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Entrevistamos al periodista, escritor y documentalista Alfonso Domingo, en relación a su libro ‘Cabaret Iberia: Los golfos años 30’, editado por Libros del K.O.
Por Angelo Nero | 1/10/2025
En los años veinte y treinta del siglo XX todo parece acelerarse en España. Se trata tan solo de una alucinación —que frenará en seco en 1936—, pero dentro del espejismo todo es magia: la electricidad, la fotografía, la música, la noche. Hay una eclosión de revistas, music-halls, cabarets: los nuevos ritmos venidos de América —el fox-trot, el charleston, el swing, el blues, el claqué y el jazz— se mezclan con la milonga, la copla, el flamenco y las canciones sicalípticas.
El desnudo y el transformismo suben a escena entre reproches morales de la derecha y acusaciones de superficialidad por parte de la izquierda. Es también época de máscaras y simulaciones. Y de terremotos sociales feministas y obreristas que ansían resquebrajar el viejo régimen.
Cabaret Iberia viaja por todos los satélites que orbitan la galaxia del espectáculo y la vida nocturna entre 1920 y 1936. Por sus páginas desfilan escritores, porteros de clubes, periodistas, músicos, cocottes, tanguistas, vedettes, figurinistas, directores, cómicos, artistas flamencas, empresarios visionarios, acróbatas, payasos, directores de cine, terratenientes que llegan de pueblos para vivir las noches locas de la nueva Babilonia y anarquistas que sueñan un nuevo mundo libre de cadenas.
Pasen y vean, disfruten de la noche: el espectáculo va a comenzar.
Hablas de un tiempo en el que “todo está en ebullición, es parte de un cocido que no se hace a fuego lento, sino con la speed, la velocidad de la época, alimentada por un dinero que circulará aún durante algunos años”. ¿Parece que hubiera prisa por experimentarlo todo en ese periodo que comienza en 1920 y que luego queda detenido abruptamente en 1936?
Pues sí. El mundo se había acelerado después del final de la IGM, llegaban los llamados felices 20, y España no fue una excepción. Al contrario, había ganas de sacudirse todo tipo de esquemas morales y corsés tradicionales que en nuestro país pesaban mucho y que se habían quebrado en el 98 con la pérdida de las últimas posesiones coloniales. La palabra de moda era modernidad, en todos los órdenes. Y eso suponía velocidad, ganas de zambullirse en lo nuevo, de sentir de otra forma.
Esa fue una época de profundos cambios sociales y políticos, de los cuales se ha escrito mucho, sin embargo, tú te has centrado en la vida nocturna, hedonista y divertida de los cabarets, ¿qué te lleva a meterte en este ambiente canalla y a rescatar historias tan delirantes como los maratones de baile, que yo creía que solo existía en las novelas de Horace McCoy?
Era una manera de tomarle el pulso a esa sociedad. La búsqueda del placer, que es una constante de las sociedades humanas, adquiere caracteres muy peculiares en estos momentos fronterizos, en ese período de entreguerras. En la noche estaba todo lo que pasaba por el día, todo lo que se ocultaba y todo lo que latía. Y lo de los maratones de baile, que tan bien retrata Horace McCoy en They Shoot Horses, Don’t They? (¿Acaso no matan a los caballos?), de 1935, también tienen lugar en Europa y por supuesto en España, aunque con otras características. En esos maratones descubro personajes curiosos, como ”los chatos”, profesionales del baile que sacaban un dinero y que además, tenían muy a gala ser republicanos.
Muchos de los personajes de Cabaret Iberia merecerían una novela propia, como Tórtola Valencia. La verdad es que aluciné con la imagen de ese baile en medio de un campo de batalla en Albania, me parece bastante más provocativo que cualquier performance de Lady Gaga. ¿Como descubriste a estos personajes y por qué decidiste darle este formato de caleidoscopio, en vez de escribir una novela?
