Capuchas, reyes y silbatos: La triada que dinamitó Torre Pacheco mientras España miraba

Comprender lo sucedido en Torre Pacheco exige señalar dos cuestiones: la miopía voluntaria sobre Marruecos, y el paternalismo progresista que convierte al migrante en ser de luz abstracto.

Por Héctor Bujari Santorum | 16/07/2025

La víctima, identificada únicamente como Domingo, de 68 años, caminaba como cada mañana hacia el cementerio cuando se cruzó con tres jóvenes. No solo le fracturaron el tabique nasal: con aquel ataque se rompió el frágil pacto de convivencia de un municipio de unos 40.000 habitantes, donde cerca del 30 % de la población es de origen extranjero.

Lo que vino después, ataques a comercios y una actuación policial discutida, no fue «justicia para Domingo». Fue un guión escrito por los nazis en la calle, abandonado por el Estado desde sus despachos, y aprovechado sin pudor por Marruecos.

Lo cierto es que, antes del incidente, ya se estaban produciendo movimientos relevantes en el contexto político:

  • 5/julio: El PP recibe oficialmente al delegado del Frente Polisario en su Congreso Nacional.
  • 8/julio: Respuesta marroquí: Marruecos cierra las aduanas de Ceuta y Melilla.
  • 9/julio: Estallaron los disturbios en Torre Pacheco tras la agresión al anciano.
  • 10/julio: Carta a Alberto Nuñéz Feijóo de Nizar Baraka, secretario general del Istiqlal y ministro de Fomento de Marruecos.
  • 12/julio: Marruecos reactiva el Comité de Liberación de Ceuta y Melilla tras 11 años inactivo.

De los 13 detenidos, solo 3 responden por la agresión al anciano que originó los disturbios. Además, la Guardia Civil ha identificado a 120 personas, a muchas de las cuales les retiraron objetos que podían ser utilizados como armas, según informó el coronel Jefe de la Guardia Civil en la Región de Murcia, Francisco Pulido.

Esa misma noche en Torre Pacheco, mientras nazis y lúmpenes destrozaban kebabs y convertían las calles en su coto privado, los cuerpos de seguridad que, semanas atrás, actuaban contra obreros en Cádiz sembrando terror con porras y pelotas de goma daban marcha atrás con sus vehículos. Silencio cómplice para un gobierno que necesita espectros de ultraderecha… mientras financia el monstruo con su pasiva cobardía.

En medio del caos, negocios como el de Hassan, propietario de un kebab, se vieron afectados. «Fueron cinco minutos muy duros», relató. Estaban «encapuchados con piedras y machetes. Algunos clientes se refugiaron en el baño; nosotros escapamos por la parte trasera, pero había más personas esperándonos». Su testimonio refleja el temor vivido por comerciantes que se encontraban completamente ajenos al conflicto.

Tras las capuchas neonazis no hay ideólogos, sólo mercenarios de la violencia que graban sus hazañas para esconderse después. Mientras estos matones jamás son llamados lumpen (término reservado celosamente para la población magrebí), muchos callan su doble juego. Hablo de esa generación de marroquíes que en España fingen rebeldía antisistema, pero en privado son lamebotas del rey Mohammed VI, coreando consignas de la DGED (servicios secretos marroquíes) entre oraciones dirigidas por imames-espías. ¿Y quién paga el patrón? Los únicos inocentes: la mujer que pica fresas en Huelva y los trabajadores dignos, los que cruzaron el Estrecho para tejerse una vida digna.

España y Europa los usan como ejército laboral de reserva —igual que Francia usa a nuestros jóvenes en sus viñedos, o Suiza en sus hoteles—. Son carne de cañón del capital transnacional: hoy en los invernaderos de Torre Pacheco, mañana en los almacenes de Amazon. Rotos por la máquina, usados como chivos expiatorios, y abandonados por un Estado que sólo recuerda su existencia cuando convierte sus barrios en campos de batalla.

Comprender el drama de Torre Pacheco exige desmontar dos mentiras vitales, primero: la miopía voluntaria sobre Marruecos. Muchos opinan desde el desconocimiento —cuando no la fantasía— sobre el reino alauita. Ignoran que allí nada es lo que parece, ni siquiera lo que el cinismo más extremo pudiera imaginar. Bajo la fachada de monarquía moderada late un Estado híbrido donde servicios secretos (DGED), imames y narcotraficantes bailan al son del mismo guionista: el palacio real. Quien no entienda esta maquinaria de triple fondo, jamás logrará descifrar lo ocurrido en Murcia.

