Sepideh Kermani: ‘Las mujeres iraníes continúan hoy su lucha cotidiana. Desde el momento en que salen de casa sin velo hasta que regresan a ella, están ejerciendo una forma de resistencia’

Entrevistamos a Sepideh Kermani, una mujer iraní residente en España, con quién abordamos diversas cuestiones de actualidad sobre su país.

Por Carmen Aneas y Angelo Nero | 9/10/2026

“Mujer, vida y libertad” fue la consigna de las revolucionarias kurdas que se enfrentaron con las armas en la mano al Estado Islámico en Rojava. También fue el grito de protesta de miles de iraníes que salieron a las calles tras la muerte de la joven Mahsa Amini. ¿Cuáles eran las demandas de las mujeres que salieron a manifestarse por todo Irán y que alcance y repercusiones tuvo ese movimiento?

La lucha de las mujeres iraníes después de la Revolución Islámica no comenzó con el movimiento Mujer, Vida, Libertad. Esta lucha había empezado ya el 8 de marzo de 1979, poco después del triunfo de la revolución, cuando una gran parte de las mujeres que habían participado en ella, defendiendo la igualdad, la justicia social y, sobre todo, la libertad, se dieron cuenta de que no solo no iban a ganar derechos, sino que estaban a punto de perder muchos de los que habían conseguido tras más de un siglo de lucha y resistencia.

Desde el primer momento en que se planteó la cuestión del hiyab, surgieron numerosos debates. Había voces que defendían la obligatoriedad del velo y otras que se oponían a ella. Quienes estaban a favor apelaban a la ley islámica y consideraban que, en un Estado islámico, las mujeres debían vestir de acuerdo con las normas religiosas. Las corrientes más extremistas y ultraconservadoras defendían que la identidad islámica del nuevo régimen debía reflejarse también en la apariencia y la conducta de las mujeres.

Muchas mujeres se manifestaron en contra de estas medidas con lemas como «No hemos hecho una revolución para volver atrás» o «No al reaccionarismo». Reclamaban libertad y rechazaban la pérdida de derechos, pero sus protestas fueron reprimidas. La obligatoriedad del velo se implantó de forma progresiva entre 1980 y 1983, las restricciones y obligaciones se fueron aplicando en instituciones y espacios públicos. Hasta que en 1983 el parlamento decretó el Código Penal Islámico que imponía el uso obligatorio del velo en los espacios públicos. A partir de ese momento, aquellas que aparecían sin velo podían ser detenidas, agredidas, maltratadas, encarceladas o multadas. Muchas de las mujeres que se negaban a cumplir esta norma fueron expulsadas de sus puestos de trabajo. Muchas terminaron exiliándose y las que permanecieron en Irán no tuvieron más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias, desarrollando esa conocida estrategia de la doble vida. Sin embargo, nunca dejaron de luchar.

La guerra entre Irán e Irak, que duró ocho años, relegó en gran medida las reivindicaciones feministas, pero estas no desaparecieron. Poco a poco, paso a paso y generación tras generación, surgieron nuevas campañas y formas de resistencia. Primero se impulsaron iniciativas para reformar las leyes discriminatorias contra las mujeres, como la campaña del millón de firmas (2006). Más tarde llegó el Movimiento Verde (2009), y posteriormente surgieron algunas campañas muy importantes contra el velo obligatorio, como My Stealthy Freedom (2014) y White Wednesdays (2017). Estas iniciativas terminaron trasladándose a las calles a través de acciones de protesta como las protagonizadas por las Chicas de la calle Enghelab, mujeres que se subían a lugares elevados y se quitaban el velo en señal de protesta contra su obligatoriedad.

