8 de Marzo: no nació para celebrar, nació para luchar por los derechos de las mujeres

Las obreras que originaron el 8 de marzo no pedían permiso para existir. No buscaban aceptación social. Sabían que los derechos no se conceden: se arrancan.

Por Isabel Durán Báez | 8/03/2026

8 de Marzo: no nació para celebrar, nació para luchar por los derechos de las mujeres. El 8 de marzo no nació entre campañas institucionales, ni hashtags amables, ni discursos cuidadosamente equilibrados para no incomodar a nadie. No nació para que gobiernos y empresas se vistieran de morado un día al año mientras el resto del calendario perpetúa las mismas desigualdades. El 8M nació del conflicto. Nació porque mujeres explotadas dejaron de obedecer.

A principios del siglo XX, trabajadoras textiles —mal pagadas, invisibles y explotadas— comenzaron a organizarse contra jornadas inhumanas, salarios miserables y condiciones laborales que literalmente las mataban. Las huelgas de obreras en Estados Unidos y Europa, especialmente las movilizaciones de 1908 y 1909, marcaron el origen de una jornada internacional de lucha impulsada por el movimiento socialista y feminista. En 1910, la activista alemana Clara Zetkin propuso instaurar un día internacional de las mujeres trabajadoras.

No era una fiesta. Era una declaración de guerra contra la explotación. Y sin embargo, más de un siglo después, el sistema ha conseguido algo extraordinario: convertir una jornada revolucionaria en un producto institucional perfectamente digerible.

Del feminismo obrero al feminismo decorativo

El 8M recordaba algo incómodo: que la desigualdad entre hombres y mujeres no es un malentendido cultural ni un problema de autoestima, sino una estructura económica y social profundamente arraigada.

Las primeras feministas luchaban por sobrevivir, no por sentirse representadas en campañas publicitarias. Exigían pan, derechos laborales, protección frente a la violencia y autonomía material. Sabían algo que hoy parece olvidarse: sin independencia económica no existe libertad.

Ahora, en cambio, asistimos a la domesticación del feminismo. Instituciones que jamás cuestionan los pilares económicos de la desigualdad se apropian del lenguaje feminista mientras evitan cualquier medida que incomode al mercado. El resultado es un feminismo sin riesgo, sin conflicto y, por tanto, sin capacidad transformadora.

El sistema aprendió a hablar feminista

Hoy el poder no combate al feminismo; lo absorbe. Corporaciones que obtienen beneficios de la hipersexualización femenina lanzan campañas por la igualdad. Gobiernos que proclaman compromisos históricos permiten la expansión de industrias que convierten el cuerpo de las mujeres en mercancía global.

Se llama progreso a lo que antes reconocíamos como explotación. Se llama elección a lo que muchas veces es necesidad económica. Se llama empoderamiento a la adaptación individual a un sistema desigual. Pero cambiar las palabras no cambia la realidad.

La prostitución sigue alimentándose de la desigualdad social y migratoria. La pornografía continúa funcionando como escuela sexual basada en la dominación masculina. La mercantilización reproductiva convierte la capacidad de gestar en contrato. Y todo ello ocurre mientras el discurso oficial insiste en que vivimos el mejor momento para las mujeres. La propaganda nunca sustituyó a la justicia.

El miedo actual: decir la verdad

El feminismo siempre avanzó cuando se atrevió a nombrar lo incómodo. Hoy, sin embargo, el mayor tabú parece ser el propio análisis feminista.  Cuestionar la industria sexual divide. Hablar de explotación incomoda. Señalar intereses económicos molesta.

Y así, el debate político se sustituye por consignas vacías que permiten aparentar consenso mientras la desigualdad permanece intacta. El llamado “buenismo” institucional no protege a las mujeres: protege la tranquilidad del poder. Porque un feminismo que no incomoda es un feminismo que ya ha sido neutralizado.

Recordar para recuperar el sentido del 8M

Las obreras que originaron el 8 de marzo no pedían permiso para existir. No buscaban aceptación social. Sabían que los derechos no se conceden: se arrancan.

No luchaban para que el sistema pareciera más amable, sino para transformarlo. Recordar el origen del 8M implica aceptar una verdad incómoda: la igualdad real exige conflicto político, valentía institucional y una crítica frontal a las estructuras que generan desigualdad. No basta con símbolos cuando faltan cambios materiales.

Lo que debería gritar el 8M hoy

Un 8 de marzo fiel a su historia debería exigir sin ambigüedades: La abolición de toda forma de explotación sexual basada en la desigualdad; Políticas económicas que garanticen independencia material a las mujeres; Protección real frente a la violencia masculina, más allá de declaraciones simbólicas; Educación que rompa con la cultura pornográfica dominante; Responsabilidad política frente a la feminización de la pobreza.

No son demandas radicales. Radical es aceptar como normal la desigualdad.

El 8M no es cómodo —y nunca lo fue

Cada vez que el 8 de marzo se convierte en celebración vacía, se traiciona su origen. Cada vez que se evita el conflicto para mantener la imagen institucional, se silencia a las mujeres que iniciaron esta lucha.

El feminismo no nació para ser un acto oficial. Nació para cuestionar el orden establecido. Por eso, este 8M conviene recordar algo esencial:  La igualdad no llegará porque el poder la celebre. Llegará cuando deje de poder ignorarla. El 8 de marzo no es un día para felicitarse. Es un día para incomodar.

1 Comment

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.