Marruecos no es un país amigo de España, sino su principal adversario. Se envalentona ante la falta de respuesta y la debilidad del gobierno español, y además sabe que cuenta con el respaldo de Estados Unidos e Israel. Esa es la realidad.

Después, el paternalismo progresista que convierte al migrante en ser de luz abstracto. Este racismo acomplejado —tan dañino como el de la ultraderecha— oculta una verdad incómoda: sí existen delincuentes marroquíes, como en cualquier comunidad de 5.000 personas. Pero reducir a todos a esa etiqueta es tan estúpido como negar su existencia.

El verdadero crimen es el análisis perezoso: o santificamos o demonizamos.

Siempre llegan tarde. Los mismos que hoy instrumentalizan la causa saharaui —anunciando apoyos teatrales o retiradas estratégicas según convenga a su relato— son conspicuos ausentes en la trinchera diaria de la resistencia. Su activismo de salón se reduce a señalar con dedo acusador las posturas de los propios saharauis, mientras la realidad grita: la lucha real les importa un bledo. Todo es pura instrumentalización política, un cambalache donde la dignidad de un pueblo se convierte en moneda de cambio.

Como denuncia un conocido activista antirracista: «Empezar el día escuchando al alcalde de Torre Pacheco vincular inmigración y delincuencia sin datos —solo «su percepción»—, para luego ver a Marlaska pontificar sobre derechos humanos… el mismo Marlaska de la Masacre de Melilla». Aquí, una corrección necesaria: fue en Nador, no en Melilla. Que un activista «olvide» el lugar no es descuido: es estrategia. Porque así diluye responsabilidades. La matanza la ejecutaron verdugos concretos: la policía marroquí bajo órdenes de su régimen, con la burguesía local aplaudiendo y el gobierno español como cómplice necesario. Manipular el topónimo es el primer paso para blanquear la sangre.

Cuando alguien de origen migrante comete un delito, se le aplica la ley exactamente igual que a cualquier otra persona. Son gente que vive y trabaja aquí, y punto. Aquí los fascistas son unos, pero cómplices hay demasiados. Así que, si de verdad queremos apuntar más alto, miremos a quién le interesa que pase todo esto. Si la “revuelta” en Torre Pacheco hubiera sido contra la patronal explotadora que tienen allí, ya habrían mandado las tanquetas.

Los barrios obreros se han convertido en suburbios marginados, con problemas económicos, culturales y de convivencia. Un discurso proinmigración vacío, sin plan social ni urbanístico, no da condiciones dignas a la clase trabajadora, incluidos los migrantes, que ven sus barrios deteriorarse. Así es como el fascismo penetra: por la dejación de una socialdemocracia que dice defenderlos pero hace parte de las élites autoproclamadas.

Marruecos promueve el islam malikí, controlado por el rey Mohamed VI como «Comandante de los Creyentes». A través del Instituto Mohammed VI, forma imames para Europa como alternativa al salafismo, ganando respaldo institucional. En España, alrededor del 40 % de los imames se han formado allí. Muchos no solo lideran mezquitas, sino que también ejercen control social sobre la comunidad magrebí y difunden la línea oficial de Rabat. Así, Marruecos vigila a su diáspora, controla el discurso religioso y evita críticas al régimen. Algunas federaciones islámicas en España tienen vínculos directos con el gobierno marroquí, como el Consejo Superior de Ulama, cuyos miembros son elegidos por el rey y actúan desde dentro del país.

Según fuentes del Ministerio del Interior marroquí, Rabat ha financiado presiones políticas mediante el tráfico de drogas, fortaleciendo su posición diplomática: un auténtico “narcoestado diplomático”.

Redes criminales combinan inmigración irregular con tráfico de hachís. Por ejemplo, una red de Ceuta a Ibiza usó menores como patrones para transportar inmigrantes y 22 kg de hachís, facturando 2,5 millones de euros.

Además, Marruecos ha usado crisis migratorias como herramienta de presión, relajando fronteras en momentos de tensión diplomática. Ejemplo claro: la crisis de mayo de 2021 en Ceuta, con 8 000 migrantes en 48 horas, que forzó a España a adoptar una posición más favorable a Rabat.

Unos golpean inmigrantes, aplauden a quienes lo hacen y votan a quienes lo promueven: peones del capital que nos mantienen enfrentados mientras se acelera la acumulación. Otros reclaman fronteras abiertas para tener más pobres a su servicio. No hay más.

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