Carles Cubos Serra: ‘En Gure Hitzak relatamos una época donde el castigo a los familiares de los presos era utilizado por el Estado como un arma más en el conflicto’

Entrevistamos al fotógrafo y director de cine catalán Carles Cubos, sobre su documental ‘Gure Hitzak’, la historia de una joven cineasta nacida en prisión que busca comprender su origen y el poder del amor como resistencia, explorando la intimidad del conflicto.

Por Angelo Nero | 19/01/2026

“Gure Hitzak” (nuestras palabras) es el título de un original documental de ficción dirigido por el catalán Carles Cubos Serra y producido por La Caseta Films, en el que se aborda, en primera persona, las dificultades de mantener una relación a través de las rejas, más si las dos personas que mantienen este vínculo emocional son presos políticos vascos, si deciden tener un hijo mientras están encarcelados, mientras intentan conjugar compromiso, memoria e identidad. A través de la mirada de Ane, una joven estudiante de cine, que se encuentra en el proceso de construcción del guion de su primera película, conocemos la historia de sus padres, militantes de la organización armada vasca que pasaron más de 14 años encarcelados, y de los obstáculos que tuvieron que sortear, de las cicatrices que la prisión dejó en la piel de los tres.

En octubre de 2011, ETA anuncia el cese definitivo de la actividad armada, sin embargo, películas como “Gure Hitzak”, o también como “Bi Arnas”, siguen siendo una rara avis en el panorama audiovisual, ¿cómo surge esta película, y cuanto tiempo te ha llevado realizarla?

El proyecto arranca a finales de 2020 y nace desde Catalunya con el deseo de explorar una realidad que allí nos resultaba desconocida: la decisión de ser madre y padre en prisión dentro de un conflicto político. Nos parecía un acto de profunda valentía que merecía ser documentado. El proceso ha sido largo; dedicamos tres años y medio a documentar la historia para darle forma.

No solo en lo que respecta a los presos políticos vascos, en general hay una zona de sombra informativa en todo lo referente a las cárceles españolas, es una realidad que parece no interesar ni a los medios de comunicación ni a los directores de cine, más allá de dramas carcelarios como “Celda 211”, ¿a qué crees que obedece esto?

Las cárceles están diseñadas para ser espacios de ‘no existencia’ de cara a la opinión pública. Cuando hablamos de conflictos políticos tan dolorosos como el vasco, a menudo el sistema prefiere que solo veamos etiquetas (preso, delito, condena) y no personas. Mantener a las madres y a los niños en esa sombra evita que la sociedad empatice con su realidad cotidiana, porque la empatía complica los relatos oficiales en blanco y negro. Cuando te acercas con una cámara a los muros de las prisiones, se encienden todas las alarmas. Esto nos pasó varias veces durante el rodaje.

En torno al conflicto vasco, también han surgido varias películas y series de ficción en los últimos tiempos, como “La infiltrada” o “La frontera”, que han tenido mucha repercusión mediática, pero, ¿sigue siendo complicado llevar adelante un proyecto sobre el conflicto vasco que no se ajuste al relato oficial y nos ofrezca otro punto de vista?

Sin ninguna duda. Sigue siendo extremadamente complicado porque la ‘batalla por el relato’ no ha terminado; simplemente ha cambiado de escenario. Todavía existe el miedo a que mostrar el lado humano de las familias o de los hijos de presos se interprete como una forma de legitimación. Se confunde ‘comprender’ con ‘compartir’. Eso genera una autocensura en la industria: es mucho más seguro producir un thriller de acción que una docuficción poética sobre la memoria y la herencia emocional.

Ser madre o padre en prisión, además con un contexto político como el de “Gure Hitzak”, debe ser toda una carrera de obstáculos, de dudas y de incertezas, ¿cómo te documentaste para construir la historia que cuentas en la película?

Fue una inmersión profunda. Con familiares. Siempre vamos a estar profundamente agradecidos a las personas que nos abrieron sus vidas en momentos muy complicados. Durante esos tres años y medio vivimos y recogimos testimonios que nos describían esa realidad: que «la cárcel es más cárcel cuando nace un hijo» y que la separación es uno de los momentos más duros para una madre. Intentamos comprender no solo el contexto penitenciario, sino también los motivos políticos y personales que llevaron a los protagonistas a esa situación.

Nos llama la atención también la forma de contar esta historia, la de hacer un documental de ficción, cuando quizás hubiese sido más fácil (o no) grabar testimonios directos y hacer un documental más tradicional, ¿por qué elegiste este modo de narrar?

Elegimos la docuficción para huir del formato clásico de entrevistas y datos fríos, buscando un lenguaje más sensorial y poético. A través del personaje de Ane, pudimos universalizar y proteger la intimidad de las vivencias reales que conocimos durante tres años: ella no existe, pero su verdad es absoluta. Además, este género nos permitió integrar el material de archivo de forma orgánica, creando un juego de espejos donde el espectador descubre la realidad al mismo tiempo que la protagonista la procesa creativamente. Es, en definitiva, era la forma más honesta de transformar la memoria en una reflexión compartida.

