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‘Il Mulín’ tiene mucho de rebeldía pero sobre todo de dignidad. Víctor lo dice al principio de la película ‘el que hace lo que puede con lo que tiene bastante hace’, y lo repite al final ‘un grupo de gente haciendo cosas puede generar que más gente haga más cosas’.
Por Angelo Nero | 27/02/2025
Siempre he pensado que las películas grandes, son aquellas que son capaces de emocionarnos con historias pequeñas. Álex Galán tiene esa rara habilidad, la de poner el foco allí donde hemos dejado de ver, como en esas montañas asturianas que no son solo paisaje, sino que albergan focos de resistencia. Una resistencia fraguada en los lazos familiares y vecinales, en el empeño de mantener viejas tradiciones y oficios, y en la lucha contra una despoblación. Para ello nos lleva a Trabáu, una aldea que no quiere morir, en el conceyu de Degaña, donde sus gentes tradicionalmente se ganaban la vida elaborando cuencos de madera con torno de pedal. El refugio de los últimos cunqueiros, donde los vecinos se movilizan para recuperar su molino y el curso de agua que las obras en la carretera había desviado cuarenta años atrás.
Lo primero que queríamos preguntarte, Alex, es ¿cómo decides hacer una película sobre esta pequeña historia y darle formato de largometraje?
Por emoción. Efectivamente recuperar un viejo molino puede parecer una historia pequeña, pero detrás de esa historia había unas personas gigantes. La emoción que me trasmitió la aldea de Trabau desde la primera vez que la visité hizo que todo lo que ellos me contaban me pareciese digno de una película.
Después por convicción. Tuve la suerte de conocer a Vitorino, que no sale en la película porque ya había fallecido. Él fue el primero que me dijo “con lo que ocurre aquí podrías hacer un western”. Pasaron unos años pero finalmente me senté con Víctor, Rosa y los vecinos de Trabau y decidimos que había que contar su historia, la historia de los cunqueiros, una de las culturas más minoritarias de la península.
Buscamos un punto de partida y todas las miradas fueron hacia ese viejo molino devorado por la vegetación, así que ellos empezaron a trabajar y nosotros a filmarlo todo.
Con Il Mulín, pones el acento en la autogestión de las zonas rurales, en el trabajo vecinal, el Auzolan que dicen los vascos, ¿hay una tradición arraigada en los pueblos asturianos de este trabajo colaborativo que crea realmente comunidad?
Aquí decimos la sextaferia, el aconceyamiento. Antes en los pueblos vivía mucha gente, ahora los vemos de capa caída pero antes había cientos de vecinos y no esperaban a que llegasen de fuera a arreglar sus cosas. La unidad era algo normal incluso entre los que no se llevaban tan bien.
Ahora en pueblos tan remotos como Trabau quedan un puñado de vecinos, muchos de ello mayores, y los trabajos vecinales son más laboriosos, sin embargo todavía se mantiene ese orgullo de saber arreglarse los problemas uno mismo. La autogestión, que no es otra cosa que la libertad.
“Recuperar el grano”, dicen los vecinos en la película, aunque, en cierto modo ¿no forma parte de eso que escuchamos en los últimos tiempos que es lo de recuperar la soberanía alimentaria, aunque sea a pequeña escala?
De hecho para mí la película va de eso. Hay un concepto que me interesa mucho que es el ‘autogobierno’. En ‘Salvajes’ hay varios personajes que rondan esa idea, y en ‘Il Mulín’ es toda una aldea quien la sustenta. Autogobernarse es lo más revolucionario que puede hacer un pueblo porque eso deja anulada a la administración, es un forma de decir “aquí no hacéis falta”. La autogobernanza requiere libertad y la primera libertad llega con la soberanía alimentaria. Por eso elegimos algo tan icónico como un molino y la forma en que la administración lo dejó inutilizado. Antes los vecinos conseguían harina de ese molino pero cuando construyeron la nueva carretera cambiaron el curso del agua y les dejaron el molino inutilizado. En esa tontería hay un simbolismo brutal. Una administración que llega ofreciendo el avanza y a cambio anula la soberanía alimentaria. Lo que no contaban es con que los vecinos de Trabau no son tan facilones.
