Somos una mina

Por Mª Ángeles Castellanos Valverde | Ilustración de JRMora


La hiperconectividad nos ha convertido en una mina, si fuéramos personajes de un videojuego iríamos con un montón de monedas sobre nuestra cabeza. Mientras nuestro personaje no para de generar estas monedas exponiendo su vida en un mundo digitalizado, otros personajes oscuros, los algoritmos opacos, se apropian de esas monedas, es el precio de nuestra vulnerabilidad.

Nuestras vidas están siendo digitalizadas con nuestro consentimiento desinformado, por mucho que aceptemos unas condiciones de uso que pocas personas leen, existe una base de desinformación o de confusión cuando alguien piensa que adquiere un juego o una App de fotografía y en realidad lo que está haciendo es vender su intimidad, y lo que se pensaba que era un producto comprado en realidad es un pago a cambio de información. Si estamos convencidas de que somos la parte compradora en una transacción pero en realidad somos el producto, sin duda, existe una base de confusión y de falta de transparencia.

La digitalización ha llegado a muchos espacios en los que transcurren nuestras vidas  pero ¿qué implica una sociedad hipertecnológica? ¿Estamos enriqueciendo a empresas opacas a cambio de ser cada día más vulnerables? ¿Estamos aprovechando la tecnología para mejorar la vida humana y no humana? ¿formamos parte de los espacios de decisión sobre el futuro tecnológico?

El Consejo Económico y Social en su informe  Nuevos hábitos de consumo, cambios sociales y tecnológicos  analiza  transformación en los hábitos de consumo en el periodo de crisis y señala que durante el periodo más agudo de la crisis, los hogares han reducido fuertemente el gasto en consumo, pero han incrementado la cantidad de dinero dedicada a dotarse de las  infraestructuras necesarias para acceder a las redes digitales.

Según la Encuesta de Presupuestos Familiares que elabora el INE, en el periodo 2006-2015 se redujo el gasto en todas las partidas excepto en dos, salud que creció un 3,4% y comunicaciones que creció un 26%

Nuestras vidas están siendo digitalizadas con nuestro consentimiento desinformado

La Comisión Europea elabora el Índice de Economía y Sociedad Digital (DESI) y en base a los datos publicados en  2018, la Comisión señala que España es un país muy conectado y avanza en el escalafón europeo digital, con una cobertura de banda ancha fija del 96 % de hogares y de banda ancha móvil del 92 % de los abonos. (Según Eurostat en 2011 el porcentaje de hogares con acceso a banda ancha era del 62%, el avance ha sido notable.)

Donde más destaca España es en la utilización de las ventajas que ofrece Internet por parte de las empresas y las administraciones públicas. Las administraciones públicas españolas destacan en la oferta de gestiones en línea a la ciudadanía, y en la disposición de datos abiertos para su consulta. Los servicios públicos digitales ocupan el puesto número 4 de los países de la UE.

En 2018 han introducido un nuevo indicador de servicios de salud digitales (eHealth)  que  muestra que el 29 % de la población española utilizan servicios sanitarios en línea.

Más datos, en  2018  el 67,6% de la población utilizó Internet para participar en redes sociales (35% en 2011) el 53,30% compró por internet  (26,80% en 2011) o el 83% usa internet para jugar o descargar juegos, imágenes, películas o música.

Utilizamos recursos digitales para  comunicamos, para comprar, para jugar, para relacionarnos con el vecindario, para buscar pareja  para leer, para escuchar música, para ver películas, para la participación política, para trabajar, para informarnos, para guardar nuestros recuerdos, para anotar nuestros pensamientos,  para acceder a servicios sanitarios, para limpiar nuestras casas, y por supuesto para  relacionamos con la administración, es más, en este punto es donde más destaca España según señala la Comisión Europea, y a la vista de algunas noticias parece que se quiere seguir avanzando en unas Administraciones Públicas en la nube.

En enero, durante la cumbre de Dabos, Pedro Sánchez se reunió con  Andy Jassy, CEO de Amazon Web Services (AWS) para hablar, según palabras del propio Sánchez en Twitter, de  “un proyecto innovador: el desarrollo de política pública de servicios en la nube para la administración”

AWS es el mayor proveedor mundial de servicios en la nube y  es la actividad más lucrativa de Amazon.

El medio rural también es parte de la era TIC y aunque existe la brecha digital en los municipios de menos de 10.000 habitantes el uso de Internet llega al 80,6% de la población.

