Entrevista a Mario Amorós: “Pasionaria encarnó, como ninguna otra mujer en el siglo XX, la causa del comunismo y el heroísmo del pueblo republicano español”

Hoy España tiene una ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, quien pertenece a ese hilo rojo de Dolores Ibárruri, que ha encabezado la labor para defender millones de puestos de trabajo ante la amenaza devastadora de la pandemia y lidera hoy la difícil labor para derogar la nefasta reforma laboral del PP

Por Angelo Nero

¿Cuáles fueron los detonantes para que una mujer humilde, del mundo rural, se convirtiera en un icono del comunismo español?

Dolores Ibárruri nació el 9 de diciembre de 1895 en Gallarta, en el corazón de la que durante casi un siglo fue la cuenca minera vizcaína. Vino al mundo en el momento de máximo apogeo de la explotación de las minas de hierro de los montes de Triano y Galdames, una actividad que fue esencial para la configuración de la burguesía y el capitalismo en Vizcaya y también para la aparición de un poderoso y combativo movimiento obrero vinculado a la UGT y al PSOE. Creció en un ambiente social en el que convivían la religiosidad tradicional, el peso del carlismo en su familia (su padre y sus tíos lucharon en las filas tradicionalistas en la guerra civil que concluyó en 1876) y las sucesivas huelgas de los mineros, con sucesos tan significativos como el despliegue del Ejército en la zona en la de 1903. Fue a la escuela hasta los 15 años e incluso llegó a preparar el ingreso en la Escuela Normal Superior de Maestras de Vizcaya, aunque finalmente aquella vocación tan temprana se vio frustrada y asistió durante dos años a un taller de costura. Entre 1913 y 1915 trabajó como sirvienta, hasta que en febrero de 1916 contrajo matrimonio con un minero socialista, Julián Ruiz…

La entrada en su vida de Julián Ruiz, que fue fundador de las Juventudes Socialistas de Vizcaya y con el que militaría brevemente en el PSOE ¿fue realmente tan importante en la formación política de Dolores?

Desde luego. Incluso Teresa Pàmies escribió en su libro Una española llamada Dolores Ibárruri (1976) que “sin Julián Ruiz probablemente no hubiera existido Pasionaria”. Se casaron en la iglesia de Gallarta, el 19 de febrero de 1916, e incluso bautizaron a su primogénita, Esther, que nació en diciembre de aquel año. De la mano de su esposo muy pronto abandonó la religiosidad que había abrazado con intensidad durante su infancia (perteneció al Apostolado de la Oración) y empezó a frecuentar la Casa del Pueblo e inició la lectura de los libros disponibles en su biblioteca, como el Manifiesto Comunista. La huelga revolucionaria de agosto de 1917 y el impacto de la Revolución rusa marcaron su futuro político. Por una parte, ingresó en el PSOE a fines de 1917 y desde 1920, con Julián Ruiz y sus compañeros de la Agrupación Socialista de Somorrostro, participó desde Vizcaya en la fundación del Partido Comunista de España, que se concretó el 14 de noviembre de 1921, hace justamente un siglo.

Hasta su incorporación al Comité Central del PCE en marzo de 1930, lo más destacado de la militancia comunista de Dolores Ibárruri fue su papel de colaboradora en la prensa del partido, una tarea que había iniciado en 1918 en las páginas de El Minero Vizcaíno (órgano del Sindicato Minero de Vizcaya) con el seudónimo de Pasionaria. Con este seudónimo firmó la mayor parte de sus artículos hasta 1939, pero tras la derrota de la República en la guerra civil, según he verificado, ya no volvió a utilizarlo jamás para firmar sus artículos, sino que lo hizo siempre con su nombre.

Con su llegada a Madrid tiene un rápido ascenso en las filas del PCE. ¿Cómo fue ese salto a la política estatal desde su Vizcaya natal?

Dolores Ibárruri tomó la palabra por primera vez en los mítines del PCE en Vizcaya en la campaña de las decisivas elecciones municipales de abril de 1931 y en el acto del Primero de Mayo en Bilbao. Fue candidata a las Cortes Constituyentes en los comicios de junio y se trasladó a Madrid, para trabajar en la redacción de Mundo Obrero, el 30 de septiembre de aquel año. En 1932 era la encargada de la Secretaría Femenina del partido y miembro de su Buró Político. Su nombre ya aparecía con frecuencia en la prensa comunista y firmaba artículos con regularidad. En 1936, tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero, era una figura política de talla nacional y ya aparecía en la prensa internacional. Como el resto de partidos y centrales sindicales, la dirección del PCE estaba formada por hombres de manera casi exclusiva, pero desde luego supieron aprovechar sus cualidades.

