Últimas noticias de la guerra en el mundo

Otra vez la historia de los olvidados, de los invisibles, de los nadies, de los que mueren sin importar la causa, aunque, muchas veces, tenga que ver más con nosotros de lo que queremos reconocer.

Sarmag, una anciana de Nagorno Karabaj, asegura que defenderá su casa pase lo que pase. Foto: Pablo González

Por Angelo Nero

Comenzamos este año que ahora termina acostumbrándonos a un lenguaje militar propio de un conflicto bélico, la irrupción del Covid-19 propagándose con rapidez por todo el mundo, empujó a muchos gobiernos, el de España fue uno de los que abrazó esta estrategia, a proclamar “la guerra contra el virus”, con comunicados ante las cámaras en las que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, el epidemiólogo Fernando Simón, aparecía rodeado de altos cargos del ejército y de las fuerzas de seguridad del estado.

Mientras nos iban desgranando las medidas que debía acatar la población en la lucha contra un “enemigo invisible”, propias de una amenaza militar, con toques de queda, confinamientos domiciliarios, cierres perimetrales y limitación de aforo en los supermercados, los uniformados apelaban a la movilización de los ciudadanos, “en esta guerra irregular y rara que nos ha tocado luchar, todos somos soldados”, llegó a afirmar el jefe del Estado Mayor de la Defensa, Miguel Ángel Villarroya, apelando a la disciplina y a la obediencia, a la vez que desplegaban unidades militares en las calles de muchos pueblos y ciudades del estado, para que se acataran las normas. Hay que destacar, también, el papel de los medios de comunicación, que no dudaron en apropiarse de este lenguaje militar, utilizando recurrentemente expresiones como “esta guerra la vamos a ganar”, “los sanitarios están en primera línea del frente”, o magnificando las intervenciones policiales contra los que incumplían el confinamiento, como si hubieran descubierto grupos infiltrados de un ejército extranjero.

No he encontrado mejor definición de este estado de alarma bélica que la que escribió Ramón Lobo, un veterano corresponsal de guerra, en El País, a principios de abril de este año: “La Covid-19 no es el nombre en clave de un Ejército extranjero. Carece de armas y aviones. No tiene banderas ni ideología; tampoco habla idiomas. El virus desconoce el significado de una frontera, solo sabe que el cuerpo humano es un buen lugar para sobrevivir y propagarse. Es absurdo iniciar una rueda de prensa con un “sin novedad en el frente” porque no existe ese frente. Nada avanza sobre nuestras posiciones. No hay trincheras, ni primera línea. Ni siquiera, enemigo. Solo es un virus. El abuso del lenguaje militar desvía la atención sobre dos asuntos clave: nuestra responsabilidad en el estallido y la gestión de la pandemia.”

Escribía también Ramón Lobo en ese artículo: “Es un insulto para millones de personas que padecen la verdadera guerra, sea en Siria, Yemen, Libia, Nigeria o Somalia.” Y, desde aquí, desde esta modesta “trinchera” de la información, también nos ha parecido pertinente despedir este año haciendo un pequeño repaso a alguna de las guerras, estas reales, con bombas sobre la población civil y líneas del frente, a las que hemos prestado atención, mientras para muchos otros medios de (des)información masiva seguían estando en la zona de la sombra, como si las víctimas de estos conflictos fueran de segunda. Otra vez la historia de los olvidados, de los invisibles, de los nadies, de los que mueren sin importar la causa, aunque, muchas veces, tenga que ver más con nosotros de lo que queremos reconocer.