¿Qué ventajas e inconvenientes te presentaba con respecto al otro modelo?

Es un proceso vivo y arriesgado. A diferencia de la ficción, donde todo está guionizado, aquí puedes perderte en el camino. Pero la ventaja es la capacidad de sugerir; nos permitió construir una atmósfera llena de metáforas y simbolismos donde nada sucede por casualidad, algo que quizás un formato periodístico no habría permitido.

En “Gure Hitzak” se incluyen imágenes y audios de archivo, ¿cómo fue el trabajo de documentación para lograr este material que da un contexto y añade un valor a la película?

Grabamos muchas entrevistas que sirvieron de base para el guión de la parte de ficcionamos. De hecho, la protagonista, Ane, replica nuestro proceso: ella escucha, analiza y se sumerge en esos materiales reales para dar forma a su propia historia. Las imágenes de archivo eran esenciales para contextualizar las decisiones de sus padres.

La película está plagada de metáforas, de una cierta poética a la hora de narrar, de una atmósfera particular, también de cine dentro del cine, ¿también es una apuesta por un documental en el que no todo esté cerrado, guionizado, donde el espectador también pueda ponerse en la piel del otro, hacerse preguntas y, tal vez, buscar respuestas?

Absolutamente. Nuestra intención era abrir un diálogo desde la empatía, alejándonos de cualquier mirada juzgadora. Al alejarnos del juicio y apostar por la sugerencia y la metáfora, convertimos al espectador en un agente activo que debe completar la historia con su propia sensibilidad. Creemos que solo desde la empatía se puede abordar una historia tan compleja.

El Amor como fuerza de Resistencia, parece ser la piedra angular sobre la que gira la película, ¿también es la línea de la que tira, Ane, la protagonista, para indagar sobre su propia historia, y sobre la memoria colectiva?

Así es. Ane encarna a esa generación que nació cargando una mochila heredada, física y emocional, que parece imposible de soltar. En la película, ella utiliza la creación cinematográfica como una herramienta de búsqueda: explora las relaciones afectivas dentro de ETA y reivindica el amor como una forma de resistencia frente a la deshumanización de la cárcel y el conflicto. A través de este proceso profundamente introspectivo, Ane se adentra en las sombras de su propia historia, confrontando el silencio y experimentando con su propio dolor.

Motxiladun umeak (Los niños de la mochila), les llaman a los hijos de los presos vascos, que sufrieron en sus carnes, a igual que sus progenitores, la dispersión, las largas condenas y el reencuentro en libertad, un camino tampoco exento de dificultades, ¿qué es lo que cargan en esta mochila estos niños y niñas, como Ane?

Cargan con una mochila de ausencias, kilómetros y silencios. Ane representa a quienes nacieron en prisión y crecieron lejos de sus referentes, enfrentando después el reto de aprender a ser familia en un contexto político y social que ya no era el mismo. Es una carga emocional que marca su identidad y su memoria para siempre, mucho después de que las rejas desaparezcan. Nosotros relatamos una época donde el castigo a los familiares de los presos era utilizado por el Estado como un arma más en el conflicto.

También se afronta en “Gure Hitzak” las dificultades de la maternidad en la cárcel, en un sistema penitenciario que no es, precisamente, el más idóneo para ser madre, ¿con que obstáculos se encuentra una madre que da a luz en una prisión española?

El sistema penitenciario es, en su esencia, machista y segregacionista, pues está diseñado por y para hombres, lo que convierte la crianza en una batalla constante contra un entorno que en el momento que narra la película estaba completamente deshumanizado. A la falta de espacios dignos se suma la angustia de la separación obligatoria a los tres años, una cuenta atrás que marca a las madres. Por eso, ser madre o padre en prisión es uno de los actos más revolucionarios que existen: es una forma de resistencia pura donde el amor y la convicción logran sobrevivir en un lugar diseñado para la anulación de las personas.

Hemos podido ver tu documental en la plataforma Filmin, donde se pueden ver también interesantes películas sobre el conflicto vasco como “918 gau”, “Que se sepa” o “Caminho longe”, ¿Qué recorrido ha tenido hasta ahora “Gure Hitzak”, tanto en salas como en festivales? Y ¿crees que este tipo de plataformas abre la puerta, en cierta forma, a este tipo de cine que nos da otra mirada sobre el tema?

Tras pasar por festivales nacionales y de Sudamérica, y estrenarse en Madrid, Cataluña y Euskal Herria con una buena respuesta del público, la película inicia ahora una etapa clave para este tipo de producción: el estreno en plataformas. En este sentido, Filmin es un aliado fundamental; es una plataforma que funciona muy bien para el cine de autor, ya que cuida el relato y conecta con un espectador que busca historias con poso. Aunque somos pequeños y seguramente seguiremos siendo unos desconocidos para gran parte del público, estamos convencidos de que Filmin es el puente perfecto para que nuestra mirada llegue a todas las personas interesadas en profundizar en la memoria y la identidad.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.