El movimiento Mujer, Vida, Libertad llegó después. El asesinato de Mahsa Amini fue su detonante y desató la ira de una gran parte de la población contra la Policía de la Moral, que durante décadas ha ejercido control, vigilancia y violencia sobre las mujeres que no se comportan o no piensan de la manera que exige el régimen. Este movimiento fue una de las expresiones más importantes y visibles de esa larga trayectoria de resistencia frente a la opresión. El velo obligatorio es su símbolo más evidente. Por ello, muchas mujeres protestaban negándose a llevarlo, quitándoselo en espacios públicos o quemándolo como acto de desafío. También se cortaban el cabello y compartían esos gestos en las redes sociales, mientras arriesgaban su libertad e incluso su vida en las calles de Irán.

Aunque las mujeres fueron el motor y el símbolo de aquellas protestas, el movimiento acabó incorporando a estudiantes, minorías étnicas, hombres jóvenes y sectores muy diversos de la sociedad. Muchas personas no protestaban únicamente contra el velo obligatorio, sino también contra la represión política, la corrupción, la falta de libertades y la situación económica. Cuando se habla de su alcance y de sus repercusiones, yo pienso sobre todo en las personas encarceladas, asesinadas, heridas o empujadas al exilio. Para mí no es un movimiento que pueda medirse únicamente por sus consecuencias políticas. Es una herida abierta.

Las mujeres iraníes continúan hoy su lucha cotidiana. Desde el momento en que salen de casa sin velo hasta que regresan a ella, están ejerciendo una forma de resistencia. La lucha no ha terminado. La Policía de la Moral sigue existiendo y continúa actuando. El hecho de que muchas mujeres arriesguen su seguridad saliendo sin velo a la calle, pese a conocer las posibles consecuencias, no significa que el régimen haya modificado las leyes en su favor. Ocurre justamente lo contrario. El Parlamento ultraconservador ha impulsado una nueva legislación, conocida como la ley de «Hiyab y Castidad», que refuerza la obligatoriedad del velo e introduce multas, penas de prisión y otras sanciones más severas que las previstas en la normativa anterior. La integridad, la dignidad y la salud física y mental de las mujeres siguen estando en peligro cada vez que salen de casa sin cumplir las normas impuestas por las autoridades religiosas y políticas.

Toda esta lucha, especialmente durante los últimos años y con un apoyo masculino cada vez mayor, ha supuesto un avance importante para la sociedad iraní. Ha permitido que muchas niñas y mujeres dispongan de más autonomía, más capacidad de decisión y mayores espacios de libertad. Sin embargo, eso no significa que disfruten de una libertad real ni garantizada. Esa libertad sigue siendo extremadamente frágil y puede desaparecer en cualquier momento, ya que carece de una protección jurídica sólida y no cuenta con el respaldo de las estructuras del régimen islámico.

Tras el estallido del conflicto entre la República Islámica de Irán y EEUU e Israel, muchos sectores de izquierda, desde una óptica anti-imperialista han mostrado sus simpatías por el gobierno iraní, ¿crees que es contradictorio apoyar a un régimen teocrático desde una postura de izquierdas?

Creo que sí. Resulta contradictorio cuando determinados sectores de la izquierda cierran los ojos ante las barbaridades que el régimen comete contra su propio pueblo y ante la represión que ejerce sobre su población. Valores que la izquierda suele defender en los países occidentales, como la libertad, la igualdad, el respeto a los derechos humanos, el feminismo o los derechos de las mujeres, no son respetados en Irán. Se trata de un país donde no existe libertad de expresión, donde los periodistas no pueden manifestarse en contra del régimen, donde las cárceles están llenas de presos políticos y donde se ejecuta a personas que han luchado o se han expresado en contra del sistema. Es un régimen que no cumple con los principios básicos de una sociedad democrática y progresista. La óptica antiimperialista no debería llevar a apoyar a un Estado militarizado únicamente porque se enfrenta a Estados Unidos e Israel. Sería como apoyar a un hombre maltratador porque se enfrenta a otros maltratadores, olvidando el dolor y el daño que ha causado y sigue causando dentro de su propia casa. Porque, al mismo tiempo que se enfrenta a otro agresor, continúa maltratando a su mujer y a sus hijos.

