es gestión pública. Eso también mata. Pero no genera la misma indignación selectiva. No es espontáneo, es un pulso político medido lo que ha ocurrido en Ceuta este 31 de julio —con decenas de miles de personas cruzando en menos de 48 horas y más de 40 fallecidos ahogados— no ha surgido de la nada. España lleva desde 1992 externalizando el control de su frontera sur en la policía marroquí, y desde entonces esa dependencia se ha pagado cara. Ya ocurrió en mayo de 2021, cuando Marruecos abrió deliberadamente los controles y dejó entrar a miles de personas como represalia diplomática por la acogida de un líder saharaui en un hospital español. Y ha vuelto a ocurrir ahora.

Cuando un país delega su seguridad fronteriza en otro Estado, ese otro Estado tiene la llave para abrir o cerrar el grifo humano cuando le conviene. ¿Y qué ha cambiado justo antes de esta crisis? Pedro Sánchez viajó a Argel el 20 de julio para relanzar la relación con Argelia —rival histórico de Marruecos— después de años de ruptura diplomática por el giro español sobre el Sáhara Occidental. Argelia es hoy el principal proveedor de gas de España. Once días después, la frontera de Ceuta se desborda. Puede ser casualidad. O puede ser, como sostienen buena parte de los análisis geopolíticos, la reacción de un régimen que interpreta cualquier acercamiento español a Argel como una amenaza directa a su posición sobre el Sáhara. Ese régimen, además, no actúa en el vacío. Marruecos consolidó su posición internacional gracias a los Acuerdos de Abraham impulsados en el primer mandato de Trump, que llevaron a Estados Unidos e Israel a reconocer su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Con ese respaldo de Washington y Tel Aviv, Rabat se siente blindado para presionar a la Unión Europea sin miedo a un aislamiento real. Llamarlo “invasión” y quedarse ahí es, como mínimo, quedarse a medias en el relato: es no señalar quién mueve realmente las piezas.

La hipocresía de Meloni

Mientras tanto, Italia —con Meloni sacando pecho de mano dura migratoria desde octubre de 2022— ha aprovechado la crisis de Ceuta para amenazar con romper Schengen con España, y de hecho lo ha suspendido temporalmente. La respuesta de Sánchez ha sido citar los propios datos de Frontex: entre 2021 y 2026 han entrado de forma irregular en Italia 478.600 personas, frente a las 234.760 que han entrado por España. El doble. Italia recibe más del doble de llegadas irregulares que España y, aun así, exporta la imagen de mano dura mientras pide sanciones a quien tiene menos entradas que ella. España enseña sus cifras. Italia prefiere esconder las suyas porque no encajan con el relato que vende puertas afuera.

El problema de los influencers que no informan

Y aquí llegamos a otro problema que es la cantidad de gente con altavoz — influencers, tertulianos, cuentas con cientos de miles de seguidores— que opina de esto sin haberse leído ni un informe de Frontex, sin conocer los Acuerdos de Abraham, sin saber qué es el MedGaz ni por qué Argelia importa en esta ecuación. Hablan de “invasión” y de “buenismo” con la misma ligereza con la que hablarían de una serie de Netflix, desde una posición privilegiada donde la geopolítica les queda muy lejos y muy cómoda. Si de verdad les importara informar, dedicarían dos minutos a explicar el tablero completo en lugar de gritar titulares que solo sirven para polarizar y para que aplauda quien ya pensaba lo mismo.

Esto debería ser un pacto de Estado, no munición electoral. La integridad territorial española no se ha visto comprometida por un fenómeno impersonal. Ha sido un régimen autocrático el que ha convertido a su propia gente en moneda de cambio, con el paraguas de Estados Unidos e Israel detrás. Cualquier respuesta que no señale esto con claridad es, como mínimo, una posición cobarde frente a Marruecos. Y si hoy te sientes muy patriota gritando “nos invaden los moros por culpa de Sánchez”, enhorabuena: estás haciendo el trabajo gratis de un régimen extranjero que te ha vendido una versión simplificada para que no mires más allá. Esto no debería depender de quién gobierne en Moncloa. Debería ser un pacto de Estado transversal, porque lo que está en juego —la soberanía sobre Ceuta y Melilla, la dependencia energética, la posición de España en el tablero mediterráneo— nos afecta a todos, gobierne quien gobierne.

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