Internacional | Ganar o ganar, la apuesta del poder en Colombia

Por Javier Calderón Castillo

La campaña electoral colombiana, con miras a las elecciones legislativas y presidenciales de 2018, empezó muy pronto: el ambiente político está moviéndose con fogosidad de una forma inusual. La intención política del sector de la derecha colombiana liderado por el presidente Santos de permitir una apertura democrática después de tantos años de unanimidad constituye un positivo desafío para diversos sectores políticos hasta ahora excluidos de la competencia electoral y para los partidos o movimientos que han competido en condiciones muy desiguales -marginados a espacios políticos testimoniales y no decisivos-.

En otras coyunturas, como la actual, promueven proyectos electorales que aparentan ser distintos, aunque sin ningún atisbo de cambio de la orientación político-económica establecida

Sin embargo, esa apertura democrática también incluye la configuración de iniciativas paralelas a los partidos convencionales que buscarán erigirse en alternativas electorales canalizando las inconformidades sin controvertir lo estatuido. En otras palabras, está en ciernes una operación político-mediática para consolidar un proyecto “novedoso” que resulte adecuado para el actual modelo económico neoliberal. Pretenden abrir la democracia, pero no tanto.

I

Desde la traición a Bolívar en 1828 (en la famosa conspiración septembrina) el país ha sido gobernado por militantes del partido conservador o del partido liberal. El poder establecido vive en un estado de confort, que muy pocas veces a lo largo de la historia ha visto peligrar en las coyunturas electorales. Cuando han surgido movimientos o personajes disruptivos a la tediosa -y derechista- unanimidad, la vida política nacional ha entrado en efervescencia, pues quienes ostentan el verdadero poder, han lanzado de inmediato sendas operaciones políticas (asesinatos de  Gaitán, Pardo Leal, Pizarro, y un largo etcétera) que terminaron en más violencia. En otras coyunturas, como la actual, promueven proyectos electorales que aparentan ser distintos, aunque sin ningún atisbo de cambio de la orientación político-económica establecida, como ocurrió con el Movimiento Revolucionario Liberal-MRL en los años 60, y más recientemente con los “partidos” de la Unidad Nacional o el Centro Democrático.

Lo ideal para la derecha siempre ha sido contener cualquier proyecto que conecte con las necesidades de las mayorías y promueva los cambios políticos, económicos e institucionales que resuelvan las tremendas condiciones de pobreza engendradas por el neoliberalismo. Cuentan con los recursos del Estado Nacional para financiar empresas electorales, además de las propias, para engañar al electorado con ofertas políticas que prometen “luchar contra la corrupción”, “usar la meritocracia”, “gobernar para todos”, aunque al final de cuentas se enmarquen en la defensa del modelo económico imperante: con la desigualdad como regla y la pobreza convertida en ley.

Esos medios construyen en la opinión pública lo que es “políticamente correcto”

Es un poder político-empresarial que cuenta con los medios de comunicación para imponer sus mensajes. Día y noche le insisten a la ciudadanía que el país vive en la “normalidad” y que el problema lo tienen los vecinos. Esos medios construyen en la opinión pública lo que es “políticamente correcto”. Según el volumen de negocios que tengan en esa relación político-empresarial, los medios le dan relevancia a los partidos o liderazgos políticos. Así construyeron el perfil mesiánico-autoritario de Álvaro Uribe y su séquito, y así pretenden construir mediáticamente una “izquierda” que calce con el proyecto económico-político del poder. Pretenden generar la sensación de apertura democrática, cerrando filas para evitar cualquier  riesgo electoral que ponga en duda al unánime establishment, sólo hay que ver la regularidad en las apariciones de ciertos políticos en los medios y la bondad con que son tratados por los reporteros para saber sus preferencias e intereses. A Claudia López y Jorge Robledo los consienten hasta el hartazgo, mientras que a Gustavo Petro o a Piedad Córdoba los destrozan un día más que el otro. A Uribe le dicen presidente y al presidente le dicen Santos, ahondando en la polarización del escenario político.

Son tan efectivos esos dispositivos del poder, el dinero y la prensa, que las discusiones de los partidos o grupos ciudadanos que tratan de consolidar alternativas políticas, están repletas de llamados a la moderación (sinónimo en Colombia de no disputar la economía), o a buscar en lo “nuevo” la manera de convencer a los medios para que de forma democrática les permitan usar los micrófonos, privatizados y administrados con gran recelo.

Todo ello respaldado con el músculo de las fuerzas militares, que hoy día es el ejército más grande de Latinoamérica. O, en algunos casos, apoyados por el poder territorial del paramilitarismo, que en las épocas más aciagas del país controlaba al 30% de los parlamentarios ostentando mucho poder a su servicio, o como viene ocurriendo actualmente, desarrollan su poder de presión política con violencia en los territorios, como lo muestra el informe realizado por Celag[1]. Dinero y medios de comunicación para mantener el poder y la fuerza de ser necesario, como en los últimos 54 años. Por esa vía el neoliberalismo es lo normal, nadie lo puede cuestionar, so pena de ser enviado al rincón de la política, sin opciones para disputar el gobierno con programas y discursos que les muestren a las mayorías que otra economía es posible, que el salario no debe ser la variable de ajuste y sobre todo, que la pobreza de las grandes mayorías no es normal.

II

En estos primeros meses del 2017, se observa cómo los medios de comunicación, con la colaboración de expertos formadores de opinión, vienen configurando el escenario mediático de posicionamiento electoral de un proyecto hecho a la medida del establecimiento. Ganar o Ganar es la apuesta desde el poder colombiano. Estos sectores tienen copado el espacio de la extrema derecha con el uribismo, el de la derecha con la coalición de gobierno, y pretenden copar los demás espacios políticos con personajes como Claudia López o Angelino Garzón. No sería raro que en los próximos meses se lanzaran a construir un proyecto “novedoso” para acabar con la posibilidad de que cualquier opción de cambio político y económico pudiera emerger.

