SOS Lesbos

No se trata de Lesbos, ni del Mediterráneo Oriental o de una "crisis migratoria puntual", sino que hoy nos enfrentamos a un desafío como sociedad

Por Daniel Seixo

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La continuada hambruna, unos impuestos sin duda excesivos para todos aquellos desheredados del sistema, la dureza del servicio militar obligatorio o directamente los tambores de guerra… Fueron muchas las causas que llevaron a más millones de españoles a emigrar en diferentes olas entre 1860 y 1970 y múltiples también fueron los motivos y los destinos de quienes apenas con un billete de barco y la pecunia justa para alcanzar tierra firme, dejaron atrás a sus familias, su hogar y sus escasas pertenencias, para buscar un futuro.

Cuba, Argentina, Uruguay, México, Brasil, Venezuela, Estados Unidos, pero también Alemania, Francia, Reino Unido, Holanda o Suiza. Muchos de los que ahora mismo leéis estas líneas desde la firmeza de lo que consideráis vuestro hogar, con total seguridad, no tendréis mayores dificultades a la hora de encontrar una conexión directa entre vuestra historia familiar y personal y la de tantos otros que en estos mismos momentos se ven abocados a abandonar su tierra en busca de un futuro mejor. Como gallego y como europeo, me costaría mucho entender que no sea así.

Mientras escribo estas líneas, sirios, afganos, iraquís y demás migrantes y exiliados de la miseria y la guerra provocada por los intereses materiales occidentales, continúan llegando a la isla griega de Lesbos, tras el uso geopolítico que Recep Tayipp Erdogan ha decidido imponer a los casi 3,5 millones de personas desterradas que todavía hoy se encuentran en territorio turco, fruto del acuerdo migratorio firmado en marzo de 2016, a iniciativa de la canciller alemana Angela Merkel, entre la Unión Europea y Ankara. Un polémico acuerdo gestado como una solución de emergencia para intentar contener la crisis migratoria provocada por las diversas oleadas de exiliados que huían del horror de las guerras en Libia, Irak o Siria y que pese a lograr reducir considerablemente las entradas irregulares por la ruta del Mediterráneo Oriental entre Turquía y Grecia, terminó por convertirse en una decisión estratégica de doble filo, al dotar al presidente turco de una poderosa arma de presión política con la que dejar a Bruselas indefensa ante el chantaje, tal y como ya venía sucediendo desde hace décadas con otros estados escasamente democráticos a los que Europa había subcontratado, previo pago de ingentes cantidades económicas, el cuidado de las fronteras comunitarias.

Olvidamos y perdonamos el cinismo y el «genocidio pasivo» cometido por aquellos que en 2010 negociaban sin inmutarse con Muamar el Gadafi la protección de las fronteras europeas frente al «movimiento de africanos hambrientos y no instruidos» y al día siguiente bombardeaban y asesinaban al líder libio espoleados por oscuros intereses económicos

El actual caos y desesperación en el que se sume la frontera oriental europea, hunde sus profundas raíces en el intervencionismo militarista contra la Libia de Muamar al Gadafi y el papel subordinado del viejo continente al imperialismo estadounidense en el interminable avispero sirio. Pero también lo hace a su vez, en la concepción misma de una comunidad política nacida para propiciar la integración económica entre estados, obviando deliberadamente la gobernanza y el respeto común entre los pueblos de Europa y su entorno.

La decisión tomada por Tayyip Erdogan, abriendo las puertas de Europa a miles de exiliados y migrantes, responde sin duda alguna a las propias indigencias de Ankara tras el duro golpe militar asestado a las tropas turcas en el norte de siria por el ejército de Bashar al-Ásad con apoyo ruso, pero también a las profundas miserias de la Unión. La amenaza de ruptura con el acuerdo migratorio de 2016, denota una vez más la debilidad de una Europa que en plena espiral de decadencia moral y geopolítica, ha vuelto a comprobar de primera mano como las guerras que en el bloque árabe inician los proyectos estratégicos de la OTAN, terminan irremediablemente amenazando a sus propios intereses.

Tras sufrir en sus carnes las consecuencias del terrorismo de Daesh y adoptar un nuevo acuerdo con el diablo para lograr reducir la llegada de desplazados al continente y con ello las crecientes tensiones sociales y políticas en los estados miembros, especialmente el auge de los movimientos y partidos xenófobos de corte ultraderechista, la Unión Europea ha comprobado como su supuesto socio turco decide jugar la baza migratoria para presionar a los 27 con el objetivo de que tomen partido en las particulares aventuras geopolíticas de gobierno de Ankara. La represión contra las milicias turcas, pero también contra la oposición interna, la invasión militar del norte de Siria con el visto bueno de Estados Unidos, las crecientes tensiones con Rusia, los continuos ataques a la libertad de prensa y la violación de gran parte de los DDHH o el expansionismo en Libia y en las fronteras marítimas del Egeo, dejan claro que para Erdogan el control de la frontera oriental comunitaria supone una importante baza política y no tiene reparo alguno a la hora de jugarla.