Pasionaria fue el símbolo de la Resistencia Antifascista. Su imagen de madre coraje, sus encendidos discursos y su fuerte convicción la hicieron famosa en el mundo entero. ¿Había algo de creación propagandística en este símbolo o realmente fue un fenómeno de masas espontáneo?

En el verano de 1936 Dolores Ibárruri se transformó en una personalidad política de relieve internacional, en el gran símbolo popular de la resistencia republicana ante la sublevación militar fascista. Desde luego tenía un atractivo político innegable: el tono vibrante de sus palabras, una capacidad de oratoria innata, el magnetismo de su voz, la fuerza y la oportunidad de las consignas que presidieron sus discursos y que exhortaban dentro y fuera de España a la unidad antifascista; incluso su figura siempre enlutada la proyectaba como madre coraje que se alza frente a la injusticia y apela a los sentimientos más íntimos de las clases subalternas. Ciertamente, la potente maquinaria de agitación y propaganda de la Internacional Comunista impulsó su imagen ante una humanidad antifascista que siguió de manera apasionada la guerra de España, aquel combate desigual entre la democracia y el fascismo: por ejemplo, sus discursos más importantes se tradujeron al ruso, al inglés o al francés y se distribuyeron por Europa y América. Las consignas comunistas, como el “No pasarán” del llamamiento que ella leyó en los primeros minutos del 19 de julio de 1936 ante los micrófonos de Unión Radio Madrid, dieron la vuelta al mundo.

Su voz conmovió a varias generaciones, como reflejan numerosos testimonios, y su oratoria fue alabada de manera casi unánime, incluso por muchos de sus adversarios. Un ejemplo es el mitin que protagonizó el 3 de septiembre de 1936 en el Velódromo de Invierno de París, organizado por el PCF. Dos de los grandes historiadores del siglo XX, Pierre Vilar y Eric Hobsbawm, se encontraban allí y dejaron constancia del impacto que les produjo su discurso y su figura.

No fue una creación artificial, fue un sentimiento auténtico que compartieron muchas personas alrededor del mundo para quienes Pasionaria encarnó, como posiblemente ninguna otra mujer en el siglo XX, la causa del comunismo y también el heroísmo del pueblo republicano español, que fue el primero en levantar las armas contra el fascismo y que contribuyó, singularmente en la Resistencia francesa y en el Ejército Rojo, a su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

También son relevantes sus escritos, en los que hacía gala de una notable capacidad de análisis de la realidad y de los problemas políticos de la época. ¿Qué escritos habría que reivindicar de Pasionaria hoy en día?

En mi biografía cito decenas de artículos de Dolores Ibárruri publicados entre 1921 y 1986. Son especialmente relevantes los del periodo de la II República y la guerra civil. También examino algunas de sus alocuciones más importantes en La Pirenaica y en las emisoras de radio soviéticas durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto en el Archivo Histórico del PCE como en su archivo personal se conservan miles de páginas escritas de su puño y letra con sus mensajes por radio.

La pérdida de cuatro hijas a temprana edad le dejó profundas huellas, así como la muerte de su hijo Rubén en Stalingrado. ¿La vida personal de Dolores Ibárruri marcó, en cierto modo, su determinación y compromiso político con la causa del comunismo?

En su infancia y adolescencia, en un hogar sostenido por los salarios de su padre, Antonio, como artillero en la mina, de sus hermanos mayores y los ingresos que su madre, Juliana, aportaba con la venta de las morcillas que preparaba u otras tareas, no pasó penurias, ni siquiera estrecheces; siempre tuvo garantizada la alimentación y el vestido e incluso pudo ir a la escuela municipal hasta los 15 años. Fue a partir de su matrimonio con Julián Ruiz cuando, al depender en exclusiva de su salario, conoció años de pobreza, una vida muy precaria en la casa donde vivían, en el barrio de Villanueva en Muskiz, que carecía de agua potable y luz eléctrica.

Entre diciembre de 1916 y 1928 alumbró seis hijos: Esther, Rubén (1920), las trillizas Azucena, Amagoya y Amaya (1923) y Eva. Solo Rubén y Amaya sobrevivieron a aquellas condiciones de vida durísimas, con una alimentación muy precaria, sin posibilidad de atención médica. La pérdida de sus cuatro hijas, esa “maternidad trágica” en palabras de María José Capellín, influyó enormemente en su discurso político, puesto que en innumerables ocasiones (como el 19 de julio de 1936) apeló directamente a “las madres”. Almudena Grandes, en su novela Inés y la alegría, escribió que “fue capaz de arrebatar el sagrado prestigio de la maternidad a la cultura católica para ponerlo al servicio del antifascismo”.