Dos ejemplos de cómo el poder construye candidatos: Claudia López y Angelino Garzón

Claudia López. La primera beneficiaria es la senadora del Partido Alianza Verde Claudia López, quién es una juiciosa y estudiada legisladora, que destella en medio de un parlamento marcado por el ausentismo, el corporativismo y clientelismo; aunque, ni su partido ni su trayectoria la validan como una candidata “distinta” a las ofertas de la política económica y social de los partidos tradicionales.

En artículos pasados mostrábamos cómo los medios construyen medias verdades sobre la situación de la senadora Claudia López[2]. En su caso, en las encuestas electorales de Gallup y de Cifras & Conceptos publicadas en febrero y marzo contaba con cierto caudal de preferencias electorales, pero los mismos datos revelaban un muy bajo nivel de conocimiento entre la ciudadanía, un asunto que los medios de comunicación tratan de compensar con su alta exposición mediática. Si la prensa dominante estuviera interesada, diría que Alianza Verde no cuenta con fuerza electoral territorial, como lo demostró la estruendosa derrota de Antanas Mockus en el 2010 ante Juan Manuel Santos (Santos lo aventajó por más de 5 millones de votos), que es el antecedente más claro del tema de este artículo. En esa campaña los medios escogieron al contrincante de Santos, para que fuera fácilmente derrotado en la segunda vuelta, y parece que con esa misma intención en esta ocasión no dudan en mostrar a la lideresa de Alianza Verde como una novedad política, junto al exgobernador de Antioquia, Sergio Fajardo.

López es una buena candidata para la derecha, porque no tiene un proyecto político alternativo al neoliberalismo y combatirá cualquier opción de cambio. Se puede recordar que labró su carrera política de la mano del actual alcalde de Bogotá, Enrique Peñaloza, acompañándolo desde su primer gobierno de la ciudad (1998-2000), compartiendo un programa centrado en la privatización de los activos públicos y en el desarrollo de proyectos de movilidad urbana a favor de las empresas automotrices, de las gasolineras y de los autopartistas.

Angelino Garzón es un equilibrista y hábil político que, sin embargo, sin el apoyo del dinero y del poder mediático-empresarial no hubiera sido el elegido como el representante de la “izquierda” que ejemplifica la “democracia

“Al país no le conviene una coalición de la izquierda”, dijo hace unas pocas semanas[3] la senadora sin explicar las razones para oponerse a tal iniciativa. Tampoco explica su proyecto económico para el país, o la forma en que gestionará la implementación de los acuerdos de paz. Sin duda liderará una candidatura muy cómoda para el poder económico, porque se dedicará a disputar el electorado independiente como contención a cualquier proyecto pos-neoliberal que ojalá surja en la disputa electoral del 2018.

 Angelino Garzón. Dueño de una trayectoria mucho más larga en la vida política que la senadora Claudia López, este precandidato ha dado muestras de ser un verdadero camaleón político, muy consentido por los medios de comunicación y muy cercano al pensamiento del poder establecido, aunque sigue siendo presentado como militante de izquierda.

Es cierto que Angelino Garzón viene de ser militante de la Unión Patriótica, constituyente en 1991 por el M19, presidente de la Central Unitaria de Trabajadores, pero también es cierto que hoy es un político de derechas que devino en ministro de trabajo del conservador Andrés Pastrana (1998-2002), gobernador del Valle apoyado por varios políticos hoy en la cárcel, luego vicepresidente de Juan Manuel Santos representando a Álvaro Uribe (2010-2014). Tiene un prontuario de derechas. Es un equilibrista y hábil político que, sin embargo, sin el apoyo del dinero y del poder mediático-empresarial no hubiera sido el elegido como el representante de la “izquierda” que ejemplifica la “democracia”. Esos medios de comunicación empresariales vienen decidiendo la mejor oposición, la mejor izquierda y la mejor novedad política.

Tal es así, que en la pasada convención ultraderechista del uribismo –en la cual lanzaron el programa de hacer trizas el acuerdo de paz-, Angelino Garzón fue invitado de honor, moviendo con toda la multimedia la idea de ser un político independiente y de estar ayudando, para bien del país, en la conformación de una coalición de la izquierda junto con el uribismo[4], el colmo del cinismo y la mentira, registrada con bombos y platillos por la prensa colombiana y uno que otro despistado. Con esta nueva aparición de Angelino Garzón, queda más claro hacia dónde se dirigen las baterías políticas de la derecha en la próxima campaña: pretenden canalizar al máximo el descontento por el modelo económico neoliberal con campañas de mentira para que el país siga en lo mismo. Con ese discurso el uribismo pretende mostrarse como un partido de “extremo centro”[5] y no de extrema derecha como es realmente.


Notas

[1] http://www.celag.org/la-colombia-negada-del-posconflicto-al-recrudecimiento-del-paramilitarismo/

[2]  http://www.celag.org/el-uso-politico-de-las-encuestas-en-colombia/

[3] http://caracol.com.co/radio/2017/03/24/politica/1490373544_989057.html

[4] http://www.elespectador.com/noticias/politica/angelino-garzon-precandidato-presidencial-del-uribismo-articulo-692294 y http://caracol.com.co/radio/2017/05/04/politica/1493903914_009115.html

[5] https://www.publimetro.co/co/colombia/2017/03/16/izquierda-derecha-extremo-centro-ivan-duque.html

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