Imágenes de familias huyendo con sus hijos en brazos mientras los antidisturbios griegos los asaltan indiscriminadamente con gas pimienta y sofisticados equipos antimotines, cuerpos de migrantes abatidos por disparos de las fuerzas policiales helenas, maniobras con fuego real como método de disuasión, turbas incontrolables –o sin intención de ser controladas– de fascistas dedicándose a amedrentar a familias demasiado exhaustas como para responder de otro modo que no sea con el temor más absoluto… Y políticos, sociedades y medios de comunicación, demasiado habituados al horror, a la verdadera cara de un genocidio que esta vez se muestra sin cruces gamadas, ni aliados. Toda una estrategia perfectamente elaborada y coordinada que consigue transformar rápidamente la indignación y la rabia social en indiferencia. Hoy podemos conmovernos con la muerte de Alyan Kurdi, un niño sirio de apenas tres años, para mañana hacernos en apariencia inmunes a tantos otros niños muertos cada día en las aguas del Mediterráneo.

Sirios, afganos, iraquís y demás migrantes y exiliados de la miseria y la guerra provocada por los intereses materiales occidentales, continúan llegando a la isla griega de Lesbos, tras el uso geopolítico que Recep Tayipp Erdogan ha decidido imponer a los casi 3,5 millones de personas desterradas que todavía hoy se encuentran en territorio turco

Resultaría sencillo centrar los reproches editoriales y políticos de esta barbarie contra el gobierno y la sociedad griega, ignorando con ello la represión económica y la alineación política que la propia Unión Europea ejerció de forma totalitaria y antidemocrática contra esa misma sociedad tras la victoria plebiscitaria de Syriza y su posterior desafío en solitario a las medidas de austeridad con las que Europa pretendía salir de la crisis económica de 2008. Resultaría sencillo, incluso rentable, pero realmente no sería justo.

Al igual que la Europa del Este y los Balcanes se convirtieron en 2015 en el perfecto chivo expiatorio al contener de manera indiscriminada el flujo migratorio en su camino a la parte privilegiada del continente, hoy Grecia no supone sino otra cabeza de turco para la política de Bruselas, un apéndice más en el cuerpo de una Unión diseñada y desarrollada para absorber o rechazar los flujos humanos según sus necesidades materiales y políticas lo requieran. No nos equivoquemos, cuando en el verano de 2015, Hungría, Polonia y República Checa se negaron a acoger a los solicitantes de asilo, utilizando para ello fuerzas policiales y parapoliciales de ultraderecha, lo hicieron conscientes de que las vallas que levantaban a su paso no contradecían realmente los auténticos designios europeos, sino que lejos de eso, la política de cuotas y la supuesta solidaridad del bloque de Bruselas, escondía tras su débil discurso mediático y populista una acuciante falta de responsabilidad y solidaridad entre los Estados miembros.

El miedo electoral al avance de la ultraderecha, creada por las propias condiciones materiales de la Unión económica europea, tras el paso de la reestructuración neoliberal que supuso la crisis económica iniciada en 2008 y la espiral discursiva y programática a la que esto nos ha conducido, dibuja hoy ante nosotros un panorama en el que la violencia indiscriminada contra seres humanos es analizada social y políticamente como un mero asunto de control de fronteras o de defensa de la soberanía nacional. Nos encontramos inmersos en un inquietante delirio delirio colectivo, no existe otra explicación posible.

«Apoyo total a las medidas del gobierno griego en la frontera con Turquía«, con esas palabras ante la prensa, Dimitris Avramopoulos, comisario europeo de Inmigración, despachaba todo este asunto. Apoyo total a eliminar el Derecho de Asilo por parte de Grecia, una medida insólita y de consecuencias todavía impredecibles, apoyo total a las redadas masivas y a presencia de grupos policiales y ultraderechistas que acosan mano a mano a los migrantes por las callejuelas de Mytilini, apoyo también a la creación de un clima social irrespirable en Lesbos con claros tintes racistas, tras haber permitido que la isla se convirtiese en un campo concentración para migrantes y a un relato mediático que nos habla de la frontera turco-griega y las presiones de Erdogan a Bruselas, pero que apenas nos dice nada del cerca de millar de personas que desesperadamente intentan salir de Idlib. Y es que hablar de la frontera Sur supondría abrir el melón de nuestras responsabilidades, nuestros errores y la profunda debilidad de Bruselas en un escenario internacional en el que no hace sino replegarse en la delirante idea de una Europa fortaleza que nada tiene que ver con aquel continente capaz de exportar ideales y valores al mundo entero. Curiosamente, los malos tiempos de la economía y la perdida del poder estratégico europeo, coinciden con nuestra perdida de los más básicos pilares humanistas. Algo en lo que hoy, pese a la obviedad, nadie parece reparar.

