Cristina Farré: ‘Estas memorias han sido nuestra manera de no olvidar, de no cerrar las heridas para volvernos a enfrentar tantas veces como sea necesario a esta sociedad tan injusta’

Entrevistamos a Cristina Farré, luchadora antifranquista y militante del PCE (i), que acaba de sacar a la luz sus memorias en el libro ‘Ho vam donar tot’.

Por Angelo Nero | 17/07/2025

En “Ho vam donar tot” (Manifest Llibres) Cristina Farré Agustín se sumerge en sus recuerdos militantes y sale a la superficie con una memoria colectiva, la de aquellos que compartieron con ella la lucha antifranquista en las filas del PCE (i), un partido escindido del PCE-PSUC, de orientación maoísta e independentista, que tuvo cierta relevancia en Cataluña.

Cristina asumió muy joven la militancia comunista, en unos tiempos en los que te podía costar la vida. Ella sufrió por ello prisión, fue torturada, estuvo diez años en la clandestinidad y finalmente se exilió, junto a su compañero y sus dos hijos, durante 15 años, la mayor parte de ellos en Argelia, luego Colombia y Cuba.

Ahora que, desde ciertos sectores, nos dicen que tenemos que olvidar para cerrar las heridas, que la memoria solo conduce al enfrentamiento, ¿qué es lo que te lleva a hacer el camino contrario, a recordar, aunque esos recuerdos, a veces, duelan?

La verdad es que nunca tuve intención de explicar mi vida militante. Siempre pensaba que simplemente hice lo que tenía que hacer en función del momento histórico que me tocó vivir, del legado de la familia en la cual nací, desde mi existencia como mujer con todo lo que ello implica, de mi conciencia social y nacional por pertenecer a esa nacionalidad oprimida que son els Països Catalans. Haber hecho lo que tocaba, ¿qué importancia tenía? Ahora me doy cuenta que este es también un legado del patriarcado, no darle valor a lo que las mujeres hacemos y que nosotras mismas acabamos viéndolo que no es relevante.

Cuando cerraron la cárcel Modelo de Barcelona, en un acto del colegio de psicólogos para denunciar las torturas durante la transición, hará unos nueve años, conocí a la psicoanalista Anna Miñarro que al preguntarme un poco por mis andaduras, me integró en un grupo de memoria histórica de mujeres que se llama Trauma i Transmissió. Cuando expliqué mi recorrido me dijeron que mi vida no era solo mía sino también la de muchas y muchos de mi generación, que habíamos sido absolutamente silenciados y que tenía la obligación de escribir… por todos. Que lo que no se escribe se pierde. Y claro, cuando te lo plantean como una obligación colectiva es difícil rehuir la responsabilidad. Y ahora estoy feliz de haberlo hecho, para dar voz a todas y todos, incluso a los que les segaron la vida.

He estado siete años escribiendo, con alguna pausa por la pandemia. No soy historiadora y no podía ni quería hacer un libro de historia. Pero ya puesta, me interesaba aclarar una serie de hechos políticos en los que he participado y que se han tergiversado completamente. Y he entrelazado todo con vivencias político-personales de lo que es la clandestinidad y el exilio con dos hijos.

No es fácil escribir memorias políticas y personales, de cincuenta años de vida, incluyendo el homenaje a la generación de mis padres. No es fácil elegir qué abordas, qué no, cómo lo haces, no herir a nadie ni olvidarte de gente y hechos importantes. Siempre habrá fallos, he intentado hacerlo tan bien como he sabido. Unas memorias que han convertido en palabras de denuncia de actuaciones y sufrimientos políticos. Esa ha sido nuestra manera de no olvidar, de no cerrar las heridas para volvernos a enfrentar tantas veces como sea necesario a esta sociedad tan injusta. Y sí, escribir es revivir y a veces duele. Aunque duela había que hacerlo, me dicen. Yo también lo creo.

Su padre estuvo internado en el campo de concentración de Argelés-sur-Mer, en Catalunya Norte, tras la derrota republicana, y al regresar al estado español fue condenado a muerte y conmutado, ¿cree que este estado sigue teniendo una deuda moral con los que, como él, defendieron la República, y que las leyes de Memoria siguen siendo insuficientes para lograr de forma efectiva Verdad, Justicia y Reparación?

Es indudable que España sigue teniendo una deuda moral con toda la gente que luchó por defender la República, legalmente constituida, y con la que acabó el golpe de estado fascista de Franco. No hay que olvidarlo, que a veces con eso de la “guerra civil” hacemos caso omiso de lo que la desencadenó. Quinientas mil personas perdieron la vida, millones sufrieron lo inimaginable durante decenios. Es el país del mundo con la cifra más alta de fosas comunes en cunetas y otros lugares, con una cifra estimada de 115.000 aún desaparecidos. ¡Han pasado casi noventa años! Y sigue sin haber reparación, sin que se sepa la verdad y por supuesto sin justicia. Y tenemos hoy mil ejemplos de cómo se sigue perpetuando una manera de hacer bien anclada. Y encima le llaman democracia.