Rubén Ruiz era ya oficial del Ejército Rojo cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. Por ser quien era, seguramente podría haber logrado destinos que no implicaran entrar en combate, pero, del mismo modo que durante meses indicó a su madre en las cartas que le remitía desde la URSS que quería viajar a España para luchar en el Ejército Popular, combatió ya en 1941 y en agosto de 1942 fue destinado a Stalingrado, donde participó en los primeros combates en defensa de una ciudad estratégica. Luchó y murió como un héroe, cuando era uno de los cuarenta mil soldados del Ejército Rojo que la defendían frente a un ejército alemán que multiplicaba por diez tales efectivos.

Fue el único español que obtuvo la condecoración de Héroe de la Unión Soviética, que le fue otorgada en 1956. En el archivo de Dolores Ibárruri está la ficha autobiográfica que Rubén Ruiz escribió para la Internacional Comunista en Moscú en 1940. Es un documento muy valioso que me ha sido muy útil.

Su muerte, que Nikita Jrushchov le comunicó personalmente, fue la gran tragedia personal de Dolores Ibárruri en la edad madura de su vida. Son muy emotivos los testimonios de su hija Amaya en sus memorias inéditas y de Irene Falcón en su autobiografía… Sin embargo, la guerra y la vida continuaban.

¿Qué papel jugó en la persecución del POUM, cuyos líderes fueron enjuiciados por la República y finalmente fue ilegalizado?

Desde principios de 1937 arreciaron los ataques del PCE contra el POUM, con una novedad importante como fue la vinculación de este partido con los sublevados, justo cuando en Moscú empezaban las grandes purgas del régimen de Stalin. Los controvertidos hechos de mayo de 1937 en Barcelona fueron la culminación de una sucesión de incidentes que tuvieron lugar en la retaguardia republicana, principalmente entre comunistas y anarquistas. Después se produjo el relevo de Largo Caballero como presidente del Ejecutivo por Juan Negrín y la ilegalización del POUM y enjuiciamiento de sus dirigentes, así como el secuestro, asesinato y desaparición de Nin por agentes de la NKVD soviética.

Dolores Ibárruri atacó duramente a este partido en diversas ocasiones, como cuando el 10 de agosto de 1937 en un discurso en Valencia llamó a “extirpar” el “trotskismo” de “las filas proletarias de nuestro país”. Era un tiempo histórico de lenguaje político implacable con el enemigo (categoría en la que situaron al POUM desde 1937), pero también con los camaradas caídos en desgracia… De hecho, he examinado su papel en las depuraciones de Jesús Hernández y Enrique Castro Delgado en 1944 y en la exclusión de la dirección y la relegación política de Francisco Antón, concretada en 1953, quien había sido su pareja sentimental durante varios años. La suya fue una posición dura, en un contexto (el comunismo en la era del estalinismo) que no admitía medias tintas.

Durante sus casi cuarenta años de exilio, Pasionaria continuó manteniendo encendida la llama de la lucha antifascista, como dirigente política, ya que en 1943 se convirtió en secretaria general del PCE, hasta que, en diciembre de 1959, Santiago Carrillo ocupó su puesto. ¿Cómo fueron estos primeros años de exilio, marcados por la derrota republicana?

Fue un exilio condicionado inicialmente por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, que le sorprendió en Moscú, adonde había llegado en abril de 1939. A través de las emisoras de radio soviéticas, de la Internacional Comunista y de La Pirenaica, desde julio de 1941 difundió prácticamente a diario comentarios que llamaban a la defensa de la Unión Soviética de la agresión hitleriana y a la unidad de los pueblos en la lucha contra el nazi-fascismo.

La evolución política de Pasionaria desde el estalinismo al eurocomunismo ¿fue pareja a la que siguió el PCE o crees que, especialmente en los últimos tiempos, aceptó la disciplina del partido, aunque fuera a regañadientes?

Como todos los dirigentes de los partidos que fueron secciones nacionales de la Internacional Comunista, Pasionaria rindió un culto casi religioso a la figura de Stalin. En su caso, el cénit fue la carta inédita que le dirigió en diciembre de 1949 con motivo de su 70º aniversario y que he dado a conocer y reproduzco en este libro.