Uno de los focos donde hemos centrado nuestra atención ha sido Armenia. La reactivación del conflicto de Nagorno Karabakh, invernado durante veinticinco años, con el ataque azerí iniciado a finales del septiembre pasado, aprovechando que el mundo estaba pendiente de la lucha contra la pandemia, contó con el inestimable apoyo militar turco, en especial con sus drones, que fue determinante en el desenlace de la guerra. Durante dos meses los azerís bombardearon las principales poblaciones de Artsakh, Hadrut, Martuni, Martakert, Shushi, y la capital, Stepanakert, causando graves daños a las infraestructuras civiles y militares, y grandes bajas entre la milicia karabají y el ejército armenio, pero también entre la población civil, que fue forzada a desplazarse hacia la república de Armenia. Ante el avance de las tropas azerís, muy superiores en número, y también apoyadas por milicianos yihadistas traídos de Siria y Libia, y, sobretodo, abrumadoramente superiores en armamento y tecnología militar, Armenia se vio obligada a capitular, bajo el auspicio de Moscú, y firmar una importante concesión territorial, perdiendo las regiones de Aghdam, Gazakh, Kelbajar y, la estratégica región de Lachin, lo que dificulta bastante la continuidad de la República de Artsakh, un estado de facto, pero no reconocido por la comunidad internacional. El dramático desenlace de esta guerra, ha puesto también en graves dificultades la continuidad de Nikol Pashinyan al frente del gobierno de Ereván, ya que las fuerzas opositoras han conseguido canalizar el malestar de la derrota hacia el líder de la “revolución de terciopelo”, que ya ha prometido elecciones anticipadas para febrero del año que viene. También ha quedado en evidencia que tanto Rusia como Europa son malas aliadas de la democracia, y los armenios lo han sufrido en sus carnes, ya que han preferido mirar hacia otro lado, mientras seguían haciendo suculentos negocios con Azerbaiyán.

A nadie se le escapa que Turquía ha sido la gran instigadora del conflicto, y también la gran vencedora, Erdogan no ha dudado en participar, con un número significativo de sus tropas, en el desfile de la victoria celebrado en Baku, junto al presidente Aliev, afirmando que “la lucha sigue en otros frentes”. El conflicto de Nagorno Karabakh está lejos de cerrarse, tan como ha demostrado el ataque del 12 de diciembre de tropas azerís a la región de Hadrut, rompiendo los compromisos firmados en Moscú. Lo cierto es que Turquía tiene muchos frentes abiertos, y ha abierto algunos nuevos este año, disputando el área de influencia, aunque no solo, de Rusia, en muchas repúblicas ex soviéticas, pero también en Irak y Siria.

Un hombre busca sus pertenencias entre los restos de la que era su casa en Stepanakert, capitál de la República de Artsakh. ARIS MESSINIS / AFP

Turquía sigue siendo la gran amenaza no solo para los armenios, sino para muchos otros pueblos del Mediterráneo, del Cáucaso y de Oriente Medio, en especial para los kurdos, a los que combate dentro y fuera de sus fronteras. A la larga guerra interna mantenida contra la guerrilla del PKK desde 1978, a pesar del fallido proceso de paz iniciado en 2015, con cientos de miles de muertos y miles de encarcelados en las cárceles turcas, se ha sumado la guerra contra la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, conocida como Rojava (Poniente, en kurdo), dónde se está desarrollando una auténtica revolución, basada en el Confederalismo Democrático desarrollado por Abdullah Öcalan, el líder del PKK encarcelado, e inspirado por Murray Bookchin. En 2018, ante la inanición de las tropas sirias y rusas, el ejército turco y sus aliados yihadistas, tomaron el cantón de Afrin, uno de los tres que componen Rojava, durante 2019, disputaron la zona fronteriza, avanzando treinta kilómetros dentro de la AANES,  y ahora amenazan con tomar la estratégica ciudad de Ain Issa, situada al este del río Éufrates, en el cruce de las rutas que conectan las ciudades más importantes de la región: Qamishli, Raqqa, Kobane y Manbij. Tras la llegada de las fuerzas estadounidenses a Ain Issa, en 2016, esta ciudad se convirtió en el corazón administrativo de Rojava, y su toma por parte de Turquía equivaldría a destruir la capital de la administración autónoma. El objetivo con la captura de Ain Issa también sería buscar una buena posición para influir en los campos de petróleo de Deir Ez-Zor.

