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Entrevistamos a Magda Oranich, abogada y política catalana, fue secretaria del Comité català de l’ACNUR y miembro de la Fundacio Ramon Trias Fargas, fue parte de la defensa de Salvador Puig Antich y de Jon Paredes, Txiki, dos de los últimos ejecutados por el franquismo.
Por Angelo Nero | 27/09/2025
Me gustaría comenzar hablando del papel de la mujer en la Memoria Antifascista. Durante años se ha ignorado a las mujeres, porque los que merecían la atención eran los guerrilleros, los presos políticos, los exiliados, los intelectuales republicanos, pero las mujeres siempre estaban en la sombra. Yo llegué muy tarde el tema de las mujeres rapadas, de las presas políticas, de las enlaces de la guerrilla, del Patronato que, además fue más allá de la dictadura. El tema de los manicomios, que yo descubrí gracias al libro de Montse Fajardo, “Rotas. As mulleres que o franquismo agochou en Compostela”… Había tantas capas de represión a la mujer que a mi me sorprende que el movimiento memorialista, hasta hace poco, no les dedicara más atención.
Creo que hay que seguir dando la batalla para visibilizar a la mujer en la Memoria. Yo he estado con algunas mujeres supervivientes del Patronato, y lo que sufrían era una tortura constante, tenían hasta celdas de castigo, algo que yo no había visto en las cárceles, y lo peor es que a veces eran internadas por los propios padres. Yo entré en algún centro del Patronato, dije que era periodista y abogada, y solo con estar allí, con lo poco que me decían, me parecía terrible. Y esto ya era en democracia, a finales de los setenta.
Pero esto es algo global, ¿cuántas quejas has visto tú, en organismos internacionales, sobre las mujeres de Afganistán, que no pueden ni ir a la escuela?. Ahora ha habido un terremoto en el país, y a las mujeres las están dejando morir, porque no hay doctoras. Hasta el regreso de los talibanes, por lo menos podían estudiar, podían trabajar, pero ahora es terrible. Y de esto no se habla.
No se habla tampoco de la utilización del cuerpo de las mujeres como arma de guerra. A partir de la guerra de Bosnia se consideró la violación como crimen de guerra. Algo se ha adelantado desde entonces, por lo menos a nivel de legislación, pero es más fácil cambiar leyes que cambiar mentalidades.
Aquí se ha avanzado mucho en derechos civiles, con el divorcio, el matrimonio igualitario, el aborto, pero hay que seguir luchando para que esos derechos conquistados no nos los quiten. Porque ya hay hombres que se quejan porque la justicia privilegia a las mujeres, cosa que no es cierto.
Ahora hay un movimiento importado desde EEUU, el Tradwife, el movimiento de amas de casa que quieren vivir sometidas a sus maridos, y me recuerda cuando Lidia Falcón estaba a favor del sueldo a las amas de casa y yo estaba totalmente en contra.
A mí me preocupa la violencia de género, que es el delito que más se comete en el mundo, y aquí no es nada, matan a diez, doce, pero hay países de África donde matan a 300. Creo que se ha avanzado, a nivel legal por descontado, pero queda mucho camino que recorrer. Cuando yo empecé a ejercer como abogada éramos muy pocas, pero tampoco había doctoras, policías, catedráticas… Pero ahora estamos en un momento histórico en el que podemos retroceder si no luchamos por nuestros derechos. Estamos en un ambiente pre-bélico que recuerda mucho a los años veinte.
Yo creo que las mujeres no iremos para atrás en derechos, porque una vez que hemos conocido la libertad, es muy difícil, aunque también la República avanzaron mucho en las leyes, en la igualdad dentro y fuera del matrimonio, y en dos años mira lo que pasó.

Participas en la defensa de Salvador Puig Antich, que finalmente fue ejecutado por el régimen franquista, tras un Consejo de Guerra, ¿cómo se podía enfocar la defensa en un juicio militar que se desarrollaba además en el contexto de una dictadura? ¿había algún tipo de garantía procesal o la suerte de Salvador ya estaba decidida antes de comenzar el proceso?