En 1956 fue la primera dirigente del PCE que conoció el contenido del “informe secreto” que Jrushchov presentó ante el XX Congreso del PCUS. El impacto fue enorme y lo expresó de manera muy cruda principalmente en la reunión del Comité Central del PCE de septiembre de 1968 que debatió la posición adoptada frente a la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia, cuando dijo: “Vosotros recordáis la impresión que nos produjo el XX Congreso de la Unión Soviética. Tengo que deciros que es verdad que hubo algunos camaradas que lo consideraban todo a beneficio de inventario y no les parecía que eso tenía ninguna importancia. Pero el día que recibí el informe donde se planteaba el problema del culto a la personalidad y de lo que eso había significado, para mí fue -como dicen las mujeres en nuestro país- caérseme los palos del sombrajo. La fe, la confianza, la ilusión, la emoción que sentía por Stalin, que sentía por todo lo que representaba la obra que se había realizado, para mí fue como si me hubieran dejado vacía…”. En su caso subrayo que, a partir de 1956, jamás volvió a citar a Stalin ni en sus discursos públicos, ni en sus artículos.

Dolores Ibárruri experimentó una evolución ideológica idéntica a la del PCE, de acuerdo también con el contexto político de España y el mundo. Solo tenemos que fijarnos en la distancia entre aquel PCE que en abril de 1931 no supo entender la importancia del advenimiento de la República y aquel PCE que, a partir de la sublevación militar del 17 de julio de 1936, se convirtió en su mejor defensor político y militar. O aquel PCE que en junio de 1956 (a veinte años del inicio de la guerra civil y frente a una dictadura inserta en el bloque occidental de la Guerra Fría) dio a conocer su Política de Reconciliación Nacional tras saber leer los cambios que se estaban produciendo en España y que la propia Dolores Ibárruri tuvo que defender con tenacidad ante la militancia comunista en Europa oriental durante los primeros años.

Por otra parte, siempre prevaleció en ella una posición de cuidar la unidad del Partido; por esa razón, no se inmiscuyó en los años 70 en las ásperas polémicas que enfrentaron a Carrillo y su equipo de dirección con los dirigentes soviéticos. Al mismo tiempo, en abril de 1978, en las vísperas del IX Congreso, firmó un artículo de opinión en El País justificando la supresión del leninismo en la definición ideológica del Partido.

Son muchas las biografías escritas sobre Dolores, alguna también reciente. ¿Qué novedades aporta la tuya, en qué documentos te has apoyado para escribirla?

Se han publicado muchos trabajos, de todo tipo y orientación, sobre Dolores Ibárruri y los menciono en el capítulo de fuentes y bibliografía, que ocupa treinta y siete páginas. Ella misma escribió sus memorias en dos volúmenes. Hasta este año los trabajos más relevantes eran las biografías de los historiadores Rafael Cruz (1999) y Juan Avilés (2005) y el ensayo de Manuel Vázquez Montalbán (1995), pero vieron la luz hace ya mucho tiempo.

Mi biografía es un proyecto en el que empecé a pensar hace más de cinco años, de manera paralela a la preparación de otros libros y con la mirada puesta, además, en el centenario del PCE. El factor decisivo para escribirla fue la posibilidad de consultar el archivo personal de Dolores Ibárruri. A principios de 2016, contacté por primera vez con su nieta, Dolores Ruiz-Ibárruri Sergueyeva, que lo conserva, y desde 2019 me centré en la revisión de sus más de 150 cajas y decenas de miles de páginas (discursos, artículos, correspondencia, folletos, fotografías, documentación personal…). Soy el primer historiador que ha podido examinar en profundidad este acervo documental y citarlo de manera profusa. Junto con la consulta exhaustiva de los fondos del Archivo Histórico del PCE y de otros quince archivos, una amplísima bibliografía y la revisión de las colecciones de Mundo Obrero (periódico del PCE) y Nuestra Bandera (revista teórica del PCE) hasta 1978 (junto con otras 91 publicaciones periódicas), entre otras fuentes, he logrado presentar la que espero que sea considerada como la biografía de referencia de una de las personalidades políticas más importantes de la España del siglo XX.

Desde luego, ha sido apasionante leer centenares de documentos escritos de su puño y letra, sus cuadernos de notas o revisar documentación acerca de su vida más personal. También calibrar la importancia de mucha documentación inédita hasta ahora, como su primer escrito autobiográfico para la Internacional Comunista, de diciembre de 1933, o los que con idéntico destinatario prepararon sus hijos, Rubén y Amaya, su marido, Julián Ruiz, y Francisco Antón. También he podido leer y citar las memorias inéditas de su hija Amaya, especialmente valiosas para la reconstrucción de su vida familiar.