Cortar una carretera, literalmente aunque sea en el pueblo más recóndito de Asturias, se antoja un acto de rebeldía, aunque no tenga mayor transcendencia informativa ¿crees que, como dijo Galeano, “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”?
Fíjate, lo más simbólico es que cortaron una carretera y nadie dijo nada. Por allí no pasó la policía ni preguntó nada ningún funcionario público… La forma de ignorar al pueblo llega hasta el punto de ni siquiera importarles la rebeldía. Y me alegro de que menciones a Galeano porque en ‘Il Mulín’ hay mucho de ‘Las venas abiertas de América Latina’.
Mucho de rebeldía pero sobre todo de dignidad. Víctor lo dice al principio de la película ‘el que hace lo que puede con lo que tiene bastante hace’, y lo repite al final ‘un grupo de gente haciendo cosas puede generar que más gente haga más cosas’.
Es la belleza de un mensaje tan universal desde un rincón tan pequeño como Trabau.
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‘Il Mulín’ sigue la estela de ‘Salvajes’, tu anterior largometraje, donde construías la historia con unos personajes que tenían su propia voz y se resistían a ser guionizados, pero, sin embargo en esta no hay casi entrevistas, los protagonistas están siempre interactuando entre ellos, con toda naturalidad, ¿cómo consigues rodar estas escenas sin que se note que hay una cámara delante de ellos?
Convivencia. No queda otra. Y no entiendo el documental de otra forma que no sea la inmersión total en un ambiente. No me gustan los procesos habituales del cine ni me gustan las formas de la televisión, la mayoría de las veces son saqueadores que intentan llevarse la mayor cantidad de material en el menor tiempo posible. De hecho lo llaman ‘material’…
Para mí un documental es vivir algo y contarlo. En Salvajes me pasé semanas conociendo a los pastores antes de grabar con ellos, acompañándolos en sus cabañas, en sus tareas… con ‘Il Mulín’ fue aún más cercano porque desde que los conocí hasta que rodamos pasaron 6 o 7 años. Ya nos conocíamos cuando decidí contar su historia. Pero con el proceso de rodaje volvimos a hacer lo mismo. Con mi compañero David, el director de fotografía de todos mis trabajos, pasamos días y semanas forjando relación con los vecinos. Nosotros nunca nos quedamos en un hotel cuando rodamos un documental. Dormirnos con los protagonistas, desayunamos, comemos y cenamos con ellos, y los primeros días nos da igual grabar. Eso nos permite que llegado el momento de rodar la cámara sea invisible para todos y podamos captar la cotidianeidad.
Hay también una parte de animación en la que recreáis, con muy buen resultado, la vida de los cunqueiros, ¿cómo era esta vida y quién es la responsable de esta animación?
La animación es una maravilla creada por Laura Calleja, que ya trabajó con nosotros en Salvajes para recrear las pinturas rupestres que cuentan el origen de la historia. Laura comprende como nosotros el concepto de ancestralidad y lo lleva a la animación con técnicas reales como el collage con hojas o cortezas de árbol. No sabría explicarte cómo lo hace, pero la tía lo consigue.
Fue nuestra forma de contar mediante la fábula cómo era la vida de esos cunqueiros, que no eran otra cosas que artesanos de la madera que viajaban desde las montañas asturianas hasta la meseta. Podrían estar meses viajando con sus carros por los pueblo de toda la península para hacer con madera los productos que les encargasen. Era una especie de ruta de la seda ibérica. Desarrollaron su propio dialecto para negociar sin que les entendiesen y se refugiaban en el bosque para fabricar sus piezas sin ser vistos. Después volvían al pueblo y las vendían. Es una vida que solo podía contarse a través de la fábula.