No siento simpatía por las teocracias, la religión debe estar al margen, permanecer en la esfera privada de las personas, al menos eso pienso yo, pero a la vez me admira el comportamiento del gobierno iraní frente al imperialismo yankee. ¿Me puedes explicar cuál es la situación actual de Irán?

Tú puedes sentir admiración por ellos porque no pagas ningún coste por ello. (admirar es gratis) Quien paga con su vida es el pueblo iraní. Desde el estallido de la Revolución Islámica en 1979, hemos tenido que vivir una guerra de ocho años en la que murieron alrededor de medio millón de iraníes; una brutal represión política y social; ejecuciones masivas de disidentes políticos, ya fueran comunistas, nacionalistas o miembros de minorías étnicas, especialmente durante los años ochenta; la opresión sistemática de las mujeres; la falta de libertades sociales y sexuales; y la represión constante de los levantamientos y protestas de carácter económico, político y social.

A todo ello se suman la desigualdad de género, las sanciones económicas, los embargos, el aislamiento político, la fuga de cerebros, el exilio de millones de personas, las muertes y la última masacre, sea quien sea el responsable. También la financiación del denominado Eje de la Resistencia, o de grupos terroristas, según quién los defina, así como los enfrentamientos con Israel y Estados Unidos y la guerra actual en la región. Muerte, daño, dolor, pérdida y llanto. Eso es lo que le ha tocado vivir al pueblo iraní durante estos 47 años.

Por todo lo que acabo de contar, una gran parte del pueblo iraní se siente sola y abandonada por la comunidad internacional. Nos sentimos solos cuando pedimos apoyo frente a la represión y las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen, y también cuando tenemos que afrontar las consecuencias de los conflictos internacionales que nos superan. La mayoría de los iraníes no ha elegido este sistema político, porque en Irán no existen elecciones libres, ni una oposición legal capaz de competir por el poder, ni libertad de expresión o de actividad política. Después de décadas de lucha, muchos estamos cansados de enfrentarnos solos a un monstruo. Mientras tanto, una parte del mundo nos reduce al estereotipo de «terroristas» o del «eje del mal», y otra minoría admira al régimen sin asumir ninguno de los costes que impone a su población. Sin embargo, quienes terminamos pagando el precio, una y otra vez, somos los iraníes. Y eso no es justo

Tu perteneces a una de las minorías nacionales de Irán, ¿están discriminadas en la República Islámica? Y en caso de responder afirmativamente, ¿qué tipo de oposición hay en estas tres comunidades?

La discriminación más importante que comparten todas estas comunidades es que sus idiomas no están reconocidos como lenguas oficiales. El único idioma que se estudia y utiliza de forma oficial en Irán es el persa, y las publicaciones en otras lenguas, que son al menos una veintena, son muy limitadas. Afortunadamente, la mayoría de las personas aprenden y hablan la lengua de su comunidad en el ámbito familiar y local. En mi caso, antes de ir a la escuela no sabía hablar persa. Para mí y para toda mi generación, la escolarización supuso entrar en un mundo ajeno, casi como si fuéramos extranjeros, ya que la enseñanza no se impartía en nuestra lengua materna. A esto se suma la concentración de la riqueza, de las principales instituciones culturales, de las mejores universidades y de las oportunidades laborales en determinados territorios y centros de poder.

En cuanto a la oposición, esta suele desarrollarse de forma clandestina, a través de un activismo que a menudo termina siendo perseguido, reprimido o forzado al exilio. La represión, la persecución y los encarcelamientos forman parte de la realidad que afrontan muchos activistas pertenecientes a estas comunidades.

El actual presidente, Masud Pezeshkian, tiene orígenes kurdos y azeríes, ¿Su llegada al poder supuso un cambio respecto a los derechos culturales, lingüísticos y sociales de estas minorías nacionales?

