![]()
Entrevistamos a nuestra colaboradora, la periodista argentina Betty Arslanian, que ha estado siguiendo las elecciones armenias, para que nos revele las claves de la actualidad política en este país del Cáucaso.
Por Angelo Nero| 11/06/2026
Estas son las primeras elecciones parlamentarias en Armenia después de la limpieza étnica en Nagorno Karabaj y la disolución de la República de Artsaj, tras la invasión azerbaiyana. ¿Qué peso ha tenido esta cuestión en la campaña electoral? ¿el clima político que se vive en Armenia es el de una sociedad polarizada?
Sin duda, la cuestión de Nagorno Karabaj fue uno de los temas más sensibles de esta campaña, aunque quizás no de la forma que muchos podrían esperar. El debate ha girado en torno a las consecuencias de su pérdida, las responsabilidades políticas por lo ocurrido y el discurso de odio reinante en torno a este tema.
La oposición hizo uso de la cuestión de Artsaj como uno de sus principales argumentos contra el primer ministro Nikol Pashinyan, presentando la pérdida del territorio como una consecuencia directa de sus políticas. Por su parte, el oficialismo intentó trasladar el debate hacia la paz, la estabilidad y la necesidad de evitar una nueva guerra, defendiendo la idea de que Armenia debe concentrarse en proteger y desarrollar su territorio soberano actual. Prácticamente, su discurso gira en torno a que la parte armenia perdió Artsaj para “recuperar su soberanía”.
En cuanto al clima político, sí existe una polarización significativa, aunque probablemente diferente a la que suele verse en otros países. La sociedad armenia está profundamente dividida en torno a la interpretación de los acontecimientos de los últimos años: la guerra de 2020, la caída de Artsaj, las relaciones con Rusia, el acercamiento a Europa y las perspectivas de paz con Azerbaiyán. Sin embargo, esa polarización no siempre se traduce en dos bloques claramente definidos.
De hecho, uno de los elementos más visibles durante esta campaña ha sido precisamente el uso del miedo por parte de distintos actores políticos. Los votantes han estado expuestos a mensajes que advierten sobre escenarios muy diferentes: una posible nueva guerra, la instalación de azerbaiyanos en Armenia, el aislamiento internacional, la pérdida de la soberanía. Esto ha convertido la elección en algo más profundo que una simple competencia entre partidos, sino una decisión sobre la dirección estratégica que tomará el país en los próximos años.
La administración Trump, la Unión Europea, Azerbaiyán y Turquía han apoyado a Pashinyan, tras el giro en el gobierno armenia hacia Europa, alejándose de su aliado tradicional, Rusia. ¿Cómo ha influido este apoyo exterior en los armenios a la hora de acudir a las urnas?
Creo que el apoyo exterior tuvo un efecto importante, pero no necesariamente lineal. En Armenia, que Estados Unidos, la Unión Europea o incluso actores regionales como Turquía y Azerbaiyán vean a Pashinyan como un interlocutor para avanzar en la paz y en la apertura regional puede ser interpretado por una parte de la sociedad como una garantía de estabilidad y de salida del aislamiento.
Pero para otro sector ese mismo apoyo genera desconfianza. La oposición lo presentó como una señal de que Pashinyan está dispuesto a hacer concesiones sin límites, especialmente frente a Azerbaiyán. Entonces, el respaldo externo no funcionó solo como apoyo, también alimentó la narrativa de sus adversarios.
Uno de los fenómenos más significativos creo que fue una profunda desilusión de una parte importante de la sociedad con Rusia. Muchos armenios consideran que Moscú no cumplió el papel que esperaban durante la guerra de 2020, ni posteriormente durante el bloqueo del Corredor de Lachín y la ofensiva azerbaiyana que terminó con el desplazamiento de la población armenia de Artsaj en 2023. A esto se suman los ataques de Azerbaiyán contra territorio soberano armenio en 2021 y 2022, episodios en los que muchos ciudadanos también percibieron una respuesta insuficiente por parte de Rusia y de las estructuras de seguridad lideradas por Moscú.
En ese contexto, lo ruso se viene deslegitimando ante una parte de la opinión pública armenia. Además, medidas recientes como las restricciones a la importación de determinados productos armenios o los mensajes de advertencia sobre las consecuencias de un mayor acercamiento a Europa son interpretados por muchos ciudadanos como intentos de presión política. En mi opinión, este tipo de acciones han tendido a jugar más en contra de Rusia que a su favor, porque refuerzan la percepción de que Armenia necesita diversificar sus alianzas internacionales y reducir su dependencia de un único socio estratégico.
Aun así, creo que muchos armenios votaron más por una idea de seguridad y previsibilidad que por entusiasmo. Después de años de guerra, bloqueo, pérdida de Artsakh y decepción con Rusia, una parte importante de la sociedad parece haber optado por el camino que considera menos riesgoso: mantener el rumbo hacia Europa, diversificar alianzas y evitar una nueva confrontación.
