Tres razones para amar a Pedro Mairal

Por Angelo Nero

Hace ya veinte años, el argentino Alejandro Agresti, iluminó nuestras pantallas con una historia sencilla, en la que un adolescente de la Argentina rural, Daniel, trabajador en un frigorífico, abría una ventana a otro mundo, pirateando la televisión por cable, para fascinarse con una estrella porno, Sabrina Love. El joven, por uno de esos azares que solo pasan una vez en la vida, gana un concurso cuyo premio es pasar una noche con Sabrina, por lo que abandona todo y se va a Buenos Aires para cobrarse el premio. En el camino desde su Entre Ríos natal y la capital argentina, Daniel tiene uno de esos viajes iniciáticos que te marcan, no siempre para mejor, es atracado por militares y adoptado por los obreros, conoce camioneros, camareras y vagabundos. Y en su llegada a Buenos Aires, además conoce una chica, antes de su cita con Sabrina Love, que le hace replantearse muchas cosas.

Disfruté mucho de aquella historia sencilla, una suerte de road-movie, pero sin los fuegos de artificio a los que nos tiene acostumbrados Hollywood, desconociendo quien estaba detrás de la trama, aunque no tardé en descubrir que este se llamaba Pedro Mairal, y que la novela en la que estaba inspirada la película, había conseguido el premio Clarín de novela, otorgado por un jurado en el que estaban, ni más ni menos, que tres de los grandes de la literatura hispanoamericana: Roa Bastos, Cabrera Infante, y Bioy Casares. Y aunque Pedro Mairal siguió publicando novelas y poemarios regularmente, no fue hasta hace un par de años que, curiosamente en la pequeña librería de un cine –otra vez conectando con el argentino a través de la gran pantalla-, el Numax de Compostela, me topé con otro de sus libros: “La uruguaya”, editado en 2016.

En “La uruguaya” nos narra la un momento difícil en la vida de Lucas Pereyra, un escritor que ha pasado la cuarentena, en plena crisis conyugal tras el nacimiento de su primer hijo. Una crisis que viene asociada a otra, la económica, que le obliga a desplazarse a Montevideo, desde Buenos Aires, para cobrar un adelanto de dinero por su próxima novela. Aunque el motivo del viaje sea económico, detrás está el oculto interés de reunirse con una chica, Magalí Guerra, a la que conoció en un encuentro literario, que ha avivado un deseo dormido con su pareja.

Como ya ocurriera con “Una noche con Sabrina Love”, en este libro Mairal hace gala de su humor, un tanto negro, de sus diálogos afilados como navajas, de esos momentos en los que no pasa nada más que los pensamientos propios, y de los que, a continuación, te pueden joder la vida o abrir una ventana a la esperanza. Y como en la anterior novela que había leído del escritor argentino, en esta las páginas avanzan más rápido de lo que quisieras, porque deseas saber lo que viene en la siguiente, pero, a la vez, no deseas que termine.

“La uruguaya” es un libro de derrotas, de amores y deseos con fecha de caducidad, que siempre se conservan en la nevera más tiempo del que debieran, o se consumen con la rapidez de una hoguera, con el pasado a punto de derrumbarse y el futuro a punto de esfumarse, un profundo vacío existencial en el que, para no abandonarse del todo, se suceden algunas estrellas fugaces, aunque tan rápidas que no alcanzan para que las agarres.

Mientras leía “La uruguaya” no podía dejar de pensar en su adaptación al cine, y hace unos meses se conoció la noticia de que Mairal, que también es escritor de guiones cinematográficos, está trabajando en el guión junto al escritor Hernán Casciari, y que el cineasta Diego Peretti quiere dirigirla, y hasta que el cantante Jorge Drexler quiere participar en la Banda Sonora.

Ahora ha llegado a mis manos la tercera entrega de Pedro Mairal, -la tercera para mí, porque no son pocas las novelas, guiones y libros de poesía que ha escrito hasta ahora- “Salvatierra”, una novela escrita en 2008, pero que no había sido publicada en nuestro país hasta principios de este año. Si las dos anteriores propuestas me habían gustado, con este libro el argentino ha terminado de conquistarme.

En el se narra la historia de Juan Salvatierra, un pintor autodidacta que perdió el habla de niño, que a su muerte deja a sus hijos una curiosa herencia, un enorme mural de cuatro kilómetros de longitud, guardado en varios rollos de tela, que pintó hasta el día de su muerte. Su hijo, Miguel, al que se sumará más tarde su hermano Luís, se esforzará por descubrir el significado de esa obra, así como en localizar el rollo que le falta, que esconde un secreto del artista que no conocen sus hijos. En las pinturas de Salvatierra, van encontrando retazos de sus propias vidas, pinceladas de reyertas y traiciones, de negocios turbios y de amores secretos, y van completando, de una forma obsesiva, sus propias biografías.

Es la historia de una pérdida, la de padre, de una búsqueda, la del rollo de pintura, y de un encuentro, el de la propia historia familiar. Como explicó el propio Pedro Mairal: “Yo creo que son dos fuerzas que nos mueven a todos con la relación con los padres y a veces suceden a destiempo. A veces hay un hijo que quiere saber y el otro no quiere saber. Y puede darse en la vida de una misma persona en momentos distintos de la vida. Cada uno procesa los duelos como puede. Algunos niegan y tapan y prefieren ocultar las cosas. Otros para hacer el duelo realmente necesitan escarbar entre los objetos como para reencontrarse con ese familiar muerto en los objetos. Sin duda me interesa más la figura del hijo arqueólogo familiar.”

Realmente en las novelas de Mairal hay algo de arqueología, de una arqueología emocional que es mucho más importante que la acción, que también está en sus páginas, y le imprimé un ritmo particular a sus libros, pero lo que lo convierte en algo excepcional es esa forma de diseccionar los sentimientos de sus personajes. Busquen sus obras en su librería preferida, estos tres, y alguno más, están publicados en el estado español en Libros del Asteroide. En esta misma editorial está “Maniobras de evasión”, una antología de textos publicados en la prensa, seleccionados por la escritora Leila Guerrero, que ya espera en mi mesilla el turno para sumarse a mis lecturas.

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