No, que yo sepa, no ha habido ningún cambio significativo. Lo único que se hizo fue utilizar sus orígenes para ganar votos. Es como afirmar que tener una mujer al frente de un gobierno es suficiente para combatir el machismo, cuando sabemos que este problema no depende únicamente del género de quien ocupa el cargo, sino de las estructuras, las leyes y las políticas que lo sostienen o lo combaten. En este caso, ocurre algo parecido. Las libertades culturales, lingüísticas y étnicas no dependen de los orígenes personales del presidente, sino del marco legal y político existente, así como de las formas de discriminación y opresión que siguen afectando a estas comunidades. Por ello, el hecho de que el presidente tenga raíces kurdas y azeríes no ha supuesto, hasta donde yo sé, una mejora real en los derechos de estas minorías.

Otra realidad importante que debo mencionar es que en Irán no existe transparencia. Todo está envuelto en la oscuridad y el secretismo. No hay acceso a datos fiables sobre la realidad social del país. Por ejemplo, resulta muy difícil conocer la verdadera dimensión de fenómenos como la violencia de género, ya que las estadísticas son escasas, incompletas o simplemente no se hacen públicas. Todo está sometido al control del Estado y a una fuerte opacidad institucional. Por eso, en muchas ocasiones, la realidad que viven las personas no coincide con la imagen que proyectan las autoridades. La falta de información objetiva y de organismos independientes hace muy difícil comprender el alcance real de muchos problemas sociales, económicos y políticos que afectan a la población iraní.

Por otro lado, la cuestión de las minorías étnicas en Irán está estrechamente vinculada a la soberanía y la integridad territorial del país. A menudo se acusa a los kurdos y a otras minorías étnicas, como los árabes, los azeríes o los baluches, de tener aspiraciones independentistas o intenciones separatistas que pondrían en riesgo la unidad del país y lo dividirían en diferentes territorios. De esta forma, sus reivindicaciones suelen ser desacreditadas o presentadas como una amenaza para la seguridad nacional, en lugar de abordarse como demandas legítimas relacionadas con los derechos culturales, lingüísticos, sociales o políticos de estas comunidades.

Tras la agresión militar de Israel y EEUU, y el estallido de un conflicto armado abierto que alcanza todo Oriente Medio, ¿crees que está más fuerte o más debilitado el gobierno iraní? ¿Ha unido al pueblo iraní los continuos e indiscriminados bombardeos de los ejércitos yanki y sionista?

No sé responder a esta pregunta con certeza.

Si me preguntas si el régimen iraní es hoy más fuerte, yo diría que no. Un gobierno verdaderamente fuerte necesita contar con el apoyo de su población. Como en Irán no existe transparencia, no disponemos de datos fiables para saberlo de forma objetiva, así que solo podemos guiarnos por los indicios que observamos. Por un lado, la propaganda oficial muestra imágenes de hombres y mujeres vestidos de negro o con uniformes militares, concentrados en plazas, exhibiendo banderas y expresando su apoyo al régimen bajo la protección de las fuerzas armadas que vigilan por su seguridad. Por otro lado, las propias autoridades amenazan desde la televisión estatal a quienes se planteen salir a la calle para manifestarse contra el régimen, advirtiendo de que la respuesta será incluso más dura que la represión sufrida en anteriores protestas. Además, el régimen corta el acceso a internet, prohíbe, criminaliza y castiga la libre expresión de opiniones contrarias a su línea política. La población vive bajo un clima de miedo alimentado por las ejecuciones casi diarias de disidentes políticos y por una represión constante contra cualquier forma de oposición.

Si observamos estos hechos y recordamos la magnitud de las movilizaciones contra el régimen que han tenido lugar en los últimos años, resulta difícil concluir que exista un apoyo popular amplio. Tampoco parece que la guerra haya cambiado sustancialmente esta situación. Muchos iraníes consideran que el propio régimen es responsable de haber llevado al país a este escenario debido a sus políticas agresivas y a la falta de libertades democráticas. A ello se suma una situación económica muy deteriorada, marcada por una inflación descontrolada y una pérdida constante del poder adquisitivo. Los iraníes repiten una y otra vez que, desde la llegada de los ayatolás al poder, sus condiciones de vida no han dejado de empeorar.

