Los niños de humo, la mina de la memoria, entre el trazo y la palabra

La memoria puede transformarse en un arma proletaria, que aprende de sus errores y anima a volver a prender el fuego de las barricadas.

Por Angelo Nero | 13/01/2026

En el estado español la Memoria, con mayúsculas, ha obviado las luchas del proletariado, sus pequeñas victorias y sus grandes derrotas, la importancia de las huelgas, el sindicalismo combativo, construido en la clandestinidad durante la dictadura y, en gran medida, entregado a ese “dialogo social” en el que siempre pierde, que se gestó durante la transición. No conviene recordar las grandes movilizaciones obreras en las que se le plantó cara al capital, que empleó todos sus medios, políticos y policiales, para ganar la calle, la fábrica y el relato, porque la memoria puede transformarse en un arma proletaria, que aprende de sus errores y anima a volver a prender el fuego de las barricadas.

Hay proyectos hermosos, como el de la periodista Aitana Castaño y el dibujante Alfonso Zapico, que en 2018 iniciaron una suerte de Trilogía Minera, editada en la editorial Pez de Plata, con un precioso libro titulado “Los niños de humo”, al que le seguirían “Carboneras” (2020), centrado en la memoria de las mujeres de la cuenca minera, y “Rastros de ceniza” (2022), un thriller que gira entorno a la corrupción y al ocaso de la sociedad industrial.

Los niños del humo” es una crónica de un mundo en peligro de extinción, como señala Aitana en las primeras líneas: “Alfonso y yo pertenecemos a la primera generación en un siglo de historia de las cuencas mineras asturianas que no tiene un trabajo relacionado con la minería.” A través de la palabra y del dibujo, nos ofrecen una mirada cargada de nostalgia hacia ese pasado no tan remoto, con una cierta épica, pero sin esconder la dureza de unas vidas forjadas a golpe de pico, de ceniza y de sirena. La historia de hombres y mujeres que nunca se rindieron, porque no podían permitírselo, que trabajaron y lucharon, y transmitieron esa lucha y ese trabajo a sus hijos, sin saber que eran los últimos mohicanos. “Cuando los niños de las cuencas mineras salían de su pueblo no tenía que decir de dónde eran. Todo el mundo lo sabía. ¿Por qué? Su ropa olía a humo de las locomotoras, de las chimeneas…” señala Aitana Castaño en el prólogo. Historias breves, y a la vez enormes, que conectan con un hilo de humo la revolución del 34 y las últimas movilizaciones mineras de los ochenta.

Historias de amor obrero, como la de Encarnita, La Rusa, y el gallego Juan Piñeiro, o la imposible de Joaquín, El Daglas, y Ernesto. Historias de represión, como la de la Fosa de abastos. Historias de fantasmas, como la de Arturo Villabrille (donde de forma extraordinaria se establece un vínculo entre el pasado y el presente). Historias cinemátograficas como la del Comandante Saito y el Puente sobre el río Kwai. Historias de solidaridad como la de la Clase de las Comadres. O historias de heroísmo como la de Luciérnagas. Todas ellas forman un fresco extraordinario de una sociedad que ya no existe, donde la mitad de la vida transcurría bajo el suelo.

Se habla de la guerra civil, de la postguerra, del trabajo en las minas, de las mujeres que tuvieron que emprender vidas con el carbón o en paralelo al carbón… En definitiva, son relatos de memoria histórica, de lucha minera, de trabajo en las minas…Hay historias muy particulares que yo creo que tienen una novela o películas, como es el de Los deportados, gente que en los años 60, después de las grandes huelgas, el franquismo eligió al azar entre gente que era más o menos destacada en temas políticos o sindicales dentro de los pozos y los deportó, se los llevó de Asturias y no podían volver.” Decía Aitana Castaño en una entrevista a La Voz de Asturias.

Todo ello aderezado con un amplio glosario de palabras en asturianu, en la que se hace memoria también de una lengua que va desapareciendo, como las minas, por falta de uso.

Los dibujos del genial Alfonso Zapico, autor de las imprescindibles novelas gráficas “La balada del norte” y “Los puentes de Moscú”, ayudan a fijar los relatos breves escritos por Aitana, con ese trazo tan característico, que retrata como nadie a una pléyade de personajes rescatados del anonimato al que son arrojados por cuestión de clase. Zapico demuestra ser un obrero de la ilustración, un retratador de una memoria que, si no fuera por trabajos como este, se haría humo.

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