Con esta biografía espero contribuir a un conocimiento profundo de su vida, que alcanzó su cénit en un tiempo histórico muy duro, pero que merece ser recordada. Porque hablar de Dolores Ibárruri es hablar del movimiento obrero vizcaíno, de los orígenes del comunismo en España, de la II República y del Frente Popular, de la resistencia republicana contra el fascismo; también del movimiento comunista internacional en la era del estalinismo, de la contribución de los republicanos españoles a la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, de la larga lucha de tantas y tantos comunistas por la recuperación de la democracia en España y el elevadísimo precio que pagaron en vidas, años de cárcel, torturas, sufrimiento…

En mi biografía se fijan cronológicamente numerosos momentos y etapas de su vida, se cita, como nunca antes se había hecho, su correspondencia (con Stalin, Negrín, Salvador Allende, el general Vicente Rojo, Santiago Carrillo, Enrique Líster, Fidel Castro, Enrico Berlinguer…), sus principales discursos y artículos en la prensa, también trabajos inéditos suyos. Destierro leyendas como la del supuesto discurso que habría pronunciado en la despedida de las Brigadas Internacionales en Barcelona el 28 de octubre de 1938 y que no fue tal, sino -como explico- un mensaje escrito publicado en aquellas semanas. Aclaro también las circunstancias históricas en que se produjo su discurso del “No pasarán”, en los primeros minutos del 19 de julio de 1936 por los micrófonos de Unión Radio, que en realidad fue un llamamiento del PCE que le correspondió leer; incluso reproduzco el contenido exacto de este discurso, del que circulan diferentes versiones… Explico cómo se forjó el mito de Pasionaria durante la guerra civil y la repercusión internacional de su figura en aquel contexto.

Todo ello apunta, además, a favorecer una reflexión sobre la historia del comunismo que debiera ser rigurosa, puesto que, si bien es cierto que en nombre de la que fue la gran utopía política del siglo XX se cometieron crímenes abominables y se instauraron regímenes que negaron las libertades (al igual que en nombre de “la civilización cristiana occidental” o del capitalismo), también es cierto -y esto se olvida o se niega con frecuencia- que millones de personas en los cinco continentes escribieron con su compromiso y su sacrificio el libro blanco del comunismo. En el caso concreto de España, la lucha por la democracia y la justicia social no puede entenderse sin la contribución, decisiva, de los comunistas.

Pasionaria murió tres días después de la caída del muro de Berlín y se ahorró haber asistido al derrumbe del bloque soviético. Con ella podemos decir que se fue el símbolo de toda una época ¿no es cierto?

Desde luego, fue una de las personalidades más longevas de la primera generación de dirigentes comunistas. “En este siglo todos los caminos conducen al comunismo”, expresó en julio de 1956. Se equivocó en aquella afirmación quien dedicó su vida a la que el 14 de septiembre de 1952 definió como “la más grande de las causas, la causa de la paz y la amistad entre los pueblos, la causa de la liberación de la humanidad”. Siete días antes de su funeral, el 16 de noviembre de 1989, al que asistieron cerca de doscientas mil personas en Madrid, caía el Muro de Berlín. Dos años después la Unión Soviética se extinguió. Muchos se apresuraron a firmar el acta de defunción del comunismo y a proclamar con gozo la inminente y hasta necesaria -decían- desaparición del PCE.

Hoy España tiene una ministra de Trabajo y vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, quien pertenece a ese hilo rojo de Dolores Ibárruri, que ha encabezado la labor para defender millones de puestos de trabajo ante la amenaza devastadora de la pandemia y lidera hoy la difícil labor para derogar la nefasta reforma laboral del PP. Le acompaña en el Consejo de Ministros otro comunista, Alberto Garzón, mientras que el secretario general del PCE, Enrique Santiago, ocupa la Secretaría de Estado para la Agenda 2030. Miles de militantes comunistas trabajan y luchan en el movimiento obrero y en otros movimientos sociales y mantienen en pie una estructura organizativa que, al igual que Izquierda Unida, está presente en toda la geografía española, donde las candidaturas de unidad popular, constituidas en torno a Unidas Podemos, tienen un peso notable en las diferentes instituciones.

Dolores Ibárruri no se equivocó al elegir su camino. “Siempre ha sido la lucha y el Partido lo más importante para mí, sí. Y jamás he tenido la más pequeña duda. He creído que he elegido el único camino que podía elegir un trabajador, una mujer obrera, una mujer del pueblo que tiene conciencia de su miseria y de lo que significa como injusticia la organización social en la que he vivido”, señaló a Rosa Montero en 1978.

Las causas y los ideales que Pasionaria abrazó hace un siglo tienen hoy más vigencia que nunca.

«¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria», MARIO AMORÓS (Akal, 2021)

 

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