La organización política en la que militó, el PCE(i), tuvo un cierto protagonismo en la transición en Cataluña, ¿qué era lo que convertía a una fuerza minoritaria como esta en un partido incómodo para el nuevo régimen?

No fuimos la única organización que se enfrentó al Estado y a todos los que se vendieron y aceptaron como buena aquella transición que no fue más que una prolongación del franquismo borbónico. Había otras organizaciones pequeñas de comunistas, independentistas, anarquistas… Nuestro partido también era minoritario pero con un historial ya desde 1967 de mucha implicación en las luchas obreras y con un internacionalismo consecuente. La línea teórica del marxismo-leninismo aplicada a nuestras condiciones concretas era bastante cuidada. Y sobre todo teníamos una militancia muy abnegada, de composición obrera mayoritariamente en ese momento, que creía en lo que estaba defendiendo, y lo hacía con pasión, con valentía y sin descanso. He tenido el privilegio de estar en el PCE(i) casi desde el principio hasta el final y puedo asegurar que la entrega absoluta de los camaradas en todas la tareas, dando lo mejor de cada uno, a veces llamaba la atención incluso de compañeros de otras organizaciones.

Es posible que todo esto hiciera del partido una organización incómoda para el régimen que había que liquidar con la represión más feroz, como así hicieron.

La represión sobre su organización fue brutal, cobrándose la vida de Gustau Muñoz y de Jordi Martínez de Foix, además de llevar a la cárcel a muchos de sus militantes, ¿cree que Martín Villa, en el ministerio de gobernación por entonces, puso al PCE(i) en el foco de la represión?

Es indudable que se cebaron en nosotros en aquel momento, llegando al extremo de disparar a Gustau, un militante de 16 años en una manifestación del 11 de setiembre de 1978, supuestamente ya en democracia. Le dispararon por la espalda, sin haber mediado ningún enfrentamiento, una carga de la policía para disolver a unos manifestantes que reclamaban amnistía real, derecho de autodeterminación, justicia para los más pobres. Y no solo eso, sino que además de asesinarle no nos dejaron enterrarle dignamente e hicieron una detención masiva en el cementerio de más de treinta camaradas acusados de… enterrar a quien ellos mismos habían matado con toda impunidad. Aún hoy esperamos justicia y que se depuren responsabilidades. Su hermano Marc se ha dejado en ello la vida.

Hemos encontrado, ahora que ya se han descodificado, documentos de la las fuerzas represivas donde decían que había que acabar con nuestra organización.

Su organización fue pionera en el estado en la defensa de los pueblos palestino y saharaui, y también del derecho de autodeterminación de Cataluña, ¿por qué el PCE(i) ponía tanto énfasis -me consta que incluso había militantes desplazados a los campamentos de Tinduf en la lucha internacionalista? ¿Cree que han perdido fuerza las organizaciones de izquierda, especialmente en Cataluña, la reivindicación de estas causas?

Una de las líneas fundamentales del programa político del PCE(i) era el internacionalismo. Este fue uno de los aspectos más importantes por los que se rompió con el revisionismo de la Unión Soviética i de los que le seguían, como el PCE. Y se aplicó en la práctica de forma consecuente. Y el derecho a la autodeterminación de todos los pueblos y colonias del Estado español. Esto incluía para nosotros primero y antes que nada la causa saharaui, una descolonización que nunca llegó a realizarse y se substituyó por la invasión del Sáhara Occidental por parte del ejército marroquí. Aún hoy en día, 50 años más tarde el pueblo saharaui sigue viviendo en los campamentos que instalaron en el desierto argelino, una vergüenza para el estado español y los organismos internacionales. Ello nos llevó a tener camaradas luchando con el EPS (Ejército Popular Saharaui) y otras ayudando en el terreno sanitario en los campamentos, con enormes dificultades.

Y también nuestro apoyo a la lucha del pueblo guanche de Canarias por su emancipación, con nuestro soporte total al MPAIAC que dirigía Antonio Cubillo.

Luchas como la de Palestina, Vietnam estaban siempre al orden del día para recibir nuestra solidaridad. Y como no, las luchas de liberación de los pueblos oprimidos por el Estado, Euskadi, Galiza, Catalunya.

Es indudable que han perdido fuerza las luchas por todas estas causas, también por otras, la decepción es grande. Aunque ahora por Palestina la gente se está despertando, cuando ya no hay ni palabras para describir todo lo que está pasando allí y a nivel mundial. Pero es tan grande el sentimiento de impotencia ante tanta inhumanidad que espero podamos reaccionar algún día con resultados positivos.

Conoció la clandestinidad y la cárcel, ¿qué fue lo más duro de estas experiencias?