El interés turco por extender su influencia por todo el Kurdistán, ha encontrado un fiel aliado en el gobierno regional del Kurdistán Iraquí (KRG), gobernado por el clan Barzani, al que está empujando a una auténtica guerra civil contra los kurdos de Rojava y sus aliados. En medio de este nuevo conflicto están los yazidís, agrupados ahora en la Asamblea Autónoma Democrática de Shengal (MXDŞ), y protegidos por sus propias milicias, después de sufrir, hace cinco años, un auténtico genocidio por parte del ISIS, que considera a este pueblo “adoradores del diablo”. Liberados de la amenaza del Estado Islámico con la ayuda de las YPG y de las YPJ, y también de las milicias kurdas de Bakur, vinculadas al PKK, los jazidís vuelven a estar amenazados por las milicias yihadistas al servicio de Turquía, y por los peshmergas de Barzani.

Brigadistas del IRPGF posan junto a milicianas de las YPG, junto a una pintada con lemas contra el patriarcado. | IRPGF

Cambiando de escenario, en África también se han activado conflictos que se vinieron gestando a lo largo de este año, concretamente en Tigray, un estado norteño de Etiopía, donde el ejército etíope ha desatado una ofensiva militar ordenada por el primer ministro Abiy Ahmed, que ha volado por los aires el precario equilibrio forjado con el federalismo étnico que, durante tres décadas, mantuvo en el poder a una alianza de amharas, oromos y tigrays, dentro del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (EPRDF), del que formaba parte, hasta que promovió su disolución, el mismo primer ministro. Abiy Ahmed, que llegó al poder en 2019, creo su propia plataforma política, el Partido de la Prosperidad, marginando a los tigrays, hasta entonces mayoritarios en el gobierno, y, aunque en un principio generó gran expectativa tanto dentro como fuera de Etiopía, en especial por la firma de la paz con Eritrea, lo que le valió el premio Nobel de la Paz, no fue capaz de apaciguar las tensiones étnicas que han causado masacres, secuestros y robos entre comunidades, en un país azotado, además, por inundaciones, plagas  y sequías, sumando además la irrupción de la pandemia del Covid-19.

La ofensiva del ejército etíope sobre la región de Tigray, a principios de noviembre, motivó el éxodo de cien mil habitantes de este estado hacia la vecina Sudán, un país que también se ha visto convulsionado por tensiones internas en los últimos años, y con el bombardeo y la toma de Mekelle, la capital rebelde, se ha complicado todavía más la situación humanitaria, ya que las tropas etíopes han cerrado la región a las organizaciones no gubernamentales que han intentado ayudar no solo a los habitantes damnificados por la guerra, sino también a los refugiados eritreos, cerca de 100.000, repartidos en varios campamentos dentro de Tigray. Algunos medios bien informados dicen que el TPLF, el Frente de Liberación Popular de Tigray, podría movilizar unos 200.000 hombres, y que posee abundante armamento pesado, para iniciar una larga guerra de guerrillas, y que los servicios de inteligencia egipcios del general al-Sisi podrían estar trabajando con los rebeldes tigrays.

Sin duda, el conflicto de Tigray, puede ser el detonante para desestabilizar no solo al segundo país más poblado de África, sino a toda una región altamente volátil, ya que afecta, al menos, a Sudan, Egipto, Somalia y Eritrea.

En la otra esquina de África también se ha reactivado un viejo conflicto, el del Sahara Occidental, y también a principios de noviembre, cuando Marruecos atacó a los saharauis que bloqueaban la ruta de mercancías que el reino alauí utiliza para el comercio con otros países africanos, transitando por el sector desmilitarizado de Guerguerat, en la frontera con Mauritania, incendiando sus haimas y hostigando a los civiles desarmados. Esto provocó la respuesta del Frente Polisario, que movilizó sus tropas para proteger a los civiles, iniciando un intercambio de disparos con el ejército marroquí. Se había roto el acuerdo de alto el fuego firmado en 1991, por lo que la RASD (República Árabe Saharaui Democrática) decretó el estado de guerra en todo el territorio saharaui, para dar comienzo a intensos bombardeos de bases militares y puestos de control marroquís a lo largo de todo el muro de seguridad. Los jóvenes saharauis, crecidos en los campos de refugiados de Tinduf,  hartos de esperar por un referéndum que no tiene garantías de producirse, y de una salida negociada, se han apuntado en masa a las academias militares, para combatir al ocupante marroquí.

