Todos los hombres desean a otros hombres: el poder masculino y la invisibilidad de las mujeres

El poder masculino no se sostiene únicamente mediante la subordinación de las mujeres, sino también a través de las alianzas que los hombres establecen entre ellos.

Por Isabel Durán Báez | 13/10/2026

Una lectura feminista de Ana Julia Di Lisio.

Para comprender cómo funciona el patriarcado, no basta con analizar las relaciones entre hombres y mujeres. También debemos observar las alianzas masculinas, los vínculos de reconocimiento mutuo y las redes a través de las cuales se construye y se conserva el poder. Mientras las mujeres hemos tenido que luchar para acceder a espacios históricamente vetados, los hombres han ocupado durante siglos las posiciones desde las que se decide quién merece autoridad y reconocimiento. Todos los hombres desean a otros hombres, de Ana Julia Di Lisio, invita a reflexionar sobre estas relaciones y sobre una cuestión fundamental: qué lugar ocupamos las mujeres en un orden social que ha situado a los hombres en el centro.

El poder masculino no se sostiene únicamente mediante la subordinación de las mujeres, sino también a través de las alianzas que los hombres establecen entre ellos.

Esta perspectiva permite desplazar el foco de atención. Durante demasiado tiempo, las mujeres hemos sido el objeto de análisis, las responsables de evitar determinadas violencias y las encargadas de aprender a desenvolvernos en un mundo que no nos ha ofrecido las mismas oportunidades. Mientras tanto, los mecanismos que sostienen los privilegios masculinos han permanecido, con demasiada frecuencia, fuera del debate.

Los hombres en el centro, las mujeres en los márgenes

La historia está llena de hombres que se reconocen, se promocionan y se conceden autoridad mutuamente. Las instituciones políticas, económicas, culturales y religiosas han estado dominadas durante siglos por redes masculinas que han determinado quién podía acceder al poder y quién debía permanecer fuera.

No hablamos necesariamente de conspiraciones ni de acuerdos explícitos. Hablamos de mecanismos cotidianos y, precisamente por eso, difíciles de cuestionar: la confianza depositada en otros hombres, las oportunidades que circulan dentro de determinados círculos, las voces masculinas que se consideran autorizadas y las mujeres que necesitan demostrar constantemente su capacidad para recibir el mismo reconocimiento.

El patriarcado no necesita que todos los hombres actúen de manera idéntica. Le basta con que sus estructuras continúen favoreciendo a unos y colocando obstáculos a otras.

Las mujeres podemos ser imprescindibles para el funcionamiento de la sociedad y, al mismo tiempo, permanecer excluidas de buena parte de los espacios donde se decide cómo debe funcionar. Históricamente, se nos ha asignado el trabajo de cuidar, sostener los vínculos y atender las necesidades ajenas, sin que esa contribución se traduzca en una distribución equitativa de la autoridad, los recursos o el reconocimiento. Ser necesarias no es lo mismo que tener poder.

La mujer como instrumento de un orden masculino

Los apartados que el libro dedica a la mujer como objeto, a la pornografía, la prostitución y las mujeres de confort abren una reflexión sobre las distintas formas en que el cuerpo y la posición social de las mujeres pueden quedar subordinados a intereses ajenos.

Desde una perspectiva feminista, resulta imprescindible preguntarse qué estructuras convierten a las mujeres en objetos de consumo, mercancías o instrumentos de dominación. No se trata de reducir realidades diferentes a una única explicación, sino de examinar las relaciones de poder que pueden atravesarlas.

La cuestión no es exclusivamente sexual. Es política.

Cuando las mujeres son valoradas por su disponibilidad, sus cuerpos se convierten en productos o su dignidad queda subordinada a las necesidades de otros, se manifiesta una concepción profundamente desigual de las relaciones humanas. Por eso, debemos preguntarnos quién se beneficia de esa desigualdad, qué intereses económicos la alimentan y qué ideas permiten justificarla.

La historia de las mujeres de confort, sometidas a esclavitud sexual por el ejército imperial japonés, constituye una expresión extrema de esa instrumentalización. Sus experiencias nos recuerdan que la violencia contra las mujeres no puede entenderse únicamente como una suma de actos individuales: también puede institucionalizarse y ponerse al servicio de estructuras de dominación.

Cambian los contextos, las formas y las justificaciones. Sin embargo, sigue siendo necesario cuestionar los sistemas que despojan a las mujeres de su condición de sujetos y las subordinan a intereses ajenos.

La complicidad también es una estructura de poder

Esta reflexión nos obliga a mirar más allá de las conductas individuales.

Es relativamente sencillo condenar una injusticia cuando podemos señalar a una persona concreta como responsable. Resulta mucho más difícil reconocer los mecanismos cotidianos que permiten que se reproduzca: quién calla, quién mira hacia otro lado, quién protege a sus iguales y quién considera que determinadas situaciones no son asunto suyo.
La complicidad masculina no implica que todos los hombres piensen igual ni que compartan idénticas responsabilidades.

Significa reconocer que las relaciones entre hombres pueden contribuir a mantener jerarquías que perjudican a las mujeres, especialmente cuando la lealtad al grupo pesa más que el cuestionamiento de sus privilegios.

Por eso, la igualdad no puede depender exclusivamente de que algunos hombres se consideren buenas personas.

Necesitamos transformar las prácticas y las instituciones que permiten que la desigualdad se perpetúe.

No basta con rechazar la violencia de manera abstracta. También hay que cuestionar las estructuras que la normalizan, las relaciones que la encubren y las ideas que presentan los privilegios masculinos como algo natural.

Dejar de pedirles a las mujeres que se adapten

Una de las cuestiones más importantes que plantea esta lectura es la necesidad de cambiar las preguntas.

En lugar de preguntarnos continuamente qué debemos hacer las mujeres para evitar la violencia, conseguir reconocimiento o hacernos un lugar en determinados espacios, deberíamos examinar por qué seguimos encontrando tantas barreras y qué mecanismos las mantienen.

No necesitamos aprender a encajar en un sistema desigual. Necesitamos cuestionarlo.

Tampoco necesitamos que se nos conceda un espacio como si la igualdad fuera una generosidad de quienes siempre han tenido el poder. Tenemos derecho a participar en condiciones de igualdad, a disponer de autonomía y a ser reconocidas como sujetos con voz propia.

Todos los hombres desean a otros hombres invita a desplazar la mirada hacia las relaciones masculinas y su conexión con las estructuras sociales. Una perspectiva valiosa para un feminismo que no quiere limitarse a describir las consecuencias de la desigualdad, sino que aspira a comprender sus mecanismos.

El patriarcado no es únicamente una cuestión de relaciones privadas: es también una estructura que determina quién recibe reconocimiento, quién toma las decisiones y quién queda subordinada.

Por eso, el problema no es que los hombres se reconozcan entre ellos, sino que ese reconocimiento contribuya a mantener un orden que excluye a las mujeres. No podemos hablar de igualdad mientras las redes masculinas funcionen como espacios de legitimación mutua y las mujeres tengamos que demostrar una y otra vez que merecemos ocupar el lugar que nos corresponde.

El feminismo no puede conformarse con pedir que nos abran las puertas. Tiene que cuestionar quién las construyó, quién conserva las llaves y por qué tantas mujeres siguen encontrándolas cerradas. Porque la igualdad no consiste en que los hombres nos permitan entrar en un mundo diseñado históricamente sin nosotras, sino en transformar las estructuras que han hecho posible nuestra exclusión.

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