Para mí la cárcel no fue dura, estábamos preparados, sabíamos que, con suerte, era el precio a pagar. Considerábamos que era otro frente de lucha y nos pusimos a pelear por mejoras, como la comida decente para todas las presas. Incluso hicimos una huelga laboral dentro de la prisión porque se retardaban en los pagos de miseria de los talleres. De esto poco se sabe: la primera huelga laboral en prisiones franquistas se hizo en una cárcel de mujeres en 1971. Coincidimos con las compañeras del juicio de Burgos y nos pasábamos el día cantando el Eusko gudariak, lo que sacaba de sus casillas a las funcionarias.

En el penal de Alcalá de Henares no había agua, sólo una fuente el patio y cada presa tenía derecho a un cubo diario, 10 litros. Eso sí fue un poco durillo, pero nos apañábamos, no quedaba más remedio.

A la salida, la clandestinidad diez años fue realmente muy dura porque tuve dos hijos. Y estar constantemente pendiente de que no te pillaran por la angustia de tener que dejar a los hijos, no es fácil. Todas las madres se preocupan por lo que les pueda pasar a sus retoños, a mí se me añadía lo que me pudiera pasar a mí. Por eso les eduqué en el espabilar desde muy chiquitos. Y aprendieron mucho.

Quince años de exilio, la mayor parte en Argelia, donde es periodista en Radiodiffusion Télévision Algérienne y corresponsal de Egin. Dos años en Colombia, donde fue profesora de francés en la universidad. ¿Cómo seguía la evolución de la vida política en el estado español desde el exilio?

El exilio no es fácil para nadie y más impuesto por la represión. Adaptarse a un país culturalmente tan diferente es una tarea titánica para los adultos, los niños se adaptan con mucha mayor facilidad. Pero cuando nosotros fuimos a Argelia, aún seguía siendo la Meca de los revolucionarios del mundo y se reclamaban del socialismo árabe. Eso facilitaba seguir militando. Otra cosa fue a partir del 1988 cuando empezó la guerra civil desencadenada por el mismo régimen que combatió el colonialismo que disparó sus armas contra el pueblo. Son hechos que se han tergiversado completamente y que necesitaba aclarar porque yo lo viví.

Y por supuesto seguíamos completamente vinculados a la lucha en el estado español, con responsabilidades. Desde el interior nos mandaban toda la información, llamadas, venían compañeros a visitarnos, periódicos, radio… Era un no parar para no perder el hilo.

Tras la disolución de su partido, a mediados de los noventa, ya no volvió a militar en ninguna organización política, ¿por un cierto desencanto por cómo había tratado la Transición a las fuerzas de la izquierda real, o porque no encontró ningún partido que respondiera a sus ideales?

El desencanto por una transición que solo transitó a seguir con un franquismo borbónico con un poco de pintura, hacía tiempo que lo teníamos integrado. Eran momentos de análisis y reflexión de los errores cometidos. Y luego no encontré ninguna organización donde encajar aunque me inclinara por las de posiciones más sólidas desde un punto de vista social y nacional. Y no he dejado nunca de vincularme a cualquier lucha a la que considere que hay que apoyar: el feminismo, la lengua, la vivienda, la pobreza, la represión…

Regresó a finales de 1995 y posteriormente creó, con otras compañeras, la Asociación ELNA, entidad que trabaja dentro del sistema educativo, apoyando a alumnado, familias, profesorado y personal no docente, donde ejerció como educadora emocional. ¿Se ha deteriorado mucho la educación en estas tres últimas décadas?

La educación siempre ha estado deteriorada. Arrastramos aun estructuralmente la de hace un siglo. Aún no se han puesto en práctica plenamente todos los avances que se hicieron con la República. Claro que se han hecho cosas y muchos maestros se han dejado la piel educando. Pero es la estructura del sistema educativo lo que falla.

Con la Associació ELNA tratamos de paliar un fallo grande de ese sistema que es no tener en cuenta la educación emocional, sin la cual no puede haber aprendizaje. Y hemos conseguido entrar dentro del sistema para que todos los alumnos sin excepción se beneficiaran de nuestro acompañamiento. Con resultados muy positivos. Soy de las que considera que si realmente cambiamos la educación de forma radical, cambiaremos el mundo. Eso ya lo decían el Che Guevara y Mandela y tanta gente.

Hoy hay más conciencia general de ello pero la tarea a hacer es tan grande que apenas tapamos huecos. Como en todo. Pero seguimos picando piedra, como decimos en mi tierra, que es la única manera de conseguir algo: no desfallecer a pesar de los golpes y decepciones. Nadie nos va a regalar nada.

Quiero agradecer la oportunidad de esta entrevista ofrecida por los compañeros gallegos de Nueva Revolución. Y sobre todo a mi editor Manifest Llibres por haberse atrevido a publicar nuestra voz. Al escritor Eduard Márquez, que hizo el epílogo, que me acompañó los últimos años, cuando ya tenía el libro escrito, y me ayudó mucho a encuadrar mejor mi papel y responsabilidades. Y a mi amiga del alma, Roser Vernet i Anguera, escritora también, que hizo el prólogo y con quien me une esa fuerza de ir siempre contracorriente por la vida.

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