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Un documental dirigido por Anna Hildur, relata el periplo de los islandeses en Eurovisión, donde decidieron participar pese al llamamiento al boicot por parte del movimiento BDS.
Por Angelo Nero | 30/08/2025
Eurovisión ha sido una ventana abierta al mundo para Israel, para blanquear su régimen de apartheid, y sus continuas campañas de limpieza étnica de la población autóctona palestina, que tienen sus inicios en la misma fundación del estado sionista, en 1948. De hecho su debut en el festival de Eurovisión fue en abril de 1973, seis meses antes de la Guerra de Yom Kipur, que enfrentó a las fuerzas de defensa israelís con los ejércitos de Egipto y Siria. Desde entonces ha participado en casi todas las ediciones siguientes, ganando el festival en cuatro ocasiones. El certamen de la Unión Europea de Radiodifusión se celebró en Jerusalén en 1979, ganando por segundo año consecutivo, el mismo que el estado sionista se anexionaba el este de la ciudad palestina. En 1999, Eurovisión volvió a celebrarse en Jerusalén, a las puertas de la segunda intifada, en la que serían asesinados más de cinco mil palestinos.
Parece que los triunfos de los representantes israelís son siempre celebrados con sangre árabe, y que a los espectadores europeos del festival les importe bien poco si aplauden a un país que mantiene un apartheid o si comete un genocidio. De celebrarse Eurovisión a finales de los años treinta, cuando funcionaban a pleno rendimiento las cámaras de gas de los campos de exterminio nazis, tal vez hubieran aplaudido al representante de Alemania, mientras Adolf Hitler, gran melónamo, celebraba la actuación de su delegación. Incluso tras la continuada campaña genocida en Gaza, con decenas de miles de palestinos asesinados, la mayoría mujeres y niños, tras haber matado a más de dos centenares de periodistas, de bombardear escuelas y hospitales, Israel ha seguido aupado a los primeros puestos en Eurovisión, en 2024, Eden Golan llegó al quinto puesto, y en 2025, Yuval Raphael, superviviente de la Operación Inundación Al-Aqsa, se aupó al segundo lugar.
En la edición Eurovisión 2016 surgió una controversia, ya que la organización había vetado nueve banderas, que no podían ondearse en el festival, las del Estado Islámico, Chipre del Norte, Crimea, Donest, Transnistria, Kosovo, Euskadi y Palestina. Esta polémica estalló en la edición del festival en 2019, celebrada en Tel-Aviv, cuando antes del recuento de votos, durante la actuación de Madonna, dos de sus bailarines salieron portando sendas banderas de Israel y Palestina. Aunque los verdaderos protagonistas fueron los componentes de la delegación islandesa, Hatari, que se definen como “grupo performance BDSM anticapitalista”. Un documental dirigido por Anna Hildur, relata el periplo de los islandeses en Eurovisión, donde decidieron participar pese al llamamiento al boicot por parte del movimiento BDS y de más de sesenta colectivos, ya que creyeron que el mejor altavoz para “poner sobre la mesa cuestiones importantes” era acudir al festival, y utilizarlo para denunciar el apartheid sobre el pueblo palestino.
Durante los noventa minutos de duración de A song called hate, seguimos a los integrantes de la banda de digital hardcore y electrónica industrial, Klemens Nikulásson y Matthías Tryggvi y Einar Hrafn Stefánsson, junto con el resto de la delegación islandesa, por las calles de Hebrón, Jerusalén o Ramallah, donde contactan con músicos y artistas palestinos, como el cantante Bashar Murad, mientras les surgen las dudas sobre como actuar, o incluso les asalta el miedo por las consecuencias de sus actos, aunque señalan que “Rebelarse es simplemente una parte saludable de hacerse mayor, pero luego te encaminas en tus valores y posturas políticas”. También se reúnen con activistas por la paz y creadores israelís, mientras tienen que sortear las presiones de la organización del festival, para que moderen sus declaraciones, y a las autoridades hebreas, inquietas por sus incursiones en los Territorios Ocupados.
Los componentes de Hatari, con sus provocador vestuario BDSM, a pesar del cuero y los pinchos de metal, se sienten vulnerables ante la expectativa generada: “Todo el mundo esperaba que hiciéramos algo”, y durante el documental esta vulnerabilidad se va acentuando, conforme llega el día de la gran final, donde, además de defender su propuesta artística, tienen que mostrar hasta donde llega su compromiso político. Doscientos millones de telespectadores verían hasta donde iban a llegar en un directo en el que no solo se jugaban un buen puesto en la clasificación final -acabaron en décimo lugar- si no que también podían ser arrestados por hacer visible su apoyo al pueblo palestino.
A song called hate es un excelente documental, incluso para aquellos a los que, como yo, les interese bien poco el festival de Eurovisión, en el que pone sobre la mesa los vínculos entre la cultura popular y la política, por mucho que cómo la representante de España en 2025 evite posicionarse ante un genocidio diciendo que “soy una artista, no una política”. Y es que nada queda al azar en un evento de esta envergadura, y cada gesto, cada votación, tiene mucho más de político que lo que quieren hacernos creer. De hecho es paradigmático que Israel, sin ser un país europeo, haya participado en más de cincuenta ocasiones, y de los siete países árabes miembros de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), sólo uno de ellos, Marruecos, ha participado en una ocasión.
A pesar de ser estrenada en 2020, A song called hate sigue siendo una película necesaria para seguir manteniendo el debate, antes de que se confirme lo que Hatari decía en su canción eurovisiva: “El odio prevalecerá, Europa se derrumbará, una red de mentiras se alzará de las cenizas, como una sola entidad.”
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