Los gritos de los nadies en el desfiladero de Shushi

La memoria sirve para entender mejor nuestro presente. El pasado nos explica.

OLGA RODRÍGUEZ

Nosotros, en nuestra humana finitud, aún más acostumbrados a una existencia cada vez más volátil, que se mueve a la velocidad del clic y que tienen la memoria efímera del telediario, tendemos a ver las fronteras como límites inamovibles, eternos. La mayoría fueron trazadas en los últimos 150 años y no dejan de romperse en las últimas décadas y surgir otras nuevas.

ANDRÉS MOURENZA

Por Angelo Nero

Un corto trayecto nos aleja de Shusi (Շուշի), quizás poco más de diez minutos, y subimos hacia una gran explanada donde unas grandes rocas impiden el tráfico rodado, y donde tenemos que seguir a pie. A pesar de que debe ser una zona bastante visitada, puesto que hay un gran parking, una barrera e incluso una caseta que, suponemos, debe ser de un vigilante que no debía estar de servicio, no encontramos apenas a nadie en aquel paraje inhóspito y espectacular, donde se había decidido, después de las hazañas de Monte Melkonian en el Corredor de Lachín, de Jatchén y de Martuni –donde el héroe armenio y dirigente del ASALA, había muerto en combate-, el final de la guerra, tal como lo cuenta José Antonio Gurriaran en su libro Armenios:

Había que conquistar Shushi, para evitar los constantes bombardeos que, desde la fortaleza, lanzaban los azeríes sobre Stepanakert. Un tanque armenio cumplió un papel fundamental en la operación militar, gracias a una estratagema que dio buenos resultados. Subía esta cuesta seguido de soldados armenios y karabaghíes, al tiempo que disparaba su cañón sobre Shushi. Los azeríes concentraron todas sus fuerzas y disparos para detener su marcha y la de la tropa que le acompañaba, convencidos de que la gran ofensiva procedía de aquí. Se trataba de atraer la atención de la parte posterior de la colina, que tiene grandes precipicios y farallones teóricamente inexpugnables. Ignoraban que un grupo de soldados armenios, conocedores de la alta montaña, con sus manos y cuerdas subían armados en aquel momento el barranco. Les sorprendieron por la espalda y tomaron la fortaleza en poco tiempo.

También nosotros nos asomamos a aquel precipicio, escenario de la batalla decisiva por la independencia del Karabaj, un pequeño ejército que la fortuna quiso juntar en esta parte olvidada del mundo, cada uno con sus propios sueños e ideales, incluso con sus propias luchas y banderas, disfrutando de la quietud de aquel paisaje sereno donde, no hace tanto tiempo, resonaban las detonaciones de los cañones y de los fusiles, y los soldados de uno y otro bando regaban esta tierra con su sangre. El paisaje permanecía inmutable, quizás desde hace siglos, ajeno al paso de los hombres, y para acentuar la paz que transmitían aquellas montañas escuchamos el quejido de un violín, que nos hizo volver la mirada de los cinco hacia el lugar de donde surgía la melodía: era una joven solitaria, que parecía tocar para los fantasmas que vagaban por aquellos abismos. 

Disparé, con mi arma más inofensiva, y atrapé algunos fragmentos de aquellas montañas verdes, e incluso no encontré resistencia para fusilar a mis compañeros, y yo entre ellos, para atrapar uno de esos recuerdos que resumían, quizás como ningún otro, nuestro viaje por esta república rebelde, cuyas fronteras había buscado, no siempre con éxito, en los mapas. Cada cual dedicó unos minutos a volar sobre los acantilados con la mirada, aunque quizás fueran los ojos soñadores de Lala los que más brillaron, deseando que nunca más tuvieran que arriesgar la vida los jóvenes de Artsakh por aquellos riscos, para defender su tierra, un deseo que creo que todos compartimos, aunque no lo verbalizáramos. Tal vez no era necesario.

Tal vez no somos otra cosa que recuerdos, imágenes que envejecen con nosotros en la memoria, para hacernos cosquillas en el corazón cuando nos azota el gris, o para violentarnos las cicatrices al asomar a las páginas de los periódicos o a las cabeceras de los telediarios, los lugares en los que fuimos felices, aunque fuera de un modo efímero.

Desde el 27 de septiembre no dejo de repasar las páginas de aquel cuaderno de viaje que escribí hace dos años, cuando fui colonizado por la tierra, los aromas, las sonrisas y los paisajes de Armenia. Ese día los azerís bombardearon mis recuerdos, rompieron las imágenes de las calles de Stepanakert, de las iglesias de Shushi, tal vez, de los yacimientos arqueológicos de Tigranakert, y todavía hoy, pese a la proclamación de un exangüe alto el fuego, siguen golpeando con su lluvia de misiles Grad (granizo).

El bombardeo ha continuado por parte de los grupos terroristas de Azerbaiyán, pero afortunadamente nuestros familiares en Artsakh no han resultado heridos, están escondidos bajo tierra todo el tiempo.” Me escribe, hace unas horas, Lala, nuestra anfitriona, con la que compartimos aquella excursión al desfiladero de Shushi, y no puedo dejar de sentir el calor de aquella sonrisa con la que nos contaba como escalaron por allí los voluntarios karabaghíes para liberar la ciudad, en la guerra que asoló el Alto Karabaj entre 1988 y 1994, y su deseo de que la paz fuera duradera. Ese mismo día habíamos visitado la iglesia de Ghazanchetsots, la misma que ha sido objetivo militar de las fuerzas azerís, tal como me contaba también Lala: “Honestamente, no hay un lugar seguro en Artsakh en este momento. La iglesia más antigua de Shushi fue destruida hace unas horas. Sobre esta situación: cada día se vuelve más horrible. Los bombardeos se han realizado no solo en Stepanakert sino también en la ciudad de Shushi, Hadrut, Askeran, Martakert…”

La guerra continúa para Lala, para miles de jóvenes de Artsakh que se han visto obligados a abandonar su tierra, o a defenderla, mientras va abandonando las páginas de los periódicos, la cabecera de los telediarios, mientras el mundo deja de escuchar las bombas, los gritos de “Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”, como decía Galeano.


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