La Minurso (Misión Internacional de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental) ha resultado un auténtico fracaso, y la antigua potencia colonial, España, ha vuelto a limitarse a hacer declaraciones vacías, apoyando tácitamente al país de Mohammed VI, mientras que EEUU ha añadido más leña al fuego, a mediados de diciembre, reconociendo la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, a cambio del reconocimiento del estado de Israel por parte de reino alauí. Por otra parte, el Frente Polisario no ha dejado de atacar posiciones del ejército ocupante, a lo largo de todo el muro, declarado ya como línea del frente, asegurando que ha causado numerosos daños materiales y bajas entre los soldados que lo defienden, punto que el gobierno marroquí no ha admitido.

También está por ver cómo afecta esta reactivación de la guerra a Argelia, que alberga en el sur de su país a los campos de refugiados saharauis, donde viven 200.000 personas y donde el Frente Polisario mantiene sus bases y la administración de la RASD, reconocida por más de 80 estados, y miembro de pleno derecho de la Unión Africana. Argelia tiene una frontera de más de dos mil kilómetros con Marruecos, con quién nunca ha mantenido buenas relaciones.

Como otra suerte de pandemia, el yihadismo, la guerra silenciosa, ha avanzado también en muchos lugares de África. Especialmente preocupante es la irrupción de Ansar al-Sunna, en la provincia de Cabo Delgado, donde se asienta una importante comunidad musulmana, al norte de Mozambique, realizando cerca de 400 ataques en este año 2020, forzando el éxodo de cientos de miles de desplazados, una de las regiones más pobres del país, a pesar de su gran riqueza en recursos naturales, como gas natural y piedras preciosas. Este grupo insurgente wahabita, asociado al Daesh, no es solo una amenaza para Mozambique, sino para la vecina Tanzania, con más de veinte millones de musulmanes, ya que la frontera común, de más de trescientos kilómetros, es bastante permeable para la infiltración y la propagación de la yihad global. En esta estrategia también está germinando el grupo wahabita al-Shabbab, en Somalia, que ha recrudecido sus ataques con el aviso de la retirada de las tropas especiales de los EEUU que los combaten, así como de los 20.000 hombres de la Misión de la Unión Africana (AMISOM), en especial de las tropas etíopes, que ya han sido reclamadas por su gobierno para unirse a la represión de las milicias tigrays, que, como ya dijimos antes, no se han rendido con la caída de Mekelle, su capital, en manos del ejército federal. Tampoco hay que olvidar a la organización yihadista más poderosa del oeste africano, Boko Haram, responsable de más de 40.000 muertos y de millones de desplazados no solo en Nigeria, donde fue fundada en 2009, sino también de los países donde se ha expandido como un virus, Níger, Chad y Camerún, y de su escisión, la ISWAP, Willat de África Occidental del Daesh, que en los últimos meses del año han asesinado a centenares de campesinos y secuestrado también a centenares de niños, una práctica habitual en estés grupos a los que el presidente nigeriano, Muhammadu Buhari hace tres años, daba por “técnicamente derrotados”.

La guerra continúa cabalgando por el mundo, junto a los otros jinetes del apocalipsis, y no se ha detenido ni tan siquiera por una pandemia global que, lejos de aplazar los distintos conflictos en distintas regiones del globo, solo les ha quitado el foco, las ha retirado de las cabeceras de los periódicos y de los telediarios, para que otra vez los nadies sigan muriendo en la zona de la sombra informativa.

Miembros del grupo yihadista Al Shabaab – REUTERS

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