Yo asumí la defensa de Salvador porque la noche que lo detuvieron yo estaba en el juzgado de guardia, llamé a mis compañeros de equipo (donde estaban Francesc Caminal y Mar Palmés) y nos hicimos cargo de la defensa. Aunque su condena a muerte fue una venganza por la muerte de Carrero Blanco. Me lo dijo el mismo Salvador: «Han matado a Carrero Blanco y a mí». Hacía once años que no se había ejecutado a ningún civil -el soldado Pere Martínez Expósito, fue fusilado en enero de 1972 por haber matado a dos mujeres-, a Granados y Delgado, dos anarquistas que planearon un atentado contra Franco, los habían ejecutado en 1963, el mismo año que fusilaron al dirigente comunista Julián Grimau. Además a Salvador se le somete a un Consejo de Guerra, que estaba previsto solo para militares. Franco había creado, también en 1963, el Tribunal de Orden Público (TOP), que dictó miles de sentencias, pero ninguna pena de muerte. Cuando el dictador quería que la pena fuera alta se iba por la vía militar, aunque no procediera, porque Salvador no era militar. Franco nunca se fio de los jueces, aunque fueran franquistas hasta la médula. El presidente del TOP, José Francisco Mateu Cánoves, lo era y mucho (murió en un atentado de ETA, en noviembre de 1978).
Pero Franco de quien se fiaba era de los tribunales militares, ponían a uno de caballería, a otro de infantería, y de presidente a uno del cuerpo jurídico-militar. Tenemos en Barcelona al juez que firmó la pena de muerte de Puig Antich (Carlos Rey González), que todavía ejerce, fue abogado de la presidenta del PP en Cataluña, Alicia Sánchez-Camacho. En una entrevista dijo que él hizo lo que tenía que hacer, aunque ahora no lo haría, pero tendría que estar avergonzado, tendría que decirse a otra cosa. En Italia, en Alemania, donde tuvieron regímenes fascista, esto es impensable, porque se hizo una limpieza democrática.
En cuanto al juicio, aquello era como una performance, te ponías la toga y todo eso, pero era un teatro. En el TOP también, pero seguían mucho las leyes procesales, guardaban las formas, pero aquí te denegaban todas las pruebas de la defensa y no cabía recurso contra la sentencia. A Salvador lo condenaron a la vez que a un preso común, Heinz Ches, que era un desgraciado, solo para equilibrar la torna (la balanza), para decir que no solo ejecutaban a los políticos. A los dos los mataron con el garrote vil, pero con Heinz hicieron una auténtica carnicería, porque el verdugo tenía poca experiencia.
Además, cuando comienza el juicio de Salvador Puig Antich, tu también habías pasado por la cárcel…
Mientras se preparaba el juicio de Salvador ya estaba en la cárcel. A él lo detienen el 25 septiembre de 1973, y a mi me detuvieron en octubre, aunque yo no estuve mucho tiempo, tres meses, por una reunión de la Assemblea de Catalunya -un organismo antifranquista fundado en 1971 que reivindicaba Llibertat, Amnistia, Estatut d’Autonomia-. Nos detuvieron en una iglesia, a pesar del concordato que lo impedía. No me olvidaré porque me detuvieron el día del debut de Cruyff en el Barça -Magda es miembro de la junta directiva del club desde 2009-, el 28 de octubre de 1973. Cruyff, que venía de un país democrático, preguntó que habíamos hechos, y cuando le dijeron que nos habían detenido por reunirnos, nos mandó un mensaje de solidaridad a la calle. Tampoco me olvido del gol que marcó el 22 de diciembre de 1973, al Atlético de Madrid, mientras yo estaba en prisión, porque mi padre fue a ver ese partido, y al volver a casa sufrió un infarto y falleció. Fue el momento más duro en la cárcel.