Victor y Rosa, los últimos cunqueiros, actúan un poco como narradores, como aglutinadores de la historia del pueblo, ¿qué es lo que más te atrajo de ellos para que la película girara a su alrededor?
En lo práctico te diría que ellos dos, madre e hijo, eran los últimos cunqueiros. Y digo eran porque poco después de estrenar la película Rosa falleció y dejó un vacío inabarcable en todos los que la conocíamos, y también en toda la cultura asturiana. Ahora Víctor es el último Cunqueiro, algo que a él nunca le gustó nada porque sabía que esconde una realidad muy dura. La decisión de que ellos narrasen la película también fue natural. Ambos mantenían viva la cultura cunqueira y el resto de los vecinos, sin serlo, compartían con ellos esa esencia combativa y vecinal. Tener a Rosa como matriarca y a Víctor como la resistencia era algo que además favorecía al resto de vecinos que encontraban en ellos unos referentes.
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Hay también una reflexión sobre la pérdida de las tradiciones y de los oficios, de un mundo rural que parece que desaparece, ¿la película es también una llamada de atención para que nos demos cuenta de que cada tradición, cada palabra o cada oficio que se pierde, es una pérdida para todos?
Absolutamente. Y es una pérdida que no nos podemos permitir. Víctor lo comenta en un momento de la película, habla de la responsabilidad de toda la sociedad cuando una tradición desaparece, y es que mantener una cultura no es cosa solo de sus integrantes sino de toda la sociedad. Toda esa herencia cultural que ahora parece que nos sobra en realidad funciona como un libro de instrucciones de lo que somos como especie. Es posible que viajando a la velocidad actual pensemos que todos esos oficios, lenguas y costumbres no sirven para nada y nos restan velocidad, pero deberíamos darnos cuenta de que toda esa cultura es la que nos sabrá decir el camino de vuelta cuando lo necesitemos. Estamos siendo realmente arrogantes permitiendo que lo ancestral desaparezca.
En relación a esto quería hacer hincapié en el lenguaje de la película, ¿también querías poner el foco en la lengua de los cunqueiros, que está riesgo de desparecer?
Eso también fue decisión de ellos y me gusta que sea así. En Trabau hablan el cunqueiro, en otras zonas de Asturias el asturiano, en Madrid el castellano… y los vecinos hablan lo que les da la gana. Hay veces que hablan entre sí en cunqueiro, otras en asturiano y otras en castellano. Es muy importante que la lengua de los cunqueiros se mantenga y sería precioso que muchos más la conociesen, pero me resulta más bonito verlos hablar como a ellos les de la gana. Se sentían libres y a mi no se me habría ocurrido pedirles nada para resultar más o menos exótico. El exotismo está en lo libres que son.
Precioso, debemos despertar el espíritu comunero , crear bases donde vivir recuperándo el saber de trabajar la tierra para comer, cuidar el bosque porque son la vida. Algunxs estamos en este camino de apoyo mutuo, de huertas comunitarias, de hoy estamos levantando una pared, o echando un techo en la casa de unx, y mañana en casa de otrx.
Además de luchar con el salvajismo de la construcción desaforada para el turismo,de las talas de nuestro litoral, debemos salvar los pocos recursos naturales que nos rodean
Hace falta más mensajes así para la chavalería,que entiendan que los valores están en construir juntxs, en preservar todo lo que podamos, difundiendo el espíritu de nuestros pueblos, de nuestros barrios obreros solidarios, de nuestra vida de los patios Comunes, dónde nunca faltaba un cubierto para lxs vecinxs que lo pasaba regular.
Dejemos las redes y volvamos a nuestras fuertes convicciones de solidaridad y apoyo mutuo.
Salud y gracias por difundir estás noticias