Es cierto que existe una minoría que sigue apoyando al régimen, ya sea por convicciones ideológicas o religiosas, o por sus vínculos con los centros de poder político y militar. Sin embargo, no creo que ese apoyo sea suficiente para afirmar que el gobierno se ha fortalecido en términos de legitimidad social. Por eso no considero que el régimen sea hoy más fuerte en un sentido positivo, es decir, en el sentido de dirigir un país más cohesionado y capaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Lo que sí percibo es que se ha vuelto aún más militarizado y más represivo con su propia población.

Considero que una gran parte de esa población ya estaba unida en su rechazo al régimen antes de la guerra. Lo que este conflicto no ha conseguido es reconciliar a esa mayoría crítica con la minoría que continúa apoyándolo. De hecho, las negociaciones entre el gobierno iraní y Estados Unidos han puesto de manifiesto tensiones dentro del propio sistema. El sector más ultraconservador, que rechaza cualquier tipo de entendimiento con Washington, ha chocado con quienes consideran necesarias esas negociaciones. Estas diferencias reflejan que las divisiones no solo existen en la sociedad iraní, sino también en el interior del propio régimen.

Ahora mismo Irán es el único país que está plantando cara a Israel y USA. ¿Ve factible una solución al conflicto? ¿Es decir, ve solución posible para acabar con esta escalada con Trump y Netanyahu al frente de sus gobiernos?

Sinceramente, no tengo los conocimientos necesarios para responder con seguridad a una pregunta tan compleja. De hecho, me imagino que ni siquiera los analistas especializados podrían ofrecer una respuesta definitiva, ya que la evolución de este tipo de conflictos depende de numerosos factores políticos, militares y económicos.

Dicho esto, creo que cualquier solución duradera pasa, en última instancia, por algún tipo de acuerdo entre las partes implicadas. El problema es que no está claro hasta qué punto todos los actores consideran que una negociación les resulta más beneficiosa que mantener la confrontación. Tengo la impresión de que los intereses geopolíticos de los distintos actores pesan con frecuencia más que las necesidades de la población civil. Quienes suelen pagar el precio más alto de estas crisis son los ciudadanos corrientes, que quedan atrapados entre rivalidades internacionales, cálculos estratégicos y las decisiones de sus propios gobernantes.

Como iraní, me preocupa especialmente el futuro de mi país. Más allá de cómo evolucione el conflicto, me gustaría que fueran los propios iraníes quienes pudieran decidir libremente su futuro político y avanzar hacia un sistema más democrático, sin imposiciones externas y respetando la voluntad de la población.

En lo personal, aunque estás a miles de kilómetros de distancia, ¿cómo te ha afectado el estallido de la guerra? ¿cómo se encuentra actualmente tu familia?

Mucho, me ha afectado muchísimo. Los miles de kilómetros de distancia nunca me han parecido tan cortos como desde el 8 de enero de 2026, cuando ocurrió la masacre en Irán. Desde ese momento, creo que todos los iraníes que vivimos fuera del país nos hemos convertido en seres partidos en pedazos. Una parte de nosotros permanece en Irán, junto a nuestras familias y seres queridos, mientras otra parte intenta continuar con su vida allí donde reside. Es una situación muy dura. Yo viví la guerra de ocho años entre Irán e Irak durante mi infancia y, el año pasado, durante la guerra de los doce días, también estaba en Irán, y ahora agradezco haber estado allí. Ya sabía entonces que vivir algo así junto a mi familia hacía la situación más llevadera. Recibir los misiles juntos es menos doloroso. Estar tan lejos y no saber exactamente qué sienten, cómo están o qué están viviendo en cada momento es infinitamente más duro. La distancia genera una impotencia enorme, porque no puedes protegerles ni acompañarlos cuando más lo necesitan.

