Al aire van los recuerdos y a los ríos las nostalgias. Los lugares comunes

Angelo Nero


Hay libros a los que llegas por un montón de caminos, que te empujan a rescatarlo de la librería, donde te susurran entre un montón de ofertas sugerentes, pues cada uno abre otro camino, el de una historia que otros soñaron y escribieron para ti, también sin saberlo, como un mensaje dentro de una botella que, por capricho de las corrientes marinas, llega un día hasta la playa donde acostumbras a dibujar tus huellas.

Yo tuve que soñar Armenia para conocer las “Historias de arraigo y soledad en la España rural” de Virginia Mendoza, pues su voz me guió, a través de su bitácora Cuaderno Armenio, hasta el cementerio de Noratus, donde la vieja Emi trataba de vendernos un gorro de lana, completando el caleidoscopio que habían comenzado a dibujar en mi cabeza José Antonio Gurriarán y Xavier Moret, o el fumettista Paolo Cossi, tratando de entender las claves del pueblo que sufriera el primer genocidio.

Antes y después de mí viaje al Hayestán busqué, sin mucho éxito su libro “Heridas del viento, crónicas armenias con manchas de jugo de granada”, que parecía haber desaparecido incluso de esas detestables librerías online que, hasta la fecha, he conseguido evitar. No me quedó otro camino, cuando creía todos agotados, que ponerme en contacto con la autora, que me contestó con amabilidad y  sin demora, para confirmarme que, efectivamente, el libro estaba agotado, pero que había una segunda edición en marcha.

Para entonces yo ya había completado la segunda lectura, con casi diez años de diferencia, del libro de Gurriarán, y para amortiguar la espera de “Heridas del viento”, decidí hacerme con “¿Quién te cerrará los ojos”, el nuevo libro de Virginia Mendoza, que viajaba hacia lugares que parecían haberse borrado de los mapas, y donde el tiempo se había detenido, a esa España rural que había protagonizado un éxodo silencioso, durante los últimos cincuenta años, quizás antes.

Lo primero que me sorprendió fue la portada, que me recordaba a la iglesia del Salvador, en Mota del Marqués, donde me había detenido este verano, al poco de mi regreso de Armenia, pero ya desde sus primeras páginas fueron muchos los lugares comunes, comenzando por Julio Llamazares, quién, cómo nadie, ha descrito esta España rural que se va convirtiendo primero en recuerdo, luego en nostalgia, y que se va derrumbando, como aquella vieja iglesia, donde ni tan siquiera quedan las campanas para ofrecerle resistencia al viento.

Este año había vuelto a Llamazares, con su espléndido “El río del olvido”, y especialmente con “Trás-os-montes”, que adoptaba como guía de viaje cada vez que volvía al mítico territorio de Montesinho, y casualmente también había caído en mis manos el libro de Paco Cerdá, “La Laponia española”, quizás por la nostalgia de mi inmortalidad, en aquel viaje al Kungsleden, en el que descubrí mi adición por los espacios abiertos, desolados y, preferiblemente, deshabitados.

También desde el principio del libro, mis recuerdos no dejaban de caminar por la pequeña aldea de mis antepasados, Abellás, a los pies de la “raía seca” de la Serra do Laboreiro, entre Galicia y Portugal, donde quedaba un último mohicano, mi tío Manolo, uno de esos resistentes que no habían querido seguir el éxodo de los desertores del arado, al que desde pequeño había admirado por su pericia haciendo trampas con pequeñas maderas para los pájaros, o pescando truchas en las balsas del río con un tridente –en realidad una caña a la que le ataba un tenedor con los dientes abiertos- y unas gafas de buceo,  que le conferían, para la imaginación desbordada del niño que todavía llevo dentro, un cierto aspecto de Poseidón.

Aunque no acaban aquí los lugares comunes, puesto que mi tío siempre me recordó al personaje de una de mis películas favoritas, “Tasio”, que también se cita en el libro de Virginia Mendoza, a la que señalé, para rizar el rizo, que el protagonista de la película de Montxo Armendaríz, Patxi Bisquert, también se refugió en un pequeño pueblo gallego de la Ribeira Sacra, Armariz, donde regentó una casa de turismo rural, escribió una novela titulada “Rosa” y dirigió un cortometraje “Terra do millo”.

Dicen que la verdadera patria de los hombres es su infancia, también hay quien dice que son los libros, lo cierto es que la mía está anclada a la tierra, donde me sentaba a escuchar las historias de mi bisabuelo Enrique, la persona más educada, inteligente y tierna que conoceré jamás, quién nos llevaba a mi hermana, a mis primos y a mí fuera de aquella España en blanco y negro del franquismo, a través de una geografía que yo, desde entonces, ya ansiaba recorrer.

Virginia, en una entrevista, decía que escribía para su abuelo, quizás yo lo haga, de modo más modesto, para mi bisabuelo.

Otro de los lugares comunes que recorrí a través de “Quién te cerrará los ojos”, es el de Comala, el onírico universo creado por Juan Rulfo, uno de los primeros que me obsesionó en mi adolescencia, que busqué a través de varias lecturas del libro, de la genial versión cinematográfica de “Pedro Páramo” creada por un gallego, Carlos Velo, e incluso dela recreación musical de Jorge Reyes que se lanzó a hacia el lugar de la ruptura de los vientos a finales de los ochenta, creando lo que definió como el rumor del silencio en un pueblo lleno de ecos.

De Terrinches a Abellás, de Llamazares a Patxi Bisquert, de Yereván a Kiruna, pasando por Mota del Marqués, de Carlos Velo a José Antonio Labordeta, son muchos los territorios de la memoria, algunos comunes y otros íntimos, que recorrí a través de las páginas de Virginia Mendoza, hasta llegar hasta la última línea, donde me esperaba una última, Toundra, uno de esos grupos que componen mi banda sonora, con la que acompañé también, las últimas líneas de desordenadas impresiones sobre el libro de Virginia Mendoza.

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