Una jornada particular

Por Daniel Seixo

Y no sé ustedes, pero les aseguro que no iremos por las montañas nublosas, ni cruzaremos 5 mil millas de agua, ni seguiremos avanzando por la mitad de Sicilia ni saltaremos de un maldito avión, para enseñarles a los nazis una lección de humanidad. Los nazis no tienen humanidad. Son soldados odia judíos asesinos de masas y tienen que ser destruidos.”

Malditos Bastardos

«Al fascismo no se le discute, se le destruye.»

Buenaventura Durruti

El fascismo es capitalismo en descomposición.

Vladimir Ilyich Lenin

Resultado de imagen de pablo iglesias espinosa

Son malos tiempos ciertamente cuando las plumas de un periodista o de un militante antifascista deben dedicar sus esfuerzos a justificar o argumentar en nuestro estado la necesidad de un antifascismo activo. Son malos tiempos ciertamente, cuando dichos esfuerzos no solo se centran y se dirigen a un conjunto social hasta ese momento escasamente politizado o familiarizado con el antifascismo, sino también a todos aquellos que se suponen militantes de izquierda y por tanto antifascistas. A aquellos que supuestamente, teniendo clara la amenaza, parecen no saber o no querer reaccionar con contundencia frente a ella.

Partamos en este breve análisis del hecho claro y probado de que no existe algo así una única forma universal exitosa para erradicar la amenaza fascista. No existe por tanto algo así como un manual infalible o un libro de recetas contra la amenaza de la ultraderecha, pero sí existen sin embargo ciertos criterios y ciertas pautas de acción que hasta el momento y refrendadas por la experiencia histórica en el combate a la bestia, se han mostrado más éticas y eficaces para contener y enfrentar directamente el discurso fascistas y su violencia.

No estamos hablando precisamente de violencia o confrontación frontal en las calles -tal y como sí se ha llevado a cabo en Grecia o Suecia- y ni tan siquiera nos planteamos a estas alturas la necesidad de recurrir a la ilegalización de partidos -una vía que por otra parte sí se usa habitualmente en el estado español incluso de forma preventiva contra diversos tipos de ideologías rupturistas con el régimen del 39 desde la izquierda- sino que hacemos mención directa a la dialéctica, a la argumentación y a la lógica tras nuestro tejido social y a la forma en la que esta se relaciona con un virus como el fascismo. Con el resurgir del fascismo en un papel activo y operante en la política del estado español, fueron numerosas las voces que desde un inicio nos alertaron acerca de la necesidad de una estrategia clara y concisa para lograr suturar la evidente fuga de valores democráticos que nos habían llevado hasta esa situación. Una realidad en la que el fascismo post Franco, resurgía de su caverna en el corazón de las instituciones para tras el cambio de chaqueta vivido durante la transición regresar con cierto disimulo electoral a las camisas pardas nunca olvidadas.

Debería comprender el señor Pablo Iglesias y todos aquellos que defienden su actitud que la «humanidad» con el fascismo resulta mucho más sencilla en los entornos de privilegio y en las instituciones que en los barrios obreros o en todos aquellos lugares en los que plantar cara al fascismo puede salir realmente caro

Y en ese punto es donde se abrió el debate, algunos, puede que la mayoría, defendieron firmemente y no faltos de razón, la necesidad de contener y aislar a los elementos fascistas en un mar de silencio y desprecio, un páramo de indiferencia y rechazo que sin embargo pronto se mostró ineficaz e irrealizable bajo el paraguas de la sociedad del espectáculo y la banalización de la política. En tiempos de amarillismo y picos de audiencia, los medios de comunicación, capitaneados por La Sexta y su empeño en dar voz a la formación de Santiago Abascal en los debates electorales -pese a la clara normativa en este sentido de la Junta Electoral- pronto transformaron a la formación fascista en el centro de atención del show informativo y político. Amparándose en una supuesta representatividad, por aquel entonces todavía virtual, y en unos supuestos valores del periodismo retorcidos, manipulados y mancillados hasta no quedar nada real en ellos, los medios de comunicación del estado dieron a Vox la plataforma perfecta para lanzar sus soflamas antidemocráticas de una forma legítima y refrendada por la propia reputación de sus canales de transmisión, por duros o contrarios a su mensaje que dijeran ser estos. Cuando Ferreras, Pablo Motos, Ana Rosa Quintana o Susana Griso sientan a Santiago Abascal, Ortega Smith o a Rocio Monasterio en sus platós, no están sino legitimando el derecho del discurso fascista a ocupar un espacio público, el derecho de los radicales de ultraderecha a tergiversar, incendiar y dilapidar nuestros mínimos valores democráticos. Una cosa es que un partido fascista pueda llegar democráticamente a las instituciones y otra muy distinta es que aceptemos su discurso del odio y no solo eso, sino que por encima, les otorguemos un altavoz para difundirlo. Ninguna de las aventuras fascistas y de sus masacres, podría haberse llevado a cabo sin la complicidad o la pasividad de los diferentes medios de comunicación, aprendamos de por tanto de los errores pasados.

