Zama, una víctima de la espera

“Europa es recordada por quienes nunca estuvieron allí”, dice un personaje resumiendo la nostalgia de los que nacidos en el continente americano, idealizan a la metrópoli. “Yo no soy como ellos”, dice Zama, señalando a los indígenas.

Por Angelo Nero | 3/11/2025

Creo nunca estaré seguro de que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente; pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosa de las torturas.” Así narraba el escritor argentino Antonio Di Benedetto su paso por los infiernos cuando, en 1976, fue secuestrado en su despacho del diario Los Andes, de Mendoza, para ser encarcelado y torturado, sufriendo hasta cuatro simulacros de ejecución.

Veinte años antes había publicado su primera novela, Zama, ambientada en la época colonial, en la que, a través de su protagonista, Don Diego de Zama, un funcionario de la corona española, que espera un traslado que nunca llega. Esta víctima de la espera, atrapado por una burocracia lánguida, entre la civilización y la barbarie, es presa del deseo o de la desesperanza, camina por los territorios de polvorientos despachos o por la exuberancia de los poblados nativos, enloquece con el aliento de Luciana Piñares de Luenga (interpretada magistralmente por Lola Dueñas), o persigue al escurridizo bandido Vicuña Porto (al que da vida el brasileño Matheus Nachtergaele).

Zama tiene fragmentos tan memorables como este:

En la calle me di con una berlina modesta, de gastados arneses y cansino tronco.

No le presté atención cuando pasó a mi lado. Pero reparé en una mano, carnudita y joven, muy blanca, guardada de encajes, que se tomaba de la portezuela. La cortina echada no permitía hacer público más que ese breve testimonio de donaire. El carruaje se alejaba y, por modesto, no podía distinguirlo de ningún otro.

Pensé buscar mi caballo; suspendí tal propósito.

Quizás era la mujer del sueño; seguramente no.

Al igual que ella, operó en mí como una perdurable caricia.

Por juntar pedacitos de esperanza, repasé las características del coche y de los animales de tiro, a fin de retenerlas. Sin duda, me dije, para la dama de la mano era un pobre medio de no ir a pie; sin embargo, tuve que decirme también, de menos dispondría ahora la que era en verdad mi dama, Marta, mi señora.

Me sentí traicionero de su amor, de su humildad y su sacrificio; mas pensé en la mano resguardada de encajes, pensé en Luciana y quise justificarme como ante tribunal: «Por lo menos, debo conservar el derecho de enamorarme».

En 2017 la salteña Lucrecia Martel afrontó el reto de llevar a la gran pantalla la onírica novela de Antonio Di Benedetto. La directora de las delirantes “La ciénaga”, “La niña santa” y “La mujer sin cabeza” (La Trilogía de Salta), ya había consolidado un lenguaje propio, muy alejado de ese cine argentino que entonces ya triunfaba en los cines, y hacía el camino inverso: “Lo que yo hago es todo mentira, es todo artefacto. Yo no creo en la verdad y si hay algún efecto de verdad en mis películas, es un milagro. Pero es todo armado, todo mentira, todo escrito, todo puesto, todo falso. Creo en eso, creo en la falsedad. Y creo que es la única forma de percibir algo.”

Escogió para meterse en la piel de Don Diego de Zama al actor mexicano Daniel Giménez Cacho, que dio la talla desde los primeros fotogramas, en esa escena pictórica en la que el funcionario otea el horizonte desde la orilla, perfecta alegoría de la espera. Zama es como esos peces que tienen que luchar contra el agua que quiere arrojarlos a tierra: “estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia y aunque siempre están en peligro de ser arrojados del seno del río, tanto que nunca se les encuentra en la parte central del cauce, sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces. Sólo sucumben […] cuando su empeño les exige demasiado y no pueden procurarse alimento.”

Pero él si quiere ser arrojado de esa tierra en la que está, para poder reunirse con su familia, pero el gobernador parece remiso a elevar un documento al rey para poder hacerlo posible. “Europa es recordada por quienes nunca estuvieron allí”, dice un personaje resumiendo la nostalgia de los que nacidos en el continente americano, idealizan a la metrópoli. “Yo no soy como ellos”, dice Zama, señalando a los indígenas.

El tiempo se diluye, y Zama pasa los días espiando a las mujeres que se bañan en el barro, asistido por las libidinosas hijas de su posadero, delirando por el deseo hacia Doña Luciana, sorteando las tareas que le encomienda el gobernador, siendo testigo de las intrigas de sus subalternos, y de la vida miserable de los indios. Don Diego de Zama, “el enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada”, tendrá también que luchar, en la búsqueda del bandido Vicuña Porto, que será el que decida su destino final.

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