A cambio de explotar caramelos de colores virtuales dejamos en manos desconocidas todo aquello que nos hace vulnerables

Son indudables las ventajas de poder acceder a infinidad de servicios desde casi cualquier sitio, poder acceder a servicios sanitarios en línea desde una aldea en la que no hay ni un consultorio médico, o poder pagar tu parte de un regalo conjunto ahora que según alerta el Banco de España, 3.399 municipios que suman un millón de habitantes no tienen acceso a efectivo.

Y todo parece tan limpio, tan poco contaminante, tan avanzado, tan cargado de libertad que podemos llegar a confundir avance tecnológico con progreso social, pero si volvemos al videojuego del principio, los algoritmos opacos no han sido programados precisamente para favorecer un crecimiento sostenible, ni para empoderar a las personas oprimidas ni por supuesto para preservar la intimidad de nuestras vidas.

Según el informe Global E-waste Monitor 2017   de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), la Unión Internacional de las Telecomunicaciones (IUT) y la Asociación Internacional de Residuos Sólidos (ISWA), en el mundo se generaron 45 millones de toneladas de basura electrónica, de las cuales 930.000 toneladas se generaron en España y de estas tan solo se recogieron 198.000 toneladas, el resto terminan en su mayoría en vertederos tecnológicos incontrolados (y algunos en el cajón en el que tenemos viejos móviles o cargadores inútiles).

Y el problema no son sólo los residuos, un mundo digital hiperconectado, necesita grandes cantidades de energía y de materiales para la fabricación y el uso de  todos los componentes y dispositivos que necesita la hiperconexíon y la digitalización. Leer en una tarde de primavera un libro en el banco de un parque no necesita electricidad, hacerlo en el mismo banco del mismo parque con un aparato electrónico sí.

El blockchain necesita ingentes cantidades de energía y conseguirla conlleva nuevas formas de extractivismo.

El capitalismo digital contribuye a acrecentar la ya preocupante crisis ecológica  con un impacto devastador entre la población más empobrecida. Douglass Rushkoff, nombrado por el MIT uno de los diez intelectuales más influyentes del mundo, cuenta en un artículo la preocupación de los multimillonarios por su propia supervivencia ante el colapso ecológico, quieren abandonar el barco que se hunde por las decisiones que los ha hecho multimillonarios

Los procesos productivos contaminantes no son nuevos, lo que sí es más novedoso en el capitalismo de datos es la extracción masiva de  riqueza directamente de nuestras vidas, de la vigilancia permanente, de la mercantilización de nuestro tiempo de ocio, de contar los pasos que damos cada día, de separar nuestras vidas de nuestros cuerpos invisibilizando el envejecimiento, la enfermedad o la pobreza. Dejamos de disfrutar de un concierto en directo porque urge más contar lo bien que lo pasamos en ese directo, y mientras, los algoritmos opacos se enriquecen con la información que emitimos, guardando los mapas de nuestra vida, de nuestros recuerdos.

En el periodo 2006-2015 se redujo el gasto en todas las partidas excepto en dos, salud que creció un 3,4% y comunicaciones que creció un 26%

Y llegan las redes 5G que no dejarán puntos negros. Su llegada se  anuncia como una indudable revolución, como la estructura de un nuevo mundo. Existe una verdadera competición geopolítica por el control de estas redes.

Nos estamos haciendo vulnerables de maneras que desconocemos, poner sectores estratégicos o toda la Administración Pública en manos de empresas que no están sometidas a las leyes de las que nos hemos dotado para protegernos, en manos de algoritmos opacos cuyo fin último no es transparente, supone un alto riesgo al que nos exponemos sin ser conscientes de ello.

A cambio de explotar caramelos de colores virtuales dejamos en manos desconocidas todo aquello que nos hace vulnerables, nuestros mayores miedos, y quien sabe si en un futuro Orwelliano estos miedos serán nuestro final.

Seremos protagonistas de nuestro futuro si no dejamos que las decisiones se tomen sin contar con nosotras. Si vivimos vidas que solo nos permiten estar  ocupadas en atender lo urgente, en suplir las carencias provocadas por  la ausencia de servicios públicos y de  trabajos dignos, si nuestro tiempo lo empleamos en  proveernos de cuidados y alimentos y el tiempo de ocio lo vivimos en la hiperconexión que nos separa de los cuerpos, las decisiones las tomarán quienes nos consideran un producto del que extraer riqueza hasta que dejemos de serles útiles.


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