Las risotadas y el compadreo parlamentario del líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, con el portavoz de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, tras el acto por la Constitución en el Congreso, se saltan a todas luces y sin duda alguna los mínimos postulados de cualquier estrategia antifascista que se precie. No es que lo diga yo, sino que a poco que uno se moleste en bucear en las hemerotecas, podrá comprobar con suma facilidad como lo hace hasta el propio Pablo Iglesias. (Permitan que no realice por ustedes ese trabajo y les anime a realizarlo por su propia cuenta, ya que quizás parte del problema que hoy nos ocupa como sociedad, parta también de la reciente manía de querer que nos den todo demasiado masticado)

Resulta totalmente incomprensible que la misma semana en que un centro de menores migrantes de Madrid previamente señalado y acosado por Vox- resultase objeto un atentado y apenas días después de que Ortega Smith pretendiese reventar el consenso institucional del Día contra la Violencia de Género, el líder de una formación de izquierda y antifascista se permita el lujo de confraternizar con el portavoz parlamentario de la formación fascista responsable de estos y muchos otros ataques contra las minorías y la izquierda del estado. Resulta del todo incomprensible ese comportamiento y más incomprensible resulta aún que una vez reflexionado y elaborado un argumentario político sobre este hecho, la respuesta de Iglesias y de Unidas Podemos sea que los fascistas también son humanos…

Mire usted, señor Iglesias, también poseían la condición humana Franz Murer o Antonio González Pacheco -entre otros ilustres fascistas- pero le aseguro que cualquier antifascista que se precie realmente de serlo, jamás le dirigiría ni una sola palabra al carnicero de Vilnius, o a Billy el Niño. El principal pilar ideológico del antifascismo y su más efectivo resorte ético, se basa precisamente en la oposición frontal a las ideas fascistas y en el aislamiento social de sus miembros. Las líneas rojas que demarcan nuestra actitud frente a personajes como José Ignacio Vega Peinado, miembro de Vox en Toledo y autor de la brutal agresión que dejó con un 20% de discapacidad a un profesor de la Universidad de Valencia, deben situarse en el contacto cero con cualquier miembro de una formación fascista, más allá claro del estrictamente necesario por las dinámicas parlamentarias establecidas por el sistema democrático burgués. Las risas, las charlas o los gestos cordiales con quienes defienden y sustentan el argumentario fascista en nuestro estado, no son sino una forma de legitimación más para ellas y un insulto directo para todos aquellos que día a día tienen que enfrentar la amenaza fascista en sus barrios, en sus trabajos o en sus centros educativos. Debería comprender el señor Pablo Iglesias y todos aquellos que defienden su actitud que la «humanidad» con el fascismo resulta mucho más sencilla en los entornos de privilegio y en las instituciones que en los barrios obreros o en todos aquellos lugares en los que plantar cara al fascismo puede salir realmente caro. Pareciese olvidar el líder de Podemos, lo que se juegan cada día les militantes antifascistas en las calles de Madrid o en las del resto del estado español.

Las risas y el compadreo con el fascismo resultaron quizás especialmente insultantes e hirientes en el contexto de la celebración de una Constitución que no hizo sino consolidar la derrota de los antifascistas durante la Guerra Civil española, aquellos que todavía hoy siguen en cunetas y cuya única victoria hasta el momento se ha dibujado levemente en la expulsión del dictador de su lugar de honor cuarenta años después bajo ¡Vivas! y justificaciones de su genocidio. Una Constitución mal elaborada, continuista y falta de espíritu antifascista. Una Constitución que representa en mayor medida a los familiares de Espinosa de los Monteros que a los de Pablo Iglesias y por eso mismo hoy, sigo sin saber que carajo encontró de gracioso el líder de Unidas Podemos en todo eso. Me quieren hablar de humanidad con miles de luchadores demócratas en las cunetas, con un panorama laboral desolador, con indices indecentes de desigualdad y con un gobierno supeditado al neoliberalismo antes incluso de echarse a andar… Me hablan de humanidad y a mí me suena a corporativismo a palmadas en la espalda entre nuevos miembros de una clase social o una institución ajena al olor y al dolor de la calle, esa en la que cruzarte con un fascista puede arruinarte el día o la vida si eres negro, rojo, migrante o maricón. Me quieren hablar de humanidad y a mi solo se me viene a la cabeza la palabra cinismo.