La guerra de Ucrania con Rusia, y más recientemente, la agresión de Estados Unidos e Israel a Irán, con quien Armenia tiene frontera, ¿han estado también presentes de alguna forma en la campaña?
Puede ser, aunque más como telón de fondo geopolítico que como tema central de campaña.
La guerra en Ucrania influyó sobre todo porque aceleró la pérdida de confianza en Rusia, que aparece hoy como un aliado debilitado, distraído por su propia guerra y menos capaz o dispuesto a garantizar la seguridad de Armenia.
El caso de Irán es todavía más sensible, porque Armenia comparte frontera y lo considera una salida estratégica fundamental. Cualquier escalada allí genera preocupación, no solo por seguridad, sino también por comercio, energía y conectividad regional.
Sin embargo, estos conflictos no ocuparon el centro de los discursos de campaña.
El partido Contrato Civil, del primer ministro Pashinyan, se ha impuesto en estas elecciones con cerca del 50% de los votos, pese a haber perdido votos y escaños. ¿Sigue conservando Pashinyan el carisma que le llevó al poder con la Revolución de Terciopelo de 2018?
Creo que Pashinyan ya no conserva el mismo carisma de 2018. La figura del líder de la Revolución de Terciopelo, asociada a la esperanza, la calle y la promesa de una Armenia más democrática, se transformó profundamente después de la guerra de 2020, la pérdida de Artsaj y el constante miedo a perder nuevas tierras.
Sin embargo, eso no significa que haya perdido completamente su capacidad de conexión con una parte importante de la sociedad. Hoy su apoyo parece basarse menos en el entusiasmo revolucionario y más en una combinación de pragmatismo, miedo a una nueva guerra, rechazo a las antiguas élites y falta de una alternativa opositora convincente.
Pashinyan no moviliza ya desde la esperanza, sino desde la idea de que, pese a todos sus errores y derrotas, sigue siendo para muchos votantes la opción menos riesgosa para mantener cierta estabilidad y continuar el giro hacia Europa.
Su primer acto oficial, en 2018, tras ser nombrado primer ministro, fue un viaje a Stepanakert, la capital de la República de Arstakh, y una semana después viajó a Rusia, para reunirse con Vladimir Putin. Ahora que su política exterior ha cambiado, ¿cuáles pueden ser los primeros pasos de su nuevo gabinete?
Creo que los primeros pasos del nuevo gabinete probablemente buscarán avanzar con la agenda de paz, profundizar el acercamiento a Europa y, al mismo tiempo, evitar una ruptura abrupta con Rusia.
Es muy probable que una de las prioridades sea acelerar las negociaciones con Azerbaiyán, porque para Pashinyan la estabilidad regional y la apertura de comunicaciones son parte central de su proyecto político. en relación a esto, seguramente intente avanzar en la reforma constitucional, exigida por Aliyev como condición de la firma del acuerdo de paz, aunque Pashinyan niegue rotundamente que su plan de enmiendas responde a la presión azerbaiyana.
También puede esperarse un impulso al proceso de normalización con Turquía, aunque siempre condicionado por el avance del diálogo con Bakú.
En paralelo, el nuevo gobierno intentará mostrar continuidad en el rumbo europeo, aunque creo que seguirá actuando con prudencia, porque todavía depende de Rusia en áreas muy importantes como energía, comercio y seguridad.
En una entrevista que realizaste antes de las elecciones a Narek Karapetyan, representante del partido Armenia Fuerte, la principal fuerza opositora, que ha logrado el 23% de los votos, este denunciaba que “Vamos hacia elecciones en una situación en la que el principal opositor del primer ministro está bajo arresto domiciliario.” ¿Cómo ha podido influir en el voto el acoso del gobierno a la oposición?
Creo que este fue uno de los puntos más sensibles de la campaña. La situación de Samvel Karapetyan, bajo arresto domiciliario durante el proceso electoral, fue utilizada por Armenia Fuerte para denunciar que la competencia no se desarrollaba en condiciones plenamente equilibradas.
Para una parte del electorado opositor, esto reforzó la idea de que el Gobierno utiliza recursos institucionales para debilitar a sus adversarios. En ese sentido, pudo haber movilizado a votantes que ya estaban convencidos de la necesidad de castigar a Pashinyan en las urnas.
Pero también hay que decir que no necesariamente cambió de manera decisiva el comportamiento del votante medio. En Armenia, muchas personas acudieron a las urnas con preocupaciones más amplias, como las que mencioné.
Entonces, el caso de Karapetyan sí alimentó la narrativa de persecución política y contribuyó a un clima electoral más tenso y polarizado, pero no parece haber sido suficiente para transformar a la oposición en una alternativa mayoritaria frente a Pashinyan.