Ya había escrito una sobre una de las estrellas de la época, Tina de Jarque (El enigma de Tina, premio Ateneo de Valladolid 2013) y me apetecía escribir para dar un poco un fresco del tiempo y aquellos escenarios, porque si no me hubiera tenido que meter a escribir varias novelas. Algunos de esos personajes, como Tórtola, o Álvaro Retana, los conocía de otras investigaciones para libros y documentales, y sobre algunos ya se han escrito cosas. Yo destaco facetas no tan conocidas y personajes que podían ser secundarios, pero que me dan el contrapunto de aquellas noches. Como Ramper, el payaso acróbata que quería volar, Gómez de la Serna, Gutiérrez Solana, etc. Tuve la suerte en los años 80 del siglo XX de entrevistar a actrices y cantantes como Imperio Argentina, Antoñita Colomé, Rafael Alberti, y aproveché también esas entrevistas para ese caleidoscopio, como tu dices.
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En los años veinte las ciudades se electrifican, se populariza el cine, se abren teatros, y la gente, además de trabajar, también quiere disfrutar del ocio, ¿esto era patrimonio de las clases más pudientes, o en esos golfos años 30 había diversión para todos los bolsillos?
Realmente había diversión para todos los bolsillos, aunque la clase pudiente, desde luego, pudiera ir a sitios más sofisticados, como el Cabaret Casablanca, donde las bebidas y los cócteles eran más caros, había mejores orquestas y realmente se trataba de un sitio de lujo y postín. Pero estaba el cabaret de los náufragos, el Trianon Sevilla en la calle Magdalena o el Pelikan, en el otro lado, con precios mucho más bajos y actuaciones más malas. Había un amplio abanico de posibilidades entre los dos extremos. Y la revista musical y el cine tenían entradas desde la butaca al paraíso, e incluso podían ir a los ensayos generales por muy poco. En Madrid y Barcelona había una amplia gama de diversiones y realmente se podría estar de las 5 de la tarde hasta las 5 de la mañana de un lugar a otro.
Hay capítulos de tu libro donde los hilos conectan a tantos personajes que parece imposible que fuera posible, como en el que se cruzan Gardel, Alberti, Durruti y Blanca Negri, ¿no te sorprendiste, conforme avanzabas en el libro de esas conexiones tan extrañas entre cantantes, poetas, jugadores de futbol y líderes anarquistas?
Bueno, en esa época todo era posible. El mundo de la noche no es que sea un jardín de senderos que se bifurcan, pero están llenos de caminos. Gardel era un noctívago tremendo, tuvo amores con muchísimas mujeres, fueran cantantes o no, Durruti coincidió en el Paralelo barcelonés en un cabaret que frecuentaban algunos obreros y Alberti, como a Neruda, le gustaba también la noche y el caso que citamos, el fútbol. No eran raras las conexiones, tal vez que no se hayan hecho tan evidentes después de tantos años. Blanca Negri, por cierto, es otro descubrimiento. Su aventura vital sí es digna de una novela. Es una adelantada del jazz y el tango, por otra parte.
También hay en esa época una eclosión de la sexualidad, con bailarinas desnudas, transformistas, promiscuidad y lo que tu llamas “roja crónica del vicio y el fornicio”, ¿ese erotismo descontrolado venía de rasgar las costuras que la iglesia había tejido durante tanto tiempo en la sociedad española? ¿y como reaccionó la iglesia y los sectores más conservadores a esta liberación sexual?
La iglesia y los sectores conservadores reaccionaron mal, muy mal, como era de esperar. Ese quitarse el corsé, tanto en el sentido metafórico como en el real, de varias generaciones, contó con la oposición del clero y cierta clase moralista que creó sociedades para velar por la moral y que hacían campañas en playas, en teatros, reventando revistas y espectáculos. Dieron bastante la lata, pero no tuvieron demasiado éxito. La gente quería vivir, beber, apurar el placer que se les había negado durante mucho tiempo y la búsqueda del placer es difícil de parar. Otro asunto es que el desnudo solo llegó para las mujeres, la libertad era también utilización, pero ese es otro negociado.
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Tina de Jarque, artista de variedades y actriz de cine, que grabó e hizo películas en Alemania, España y EEUU, tiene mucho que ver con el origen de este libro. A recuperar su fascinante historia ya le dedicaste una novela “El enigma de Tina”. ¿Qué es lo que te cautivó de esta mujer para que entraras de su mano en el mundo del cabaret?
