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Para avanzar hacia un Sahara libre, es fundamental no solo regenerar el movimiento político, sino también fortalecer los cimientos de la sociedad saharaui.
Por Héctor Bujari Santorum | 7/01/2024
No veo posibilidad alguna de una transición ecológica bajo el capitalismo, ni bajo un sistema que antepone la maximización de beneficios a cualquier otra consideración.
A lo largo de la historia, el capitalismo ha sido estructurado para explotar recursos naturales sin considerar los límites ecológicos, y sus políticas neoliberales han externalizado los costos ambientales y sociales. Esto ha hecho casi imposible una transición que realmente resuelva la crisis climática, ya que el sistema sigue operando bajo la lógica de la acumulación infinita.
Para los liberales, la crisis climática es simplemente un «problema de cálculo». Es decir, proponen incrementar los impuestos sobre la contaminación para corregir el problema, generando un desajuste en la relación entre pérdidas y beneficios. Esta solución no sería tan mala si no tuviéramos en cuenta que la realidad europea no se ajusta a la de otras regiones del mundo. Sin embargo, el mercado de carbono ha funcionado precisamente como eso: un “ajuste” que, en realidad, no ha avanzado en la reducción de emisiones.
El problema del mercado de carbono radica en que, lejos de incentivar una disminución real de emisiones, ha dado lugar a la especulación. Las empresas compran permisos de emisión sin cambiar sus prácticas productivas, creando una falsa sensación de progreso mientras siguen contaminando. Este mecanismo ha sido particularmente ineficaz, ya que solo permite a las grandes empresas ‘compensar’ sus emisiones a través de proyectos que no abordan la raíz del problema.
De hecho, cada año, a excepción del año del COVID, hemos batido récords de emisiones. Es cierto que hemos incrementado la eficiencia, ya que cada año se genera más beneficio con la misma cantidad de emisiones.
Más allá de nuestras fronteras, existen lo que denominamos zonas de sacrificio. Estas zonas son un reflejo de un colonialismo verde que prioriza la explotación económica a expensas de los derechos humanos y el medio ambiente de las poblaciones locales. En muchos casos, los países del Sur Global sirven como vertederos de desechos tóxicos, reservas de recursos naturales o territorios para la extracción de minerales sin consideración por las consecuencias ecológicas. Este modelo de explotación no es diferente al colonialismo histórico, donde los pueblos eran despojados de sus recursos para beneficiar a potencias extranjeras.
Esta dinámica en relación con los recursos no es tan diferente de las zonas que sirven como reservas de mano de obra, siempre que los recursos energéticos lo permitan.
Así, la dinámica de las zonas de sacrificio se presenta como paralela a las reservas de mano de obra en muchos casos.
En cuanto al caso saharaui, no debemos ignorar esta realidad, pero en la situación actual no puede ser nuestra prioridad principal, ya que no contamos con los medios necesarios.
Hoy, nuestras necesidades pasan por la regeneración del movimiento revolucionario, la propuesta de ideas y el retorno a los principios revolucionarios, fundamentados en el sacrificio. La pregunta debe cambiar de «¿Qué puede hacer el Frente POLISARIO por mí?» a «¿Qué puedo hacer yo por el Frente POLISARIO?», ya que el Frente POLISARIO es cada saharaui, y el futuro del pueblo está ligado a él.
Por eso, el cambio generacional es inevitable, pues el reloj del tiempo no se detiene. No se trata de un relevo de figuras políticas, sino de un aporte de ideas.
Para avanzar hacia un Sahara libre, es fundamental no solo regenerar el movimiento político, sino también fortalecer los cimientos de la sociedad saharaui.
Comencemos por el trabajo en clave nacional: es necesario desarrollar el estado saharaui en el exilio, mejorando aspectos fundamentales como la educación, la sanidad, la seguridad y el ejército. Además, la preservación de la identidad cultural saharaui es crucial para que la lucha por la autodeterminación no solo sea política, sino también una reivindicación de la memoria.
En cuanto al ámbito climático, es cierto que existe un margen de acción. En primer lugar, se debe trabajar en la comunicación. Marruecos incluye en sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDCs) proyectos que se realizan en el Sahara Occidental ocupado. Estos NDCs no pueden ser impugnados legalmente, ya que son, en realidad, una declaración de intenciones de los países en cuanto a su contribución al cambio climático. Así, Marruecos se beneficia en este aspecto.
La RASD no está reconocida por las Naciones Unidas como un estado dentro de las COPs, lo cual tiene implicaciones en las conversaciones sobre cambio climático. En primer lugar, esto significa que la RASD no puede participar en el mercado de carbono, lo que le impide obtener beneficios de la especulación con este. Tampoco tiene acceso a diversos fondos internacionales, como el Fondo Verde para el Clima, que es un fondo destinado a la adaptación, ni al Fondo de Pérdidas y Daños, el cual aún enfrenta dificultades para su implementación.
Una de las posibles acciones que podría emprender la RASD sería colaborar con países altamente afectados por el cambio climático, como algunos estados africanos del Sahel o naciones insulares, en la definición del concepto de «refugiado climático».
El reconocimiento de los refugiados climáticos es crucial, ya que muchos de los desplazamientos forzados están vinculados a la desertificación y a la falta de recursos, lo cual podría abrir nuevas oportunidades de financiación a través de organismos internacionales como ACNUR, además de fortalecer la causa saharaui al posicionarla dentro de las conversaciones globales sobre justicia climática.
Además, hay sospechas de que Marruecos está utilizando el Fondo Verde para el Clima para financiar proyectos en los territorios saharauis ocupados, como desaladoras en Dajla. Si estas sospechas se confirmaran, sería posible impugnar esos proyectos legalmente.
Es cierto que esta es una tarea de investigación compleja, pero de confirmarse, podría tener un impacto económico significativo para el ocupante.
Creo que esto proporciona algunas ideas sobre el tema. Personalmente, considero que esta cuestión solo podría abordarse de manera efectiva a nivel social en un Sahara libre. Para lograrlo, debemos centrarnos en fortalecer nuestra lucha. Si los campamentos se consideran una realidad temporal, no veo conveniente invertir esfuerzos en desarrollarlos con estructuras permanentes e inamovibles.
Sin embargo, creo que sí es relevante llevar a cabo una batalla legal que perjudique económicamente a Marruecos, trabajar en la definición del término «refugiado climático» y en la gestión de fondos para adaptación y pérdidas y daños, ya que todo esto puede ser útil para un futuro Sahara liberado.
La lucha por un Sahara libre no debe limitarse a los aspectos legales, sino que también debe implicar una visión concreta de lo que queremos para el futuro.
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