Homo Criminalis

Al cerrar el libro te queda la certeza de que la frontera entre lo legal y lo ilegal es una línea dibujada con tiza en el suelo, cualquier persona adulta puede borrarla con un simple movimiento del pie y nadie se va a enterar

Por Dani Seixo | 6/05/2026

Cuando uno termina Homo criminalis de Mark Galeotti, publicado oportunamente por Capitán Swing, se queda con la misma sensación que tendría un boxeador después de doce asaltos sabiendo que el árbitro de su combate estaba comprado. No es indignación, tampoco sorpresa. Se trata de una especie de hastío esclarecido, la constatación de que el monstruo nunca estuvo debajo de la cama, porque llevaba toda la vida sentado en el despacho de la esquina, sellando papeles, estrechando manos y facturando en paraísos fiscales.

Galeotti no es un periodista de sucesos ni un escritor de true crime que busca la siguiente dosis de sangre para alimentar el morbo del lector sin aportar un poco de luz e información a lo más oscuro de nuestras sociedades. Es un historiador que ha estudiado durante décadas a las mafias postsoviéticas, los clanes que se repartieron las ruinas de la vieja Rusia y que ha terminado por encontrar el mismo patrón en cada rincón del mundo, desde el bandolerismo chino del siglo XVIII, hasta los submarinos de cocaína que surcan el Atlántico en la actualidad. Su tesis es sencilla y devastadora, el crimen organizado no es un parásito del sistema, sino el fruto del sistema mismo. El capitalismo no nació en los manuales de economía ni en las fábricas textiles de Manchester, sino en las rutas del contrabando, los cargamentos que no debían existir, en las primeras fortunas construidas a espaldas del orden y la ley. Y los Estados, esos que tanto presumen del monopolio de la violencia, nunca han dejado de necesitar a los tipos malos para hacer el trabajo sucio, para ocupar los territorios que no les interesa ocupar, para mover los productos que no pueden mover sin mancharse profundamente las manos.

El momento más incómodo del libro llega cuando Galeotti analiza la relación entre crimen organizado y democracia. Podríamos esperar un alegato contra la corrupción, un llamamiento a endurecer las penas y limpiar las instituciones, pero el autor no va por ahí. No asegura que la democracia sea un montaje ni que todos los políticos sean unos mafiosos, lo que sería la salida fácil, sino que dice algo más sutil y más aterrador, que el crimen organizado y la democracia pueden coexistir perfectamente, que los cárteles aprenden a financiar campañas, a negociar con los gobiernos, a comprar jueces y a blanquear su historia en los despachos de las consultoras internacionales de modo que no están contra el sistema porque ya son parte de él. Y de la misma manera que un banco tiene su departamento de cumplimiento normativo, un capo tiene a su abogado de cabecera y a su político de confianza.

EL presente título no da recetas porque realmente no cree en ellas. Sabe que el crimen organizado no va a desaparecer nunca, no porque los cuerpos policiales sean incompetentes, ni porque no existan recursos, sino porque es una forma de organizar el mundo, un modo de gestionar la demanda de bienes y servicios que el Estado no quiere o no puede ofrecer. Y mientras haya necesidad de lo prohibido, habrá quien lo suministre y ese alguien acumulará poder hasta convertirse en un poder paralelo o incluso llegado el caso, en el poder auténtico. La honestidad del libro está precisamente en que no intenta vender una solución, no promete un mundo mejor al final del túnel, sino que se limita a mostrar cómo es el túnel en toda su extensión y a dejar en manos del lector la decisión de seguir creyendo que hay una salida luminosa o de aceptar que la oscuridad no es el accidente, sino la regla de este sistema.

Por todo ello, lo mejor de Homo criminalis es que no moraliza. El autor observa, ordena, conecta puntos que otros se empeñan en mantener separados y te entrega las piezas para que tú mismo encajes el puzle y llegues a tu propia conclusión, conociendo que esa conclusión inevitablemente te va a incomodar.

Al cerrar el libro te queda la certeza de que la frontera entre lo legal y lo ilegal es una línea dibujada con tiza en el suelo, cualquier persona adulta puede borrarla con un simple movimiento del pie y nadie se va a enterar. Y la sensación final no es la de haberte topado con un libro revolucionario, sino la de haber confirmado algo que en el fondo ya sabías: que el mundo nunca funcionó como te contaron, que el progreso fue casi siempre un pacto entre el poder legítimo y el poder criminal y que los que mandan no son los que salen en las fotos, sino los que organizan la fiesta desde detrás del escenario, sin micrófono y sin acreditarse. Homo criminalis no es un libro para quien quiera seguir durmiendo tranquilo, sino para aquellos que prefieran saber aunque duerman peor.

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