Además, al problema de la distancia se sumaron el corte de internet y la interrupción de las comunicaciones con Irán, medidas que el régimen adoptó para controlar a la población. Los ciudadanos de a pie sufrimos especialmente esta situación, al no tener noticias de nuestras familias ni saber qué estaba ocurriendo con ellas. Esto no ocurrió solo durante la guerra, sino también durante las manifestaciones de enero de 2026, que terminaron en una masacre en la que murieron miles de personas. Durante semanas no pudimos contactar con nuestros seres queridos. Las comunicaciones estaban cortadas. Vivíamos pendientes de cualquier llamada, de cualquier mensaje, de cualquier noticia. Recuerdo pasar horas viendo imágenes en las televisiones occidentales, ampliando fotografías y observando vídeos una y otra vez, buscando entre la multitud alguna cara conocida, algún familiar, algún vecino; cualquier señal que nos permitiera saber que seguían vivos. Fue una forma de violencia que pocas veces se menciona. La angustia de no saber si tu madre, tu padre, tus hermanos o tus amigos están vivos o muertos es devastadora. La incertidumbre te consume por dentro. Muchos iraníes en el exilio vivimos aquellos días pegados al teléfono, sin poder dormir, imaginando los peores escenarios posibles.

En manifestaciones recientes en mi ciudad he visto mujeres iraníes que lanzaban consignas contra el régimen actual y lo hacían con pancartas del movimiento «Mujer, vida y libertad ‘. Lo que me chocaba era que a la par llevaban la bandera del león. No entendí nada. ¿Me puedes decir qué piensas de este movimiento y en qué situación está ahora mismo?

La bandera del león y el sol es nuestra bandera nacional histórica. Con la llegada de los ayatolás al poder, este símbolo fue sustituido por el emblema actual de la República Islámica, que incorpora la palabra «Alá» y la inscripción «Allahu Akbar» en sus márgenes. En la actualidad, muchas personas que se oponen al régimen, independientemente de que sean partidarias o no del antiguo sistema monárquico, utilizan la bandera del león y el sol para expresar su rechazo a la bandera oficial y al régimen que esta representa.

Muchas personas se identifican simultáneamente con las reivindicaciones feministas y democráticas del movimiento Mujer, Vida y Libertad y utilizan la bandera histórica simplemente como símbolo de oposición a la República Islámica, sin que ello implique necesariamente una posición monárquica. Aunque, por otra parte, existe un sector de la población iraní que apoya al hijo del sha como una posible figura de transición entre el régimen de los ayatolás y un futuro sistema democrático.

Sin embargo, ellos no son la única voz de la oposición. Existen otras corrientes y movimientos con visiones muy diferentes sobre el futuro de Irán: sectores republicanos que defienden una república laica y democrática; grupos de izquierda con planteamientos centrados en la justicia social; activistas de los movimientos feministas y estudiantiles; defensores de los derechos humanos; organizaciones de minorías étnicas y religiosas; organizaciones kurdas que reclaman un mayor reconocimiento de los derechos nacionales y culturales; así como numerosos intelectuales, periodistas y activistas de la diáspora iraní.

También existen figuras reformistas que, aunque discrepan en distinto grado del sistema actual, plantean cambios graduales en lugar de una ruptura total. Del mismo modo, hay quienes apoyan al hijo del sha como una figura de transición, mientras que otros rechazan cualquier regreso a la monarquía y defienden modelos republicanos o federales.

Por todo ello, la oposición iraní es diversa y está lejos de constituir un bloque homogéneo. Lo que une a muchos de estos sectores es su crítica al sistema político actual y su demanda de mayores libertades civiles, derechos políticos y reformas democráticas. Sin embargo, existen profundas diferencias sobre la forma de alcanzarlas y sobre el modelo de país que debería surgir tras un eventual cambio de régimen.

Hablar de la situación de la mujer iraní es complicado, porque la información «real» que hay es, como siempre contradictoria. O bien escuchas hablar de libertad plena, o de obligación del velo y de control total sobre la vida de las mujeres. ¿Qué hay de verdad en estas dos visiones? ¿Cuál es la situación actual?

