Los tíos de mi gimnasio no limpian las máquinas

Ocupar el espacio es clavar la bandera, hacerlo propio. Darse permiso para involucrarse en la misma medida que los análogos y no como foráneas ilegales ocupando sus tierras.

Por Andrea Amantegui Guezala | 26/04/2025

En mi gimnasio hay un cartel que dice “Por favor, limpia las máquinas después de usarlas”. He perdido la cuenta de las veces que, tras esperar unos minutos a que mi antecesor termine sus series, observo con cara de estúpida cómo se levanta y tras esbozar una sonrisa pícara, se aleja sin pasar el trapo dispuesto para tal fin. Así, sin más, como si el mundo fuera una prolongación de su cuerpo, como si esa máquina quedara inservible una vez él terminase su rutina de ejercicios. A veces entro en el vasto mundo de mi imaginación y telepáticamente lo escucho decir: “toma, te la dejo, para que la limpies”. Entonces freno, me detengo a pensar un segundo y lo veo: hay cuerpos que se encogen y cuerpos que se expanden. En el metro, en la oficina, en la sala de espera…

El ejemplo del gimnasio es una simpleza, pero lo siento muy ilustrativo. No es un crimen, pero es un gesto. No es innato, pero es culturalmente consistente. Es un modo de ser y de estar, de habitar los espacios. De habitar el mundo. Quizá es hora de revisar la manera en que lo ocupamos. ¿Acaso es innatamente femenino pensar en el relevo, en que detrás de una siempre vendrá la siguiente? ¿Son acaso los hombres ajenos a lo colectivo? ¿Gestionamos nosotras mejor lo común? Ya ves, una cascada de preguntas brotando de la experiencia repetida del episodio del jodido trapo.

Soy consciente de que la manera en que se reparte el espacio es determinante y categórica. No hablamos solo de dónde estamos físicamente, también en sentido figurado ocupamos lugares, allá donde se nos siente o se nos espera, donde se nos escucha. Estaríamos aquí hablando de consideración o de consulta, una conquista escurridiza que se nos resiste pelín más que las demás, porque sabemos que en derechos se avanza más rápido que en costumbres. Rita Segato, con aguda lucidez, señalaba que el mandato de la masculinidad es, en esencia, un mandato de apropiación: del espacio, del cuerpo ajeno, de la palabra.

Simbólicamente pueden ocuparse numerosos espacios. Ocupar el espacio es clavar la bandera, hacerlo propio. Darse permiso para involucrarse en la misma medida que los análogos y no como foráneas ilegales ocupando sus tierras. Pero el sistema es infalible, está perfeccionado, y nos es complicado no contaminarnos con tanta subalternidad.

Un estudio publicado por el World Playground Research Institute en Preventive Medicine Reports (2024) analizó los espacios en los que de forma tan segregada niñas y niños juegan durante el recreo. La investigación determinó que la brecha de género es muy evidente en cursos superiores: los niños juegan con más frecuencia en canchas y áreas pavimentadas, mientras que ellas prefieren columpios o zonas menos estructuradas. O lo que es lo mismo, unos se expanden mientras otras se recogen.

Otro estudio llamado “Childfriendly school: female students’ strategies for equality in accessibility of school playground”, publicado en 2022 en la revista Journal of Asian Architecture and Building Engineering, analizó el comportamiento de 47 niños y 52 niñas de entre 11 y 12 años en una escuela mixta. Las observaciones apuntan a lo siguiente: las niñas tienden a quedarse al borde del patio o dentro del aula, debido a interrupciones constantes —como gritos o invasión del espacio por parte de los niños—, lo que genera relegación y malestar.

Es evidente que no salimos indemnes de tanta demarcación y está bien que podamos dar respuesta al porqué de nuestros comportamientos dispares, dejando atrás toda idea biologicista que justifique como innatas nuestras diferencias. La respuesta está en nuestra socialización de género. Estamos domesticadas para bordarlo en lo doméstico, en lo privado, por ello debemos celebrar con orgullo superlativo cada nuevo rincón que ocupamos, cada espacio que lleva nuestro nombre, cada cima con nuestra bandera. Si bien es improbable que la revolución comience en el gimnasio, no es ingenuo pensar que en los pequeños gestos cotidianos se cocina —o se resiste— la lógica patriarcal.

En esencia, el cuerpo que habita en solitario, que no se piensa en colectivo, es el cuerpo entrenado en la hegemonía, habituado a que otras recojan, cedan, esperen. Y mientras, nosotras, la arbitrariedad de la vida, ajustadas a unos márgenes que no trazamos. Habitar el mundo en clave feminista también es proteger nuestros nichos, trazar nuevas coreografías en lo común y recordar que es en el cuidado de lo compartido donde comienza a abrirse camino.

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