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La noche anterior a la ejecución de Salvador se intentó por todos los medios conseguir un indulto, que no llegó, ¿cómo vivió esas horas, y como fue el encuentro por la mañana con sus hermanas en la Modelo?
Fueron las horas más largas de mi vida, aunque no estuve con Salvador. Las pasé en el Colegio de Abogados, haciendo llamadas a todo el mundo, creo que les arruiné. Llamé a Estados Unidos, a la ONU, al Vaticano. Y a las seis de la mañana, cuando ya no había nada más que hacer fui a la Modelo y estuve con sus hermanas delante de la puerta de la cárcel, porque no nos dejaron pasar. Luego, cuando pudimos entrar, fue terrible verle con la cabeza así… es algo que se te graba para toda la vida.
A la mayor parte de los demócratas de este estado no se nos pasaba por la cabeza la brutal represión que hubo en la celebración del referéndum de autodeterminación de Cataluña. Aquí, en Vigo, salimos de forma espontánea a la calle, y había una cantidad enorme de gente solidarizándose con el pueblo catalán, era impresionante. Salimos en manifestación, cortamos la calle y la policía no se atrevió a hacer acto de presencia. Estábamos horrorizados de que pudiera pasar esto en un país democrático, europeo, donde veías a policías saltando encima de la gente.
Pero pudimos votar. Además con una ilusión tremenda. Yo la noche anterior no pude dormir, pero no esperábamos una represión así, pero tampoco el éxito del referéndum. A las siete de la mañana estábamos en los colegios, donde muchas familias habían dormido, y cuando llegaron las urnas, la emoción fue impresionante. Yo fui a votar al colegio electoral donde siempre voto, y la policía ya estaba pegando a la gente, y me decían, aguanta. Un chico perdió un ojo ese día en ese colegio.
Hay que señalar es que vivimos en una anormalidad democrática, con un presidente de la Generalitat en el exilio y en un país en el que hace noventa años que no elige democráticamente a su jefe de estado. Por eso somos republicanos. Te equivocas o no, pero puedes votar. Esto Franco lo dejó atado y bien atado, poniendo a Juan Carlos por delante de su padre, porque no se fiaba de él. Ahora hemos de avanzar, pero tenemos miedo de ir hacia atrás, de perder los derechos conquistados.
Pero además, después de esto se pacta una Ley de Amnistía, y la aprueba el gobierno, el poder ejecutivo. La aprueba el parlamento, el poder legislativo, con mayoría absoluta. Y el poder judicial dice que no. ¿Que se han creído? Su misión es aplicar las leyes, no legislar.
La Querella Argentina, a través de la jueza María Servini, ha investigado muchos crímenes de la dictadura, entre ellos el de Salvador Puig Antich, aunque siempre se ha encontrado con la obstrucción del gobierno español, ¿qué argumentos utiliza para seguir resistiéndose a colaborar en crímenes de lesa humanidad, que no pueden prescribir?
No deja de ser curioso que la oposición al franquismo luchara por la Amnistía y que esta, al final, les brindara impunidad a los crímenes cometidos por la dictadura. Aquella Ley de Amnistía es intocable, y esta la quieren derogar. Cuando la jueza Servini llamó a declarar a Billy el Niño y a Martín Villa, se escudaron en esa ley para blindar su impunidad, como ha pasado con todos los que habían cometido crímenes de lesa humanidad. Y cuando pedían su extradición el gobierno decía que no. La Ley de Amnistía es el principal argumento, el pilar de la Transición.
Yo tengo una anécdota con Martín Villa, cuando fue la ejecución de Txiki. La familia quiso hacer un funeral, y vino un cura familiar de Josep Lluís Pons Llobet, compañero de sumario de Puig Antich. Había mucha gente en la entrada de la iglesia, que estaba cerca de nuestro despacho, y al rato llegaron dos curas más, que resultaron ser ultraderechistas disfrazados, que le dieron una paliza al cura real, y no pudo oficiar el funeral. Después en la calle la policía cargó contra la gente, y los ultras subieron a nuestro despacho, rompieron los cristales y pegaron a mis compañeros. Hubo muchos heridos, no graves, pero si muchos. Martín Villa me llamó después para decirme que estuviera tranquila, que aquello ya había acabado. Y yo le dije que quería saber donde estaban los heridos, y conseguí que me volviera a llamar con la respuesta.