¿Cómo? ¿Libertad plena? ¿De qué libertad plena me hablas? Sinceramente, me cuesta entender de dónde sale esa idea. La pregunta, tal y como está planteada, me resulta muy ofensiva y profundamente dolorosa. Para quienes hemos vivido y conocemos de cerca la realidad de Irán, hablar de «libertad plena» en relación con la situación de las mujeres resulta incomprensible. Esta pregunta me resulta dolorosa porque da a entender que existe un debate real entre dos versiones opuestas de la situación de las mujeres en Irán: una de supuesta «libertad plena» y otra de control y restricciones.

La realidad es que existen leyes que tratan a las mujeres de forma desigual con respecto a los hombres, considerándolas en determinados ámbitos legales como menores de edad o subordinadas a la autoridad masculina. Existe la imposición del velo, existe la intervención del Estado en aspectos de la vida privada y existen limitaciones jurídicas y sociales que afectan específicamente a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Por eso el movimiento Mujer, Vida, Libertad no surgió de la nada. Surgió porque millones de mujeres llevaban décadas denunciando esas restricciones y reclamando el derecho a decidir sobre sus propias vidas.

Para aclarar un poco más el tema, se puede decir que las mujeres iraníes siguen estando sujetas a importantes discriminaciones legales: necesitan la autorización del marido para cuestiones tan básicas como obtener un pasaporte, viajar al extranjero o ejercer plenamente su autonomía personal. Además, las leyes en materia de divorcio, custodia de los hijos e herencia continúan estableciendo desigualdades entre hombres y mujeres. A esto se suman instituciones como la poligamia masculina y el matrimonio temporal, así como una legislación que permite el matrimonio de las niñas a partir de los 13 años, con las consecuencias que ello puede tener en forma de matrimonios infantiles y embarazos precoces. También se pueden mencionar otras restricciones que podrían sorprender y que, en muchos países del mundo, resultarían chocantes por afectar a aspectos que se consideran básicos: las mujeres iraníes no pueden cantar en público como solistas, no pueden bailar en público ni obtener el permiso de conducir motocicletas, entre otras limitaciones.

Y estas son solo algunas de las discriminaciones más visibles. Existen muchas otras formas de desigualdad y de violencia institucional que afectan a las mujeres en su vida cotidiana. Todo ello se desarrolla, además, en el contexto de una sociedad profundamente patriarcal, donde las limitaciones legales, sociales y culturales se refuerzan mutuamente. Por todo ello, me resulta difícil comprender cómo puede describirse la situación de las mujeres en Irán como una realidad de «libertad plena».

Lo que más me duele de esta pregunta es que parece ignorar el precio que muchas mujeres han pagado por protestar. Han sido detenidas, encarceladas, golpeadas, perseguidas o incluso han perdido la vida. Para muchas familias iraníes, esto no es una discusión teórica ni una cuestión ideológica. Es una experiencia personal. Si de verdad queremos hablar de la situación de las mujeres en Irán, la pregunta no debería ser si disfrutan de una libertad plena. La pregunta debería ser por qué tantas mujeres han estado dispuestas a arriesgar su seguridad, su libertad e incluso su vida para reclamar derechos que consideran básicos.

Una de las cuestiones que más se debaten con respecto a la mujer islámica es la cuestión del velo, mientras en Irán es obligado, aquí se habla de prohibirlo, y hay voces desde la izquierda que defienden el derecho a usarlo en lugares públicos. ¿Que opinas de este debate?

Opino que debe existir libertad de elección para las mujeres. Nadie debería estar obligado a llevar velo, pero tampoco debería prohibírsele usarlo si así lo desea. Lo fundamental es que cada mujer pueda decidir libremente sobre su propia vida y su propia imagen, sin imposiciones del Estado, de la religión ni de la sociedad.