La tercera fuerza política que sale de estas elecciones es la Alianza Armenia, de la que forma parte la socialdemócrata Federación Revolucionaria Armenia – Tashnagtsutiún, liderada por Robert Kocharián (presidente de Artsakh, de donde es originario, entre 1994-1997, y de Armenia entre 1998-2008) y en cuyo programa está el retorno de la población de Artsakh a su tierra, y estrechar los vínculos con Rusia. ¿A pesar de no haber alcanzado más del 10% de los votos, esta opción política sigue representando a una importante parte de la población que defiende estas dos cuestiones?
Sí, creo que aunque la Alianza Armenia no haya superado el 10% de los votos, sigue representando a un sector ideológico y emocionalmente importante de la sociedad armenia.
Ese espacio expresa a quienes consideran que el retorno de la población armenia de Artsaj debe seguir siendo una prioridad política y no solo una cuestión humanitaria. También representa a una parte de la población que cree que Armenia no puede romper o debilitar demasiado sus vínculos con Rusia, ya sea por razones de seguridad, historia, economía o desconfianza hacia Occidente.
Pero el resultado también muestra los límites de esa propuesta. Hay sensibilidad social hacia Artsaj y hacia los desplazados, pero eso no se traduce automáticamente en apoyo electoral a Robert Kocharyan o a una agenda más prorrusa. Para muchos votantes, las antiguas élites siguen generando rechazo, y Rusia ya no aparece como una garantía de seguridad como antes.
Entonces, diría que esta opción política conserva una base relevante y organizada, especialmente entre sectores más conservadores, nacionalistas o vinculados a la causa de Artsaj, pero hoy no logra convertirse en una alternativa mayoritaria para el conjunto de la sociedad armenia.
Entre las primeras felicitaciones por el resultado electoral a Pashinyan, han estado el presidente francés, Emmanuel Macro, el ucraniano, Volodímir Zelenski, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ¿esto es un indicador de la cercanía del primer ministro armenio a la Unión Europea y a la OTAN?
Sí, es un indicador claro de que Pashinyan es visto hoy por muchos actores occidentales como un socio importante en el Cáucaso Sur, especialmente en un momento en que Armenia intenta alejarse de su dependencia histórica de Rusia.
Creo que estas felicitaciones muestran que el resultado electoral es leído en Europa como una continuidad del rumbo proeuropeo del Gobierno armenio.
Pero sería importante no confundir esa cercanía con una integración inmediata o directa en la OTAN. Armenia está profundizando su cooperación con Occidente, también en materia de seguridad, pero sigue teniendo dependencias muy fuertes de Rusia y una situación regional extremadamente delicada. Por eso, más que hablar de un giro hacia la OTAN, yo hablaría de una política de diversificación (o de “equilibrio”, como proclama Pashinyan, aunque en la realidad global actual sea muy complicado) más Unión Europea, más cooperación con Estados Unidos y Francia, más distancia política con Moscú, pero todavía con muchos límites prácticos.
Azerbaiyán ha exigido cambios en la Constitución armenia para la firma definitiva de unos acuerdos de paz, y el gobierno anunció la convocatoria de un referéndum constitucional para realizar enmiendas, ¿en que punto queda esta cuestión después de las recientes elecciones? ¿la relación con Azerbaiyán y con Turquía seguirán siendo los principales desafíos a los que tendrá que enfrentarse el próximo gobierno?
El Gobierno de Nikol Pashinyan mantiene su posición de avanzar hacia la normalización con Azerbaiyán y sigue considerando posibles reformas constitucionales como parte de una estrategia más amplia para cerrar definitivamente el conflicto, aunque él alegue a que este plan responde exclusivamente a la política interna del país. La convocatoria de un eventual referéndum continúan siendo asuntos sensibles con un intenso debate sobre hasta qué punto deben aceptarse las exigencias de Bakú para alcanzar un acuerdo de paz.
En este contexto, la relación con Azerbaiyán seguirá siendo uno de los principales desafíos para el próximo gobierno. Aunque se han logrado avances en las negociaciones y en la delimitación fronteriza, persisten cuestiones fundamentales sin resolver, entre ellas la firma definitiva del tratado de paz, las garantías de seguridad y por supuesto, la de los prisioneros armenios aún detenidos en Bakú.
La relación con Turquía también continuará ocupando un lugar central. El proceso de normalización entre Ereván y Ankara registró algunos progresos como la apertura de las rutas de carga, pero avanza lentamente y está estrechamente vinculado a la evolución de las relaciones entre Armenia y Azerbaiyán.
En definitiva, creo que una parte importante de la sociedad armenia con estas elecciones dio el visto bueno tanto para la paz con Azerbaiyán como la normalización con Turquía y y probablemente sean los retos más importantes de la política exterior armenia en los próximos años.
Se el primero en comentar