Su carácter rompedor, hija de uno de los más famosos payasos de la época, había practicado el naturismo ya con 12 años, apostó por el jazz, por la canción latina, por la salsa. Fue de las primeras que posó desnuda. Y luego, que había sido amante de Juan March (al banquero le gustaban mucho las mujeres), y el enigma de su desaparición en la guerra civil, que yo desvelé. Tina era muy amiga de Álvaro Retana, por cierto.
En las presentaciones de “Cabaret Iberia” has recreado ese mundo sicalíptico con una pandilla de buenos amigos, porque en él la música y el espectáculo forman parte de sus páginas, ¿quienes han sido los que te han acompañado en estas performances inspiradas en el espíritu de los golfos años 30?
Bueno, mis grandes amigos Luisa y Cuco Pérez, Eugenio Uñón y Juan Pedro Cornejo, grandes músicos y mejores personas. Hemos preparado varios proyectos alrededor de este libro de esa música de los 20-30, que ojalá que salgan. Han hecho unas versiones fantásticas y nos lo hemos pasado muy bien en las presentaciones. Yo siempre digo que escribo libros para poder presentarlo con ellos. Es una auténtica gozada.
En la banda sonora de Cabaret Iberia, hay una fusión de géneros, desde la copla y el folclore flamenco, hasta el jazz y ritmos que venían importados de Latinoamérica, como la rumba o el tango, y que, en cierta manera me recuerda, salvando las distancias, a la irrupción de nuevas músicas que se dio en la Transición, ¿era motivado por el contexto histórico, por los profundos cambios sociales y políticos que se estaban produciendo?
Todo se mezclaba, y la música lo primero. En el baile, los ritmos que venían de América, norte, centro y sur (jazz, blues, salsa, rumba, tango) y los que nacían o se desarrollaban en España (copla, flamenco). Los artistas comenzaron a viajar, y la música es una de las primeras globalizaciones. Eso enriqueció mucho la noche, la cultura, el oído, el baile. Por cierto, hay una lista en Spotify.
También hubo una eclosión de publicaciones que recogieron este momento, como Tararí, y una galería de escritores, como Ramón Gómez de la Serna, muy conectados con este entorno, ¿qué importancia tenía el mundo gráfico, los periodistas y escritores, en el Cabaret Iberia?
Mucha, desde luego. Las periodistas femeninas por ejemplo, como Magna Donato, Josefina Carabias, Carmen de Burgos, y otros como Rafael Martínez Gandía. El auge de la fotografía es fundamental para el desarrollo de las revistas gráficas como Estampa, Mundo Gráfico, Crónica, o el periódico Ahora. En Cabaret iberia recojo muchas de las entrevistas que se hicieron a las artistas de la época en esas publicaciones, con especial atención al mundo del flamenco, que es un mundo que alcanza una brillantez tremenda, junto con la copla. Date cuenta de que estaban Lorca, La Argentina, la Argentinita, Ignacio Sánchez Mejías, etc. Un desborde talento, creación y reinterpretación de las fuentes. El periodismo y la cultura le dedicó mucha atención, se lo merecía.
El cine tiene también un lugar destacado en tu libro, donde aparecen personajes como Imperio Argentina y Estrellita Castro, que llegaron a rodar en la Alemania Nazi, ¿llegó a existir una industria cinematográfica en la década de los treinta en España?
Existió, y buena, potente. Ahí es donde comienza a producir y rodar Luis Buñuel, José María Castellvi, Eduardo Marquina, Florian Rey, Benito Perojo, Juan de Orduña, Egdar Neville, Eduardo García Maroto. Gente genial, que tras la guerra se exilió o se adaptó. Y las artistas eran también muy buenas en completas, como Imperio Argentina, Estrellita Castro, Antoñita Colomé, Blanca Negri, un periodo de oro truncado, como tantas otras cosas, por la guerra.
Para terminar, nos gustaría preguntarte, una vez que salgas de estas noches golfas del cabaret, ¿cuál es el próximo proyecto en el que te vas a embarcar?
Publico en Eolas un libro de narrativa fragmentaria, Objetos hallados en la playa, un guiño a historias, literaturas, magias y geografías. Un buen amigo me ha hecho una magnífica foto para la cubierta. Ya te lo enviaré.





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