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En 1975 Juan María Bandrés te llama para asumir la defensa de un militante vasco, junto con tu marido, Marc Palmés, ¿después de la experiencia del Consejo de Guerra en el que fue condenado a muerte Salvador, cómo asumiste la defensa de Txiki?
Aquello fue otra farsa de juicio. Teníamos todas las pruebas de la defensa, la balística, las pruebas de la acusación, pero ya estaba decidido de antemano. Uno de los testigos declaró que el autor de la muerte del policía era un hombre muy alto, de complexión fuerte, y Txiki -de ahí su apodo- era bajito, pero les dio igual. Era un Consejo de guerra sumarísimo, así que fue todo muy rápido. Nuestra estrategia de defensa fue intentar retrasar lo más posible el juicio, con la esperanza de que el dictador muriera antes. Pero no hubo suerte.

Otra noche que tuvo que ser eterna, la de acompañar a Txiki en las horas previas a su ejecución, ¿cómo viviste esos momentos en los que ya estaba decidido todo?
Fue todavía más terrible que con Salvador, porque pasé con él sus últimas horas, y ver que no podía hacer nada me destrozaba, como el ver a su madre despidiéndole, en medio de aquella dantesca escenografía militar. Fue la noche más larga. Y luego no sabíamos dónde lo iban a fusilar, aunque ya sabíamos que no lo iban a ejecutar con el garrote vil, pensamos que en la cárcel, como a Salvador, pero de repente nos pusieron unos escoltas militares y nos ordenaron que les siguiéramos con los coches. Yo fui con Mikel, su hermano, y llegamos a un cementerio, cerca de Collserola, y yo pensé, ¿lo van a fusilar en las tapias del cementerio? Pero no, al lado había un terreno militar que ponía, Can Catà, y allí nos detuvimos.
Estaba también una ambulancia, fíjate en la ironía, yo pensaba que una ambulancia era para salvar vidas, no para asistir a una ejecución. Txiki estaba atado a una especie de trípode, cuando llegamos Mikel y yo. Había un pelotón de seis guardias civiles voluntarios, tenían barba y alguno melena, yo creo que eran del Servicio de Información, y nos miraban riendo. Txiki comenzó a cantar el Eusko Gudariak, y dispararon una descarga, pero no lo mataron, y siguió cantando, hasta que le dispararon otra descarga. Todavía se movía en el suelo y lo remataron de un tiro de gracia. Su hermano, Mikel, a mi lado, destrozado. Txiki me había pedido que fuera testigo de su ejecución, pero eso me acompañó toda mi vida. Cuando me operaron a corazón abierto, también un 27 de septiembre, en un hospital muy cerca de Collserola, pensaba: ahora me van a ejecutar a mi.
Después de la ejecución, me acerqué y recogí diez casquillos de bala, los conservé hasta que le di la mitad a la familia, y entonces vi que, junto a ellos, había una especie de clavo, era el casquillo del tiro de gracia. Pero fue terrible, rodeados de guardias civiles armados de metralletas, tal vez había unos treinta.
En 2022 se aprobó una nueva Ley de Memoria Democrática, que ha sido criticada por diversos colectivos memorialistas por insuficiente, ¿cree que esta ley también se queda corta, o reconoce que ha tenido avances con respecto a la aprobada durante el gobierno de Zapatero?
Se quedó muy corta, la primera y la segunda. En un país como este debería haber una ruptura con la dictadura. La última ley de Memoria ha avanzado un poco, pero se sigue quedando corta. Ha mejorado, pero en algunos puntos no. Por eso estoy aquí, porque la Memoria Democrática es fundamental. Yo no sé que enseñan en las escuelas, porque muchos estudiantes no saben ni quién fue Franco.
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