Dicho esto, también creo que es importante distinguir entre una decisión tomada libremente y una que responde a presiones familiares, sociales o institucionales. Por eso, más que centrar el debate únicamente en la prenda en sí, considero que debería centrarse en garantizar que las mujeres dispongan de los mismos derechos y de la misma capacidad de decisión que los hombres. En mi opinión, la libertad consiste tanto en poder llevar velo como en poder no llevarlo sin sufrir represalias, discriminación o exclusión.

La realidad iraní es desconocida por la mayor parte de los ciudadanos del Estado español, incluso he escuchado a algún tertuliano hablar de los iraníes como árabes… ¿Qué lecturas nos recomendarías para acercarnos a su cultura?

La poesía, el arte y la música son algunos de los pilares fundamentales de nuestra cultura. La identidad iraní no se reduce a la religión islámica, que, en términos históricos, es relativamente reciente dentro de una civilización milenaria.

Para acercarse a la cultura iraní, recomendaría empezar por la poesía. Los grandes poetas persas siguen estando muy presentes en nuestra vida cotidiana y forman parte de nuestra manera de entender el mundo. La mejor manera de acercarse a la cultura iraní es a través de su poesía. Durante siglos, los poetas han sido la voz de nuestra memoria, de nuestros sueños y de nuestras heridas. También es interesante acercarse al cine iraní, que a menudo se nutre de nuestra tradición literaria y de muchas de las preocupaciones sociales y culturales de la sociedad iraní. Existen algunas novelas iraníes traducidas al castellano, aunque todavía son pocas. La música también es una excelente puerta de entrada a nuestra cultura y refleja una gran parte de nuestra sensibilidad, nuestra historia y nuestra diversidad.

Por último, me gustaría saber tu opinión de Marjane Satrapi, la creadora de “Persépolis”, ya que con motivo de su fallecimiento he leído posturas que me han sorprendido.

No sé qué posturas has leído que te han sorprendido, pero, a mí, a estas alturas de la película, ya no me sorprende nada. Vivimos en un contexto de guerra de relatos que pretende dar la vuelta a la realidad, juzgar a las personas por su forma de pensar, invisibilizar su dolor e ignorar su sufrimiento.

Cuando vi su película por primera vez, en 2007, sentí una profunda empatía hacia ella. Me sentí representada, reflejada, e incluso pensé que la protagonista era yo. Con una gran diferencia de clase, eso sí. Yo pertenezco a una familia muy humilde, mientras que ella procede de una familia acomodada, con orígenes aristocráticos. Pero, como niña, como adolescente y como joven iraní, compartíamos la misma historia.

Compartíamos la discriminación de género, la opresión sobre las mujeres y la represión del régimen. Compartíamos también esa doble vida que gran parte del pueblo iraní se vio obligado a desarrollar para sobrevivir. Compartíamos la experiencia de la guerra de ocho años entre Irán e Irak, la segregación por sexos en numerosos ámbitos de la vida, la represión social, la música prohibida, el arte censurado, la obligatoriedad del velo, las fiestas prohibidas, la prohibición del alcohol y la constante intervención del régimen en la esfera privada y pública de la vida cotidiana.

También compartíamos el exilio, la crisis de identidad, la morriña, la nostalgia, la melancolía y todo el dolor que estas experiencias dejan en nuestras mentes y en nuestros corazones.

Marjane Satrapi retrata con gran precisión una realidad vivida por una parte importante de la sociedad iraní, una parte que no comparte la ideología islamista del régimen y que, con el paso del tiempo, ha ido creciendo. Sus ideas progresistas y de izquierdas nunca fueron bien recibidas por las autoridades iraníes. Ella vivió el exilio por pensar de manera diferente, por querer ser libre y por desear la libertad para su pueblo.

Creo que realizó un trabajo extraordinario al mostrar la cara menos visible y más reprimida de la sociedad iraní. Una realidad que el régimen de los ayatolás trató de censurar y que, en muchas ocasiones, tampoco despertó demasiado interés en la prensa y los medios de comunicación occidentales.

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