No podemos permitir ni un segundo más que bajo el epígrafe de un «grupo migratorio mixto», se escondan oscuras subcontratas con RabatAnkara, Trípoli o cualquier otro país dispuesto a realizar el trabajo sucio cuya responsabilidad todavía nos avergüenza asumir

La indecencia debe cesar. La mal llamada posverdad debe dar paso a la luz y los taquigrafos sobre nuestro papel como sociedad en esta crisis de dimensiones ya inabarcables, antes de que la historia nos juzgue, porque lo hará. La razón y la humanidad debe regresar inmediatamente al Mediterráneo Oriental, pero también a la ruta del oeste Mediterráneo. No podemos permitir ni un segundo más que bajo el epígrafe de un «grupo migratorio mixto», se escondan oscuras subcontratas con RabatAnkara, Trípoli o cualquier otro país dispuesto a realizar el trabajo sucio cuya responsabilidad todavía nos avergüenza asumir. Las devoluciones en caliente, el acoso y ostracismo al que se ven sometidas las ONG, las fronteras militarizadas, los Centros de Internamiento para Extranjeros, la lógica de los «sin papeles»… Cuestiones todas ellas que pese al dictamen de nuestros tribunales, conocemos perfectamente que atentan contra los más básicos derechos de los seres humanos.

El cuerpo sin vida de Marouane Abouobaida, el impune crimen de estado cometido en Tarajal, la desesperación y muerte de Fatima B y tantas otras porteadoras que en sus carnes todavía hoy cargan con el peso de un sistema profundamente injusto, el abyecto retorno del negocio de la esclavitud a Libia o los miles de «desaparecidos» en las aguas del Mediterráneo, encarnan también a su modo a los miles de jóvenes de familias humildes que en el estado español y en muchas ocasiones de forma clandestina abandonaron su hogar para intentar labrarse un futuro lejos del hambre, la miseria o la guerra. Hoy la desmemoria y la falta de profundidad en nuestros análisis, nos impiden reconocer en el sufrimiento del pueblo sirio nuestras propias miserias y contemplar en los ojos de los migrantes que llegan a nuestras costas, la necesidad de esperanza de nuestros propios antepasados. Olvidamos y perdonamos con ello el cinismo y el «genocidio pasivo» –a cada momento menos pasivo– cometido por aquellos que en 2010 negociaban sin inmutarse con «El Perro Rabioso de Oriente Medio«, Muamar el Gadafi, la protección de las fronteras europeas frente al «movimiento de africanos hambrientos y no instruidos» que según sus propias palabras, amenazaban con imponer una «Europa negra» y al día siguiente bombardeaban y asesinaban al líder libio espoleados por oscuros intereses económicos, dando inicio a un movimiento geopolítico por el que hoy millones de personas se han visto obligadas a abandonar su hogar. No olvidemos que tras el dolor de miles de exiliados, existen responsables, muchos de ellos en nuestras propias instituciones.

Grecia no supone sino otra cabeza de turco para la política de Bruselas, un apéndice más en el cuerpo de una Unión diseñada y desarrollada para absorber o rechazar los flujos humanos según sus necesidades materiales y políticas lo requieran

No se trata de Lesbos, ni del Mediterráneo Oriental o de una «crisis migratoria puntual», sino que hoy nos enfrentamos a un desafío como sociedad, a un impasse político que definirá el futuro de la Unión Europea y del continente en su conjunto. Inmersos en una aparente sociedad global en la que los muros y las fronteras curiosamente retoman su viejo protagonismo, nuestro reto como sociedad y como comunidad política, consiste en mostrarnos capaces de liderar un proyecto de integración que se muestre capaz de responder a las solicitudes de acogida de los exiliados, cuando resulte necesario, y actúe de forma firme y conjunta para que ni el imperialismo económico, ni las guerras por recursos o poder, obliguen una vez más a los pueblos a tener que abandonar su tierra natal. Hoy el grito de socorro en Lesbos, supone nuestro propio grito como una sociedad que se ahoga en su propia desidia e inhumanidad.

 


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