Con el resurgir del fascismo en un papel activo y operante en la política del estado español, fueron numerosas las voces que desde un inicio nos alertaron acerca de la necesidad de una estrategia clara y concisa para lograr suturar la evidente fuga de valores democráticos que nos habían llevado hasta esa situación

Los teóricos de entre guerras y los líderes de muchos partidos socialdemócratas no se tomaron en serio en su momento la amenaza fascista hasta que fue demasiado tarde, hasta que los fusiles y las chimeneas comenzaron a constatar irrefutablemente la barbarie y el genocidio. También Hitler, Franco o Mussolini fueron vistos como «humanos» en su momento, también las bases socialistas o anarquistas olfatearon el peligro en aquel entonces mucho antes que sus líderes, tal y como parece suceder de nuevo en nuestros días. No se equivoquen, no lanzo un ataque desmedido contra Iglesias, ni pretendo perjudicar la formación de un gobierno progresista en el estado español que a todas luces veo como el menos malo de nuestros posibles males. No, no es esta la función del artículo que aquí se dispone a rematar, ni debiera ser así interpretada, pero cuando principios tan básicos como el antifascismo parecen ser olvidados o malinterpretados por el líder de una formación cuyo papel político y parlamentario sin duda está llamado a ser sumamente relevante en los próximos años, no es sino responsabilidad de todes aquelles que nos consideremos antifascistas en esta sociedad, llamar la atención sobre las incongruencias tan obvias que en su actuación se esconden.

Desconozco que ha llevado a actuar de estar forma a Pablo Iglesias, pero si me temo e incluso me atrevo a asegurar, que en la formación morada hace falta desde hace ya mucho tiempo, alguien que se atreva de una vez por todas a gritar que el Emperador está desnudo. Resultaría sumamente beneficiosos para su formación e incluso para el futuro político del propio iglesias.

Muchos defensores de Voltaire argumentarán a las palabras vertidas aquí con total sinceridad, la celebre frase: «Me opongo a lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». Debieran recordar sin embargo, que el antifascismo nunca debe ser conciliador con el fascismo, la razón resulta sencilla: no existe en el fascismo sino barbarie y oportunismo, un oportunismo únicamente destinado a localizar nuestras debilidades como militantes antifascistas para lograr erradicarnos. La única dualidad posible se da por tanto entre antifascismo activo y combativo o barbarie.


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2 Comments

  1. Hola Bona nit Bona hora i Bona Sort
    Tengo la impresión de que la opinión de Pablo Iglesias con la foto no se ha entendido.
    Hablaba de las posibilidades de que en una reunión, en el mismo trabajo o con los amigos, hubiese alguien que hubiese votado a vox.
    Se imaginan a los presentes encarandose con alguien de la familia por ser fascista, hechamos a los fascistas del trabajo, que hacemos si de repente un amigo, resulta que vota a vox.
    Estas cosas pueden ocurrir.
    No es actitud corporativa la de Pablo Iglesias, es algo circunstancial.
    Cuando vi la imagen, mucho me temi, que daría mucho que hablar y así ha sido.
    Que Pablo haya reido por lo que sea, no lava la cara a nadie.
    Lo cortés no quita lo valiente

    • Boas Antonio,

      Claro que no podemos encararnos con familiares o amigos por su «opinión» política, la dialéctica y razonamiento lógico deben prevalecer siempre en nuestras relaciones, pero con ellas debemos ser tajantes en nuestra condena firme e inapelable a una ideología tan cruel y a quienes la defienden. En este caso, la crítica que aquí lanzo contra Pablo Iglesias se debe a que el escenario es muy distinto, no podemos, ni debemos compadrear o tener un trato cordial con el fascismo en las instituciones, porque a muchos ojos, esto los puede legitimar e incluso normalizar y nunca la presencia del fascismo puede ser normalizada en democracia. Como dices, creo y espero que esa actitud de Pablo Iglesias ha sido algo puntual y espero y deseo que él mismo y su formación sigan trabajando por combatir al fascismo representado en Vox, tal y como sus votantes hacen. Un cordial saludo y buenas fiestas Antonio. Gracias por su comentario.

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