Caminando por Gjirokastër, la ciudad de las piedras que hablan (1)

Por Angelo Nero

Gjirokastër, una de las más bellas ciudades del corazón de Albania, es un lugar que anima a olvidarse de los relojes, y recorrer sus calles a pie, y llegar a ella con el ritmo de antiguo peregrino, aún a los que, como yo, carecemos de fe. En aquel caluroso septiembre de 2019 también nosotros entramos en la ciudad caminando y no tardamos en divisar los muros de la Kalaja, conocida antiguamente como Argyrokastro, cuyo origen se remonta al siglo XII, y que está ubicada en lo alto de una colina, que domina la ciudad. Aunque en la actualidad la urbe será conocida por ser la cuna de dos de los albaneses más celebres de su historia contemporánea: el líder comunista Enver Hoxha y el escritor más universal, Ismail Kadaré, Gjirokastër ya tuvo cierta importancia comercial bajo dominio bizantino, cuando era conocida como Argyropolis (la ciudad de plata), pasando posteriormente a formar parte del Despotado de Epiro.

El Despotado de Epiro, surgido en 1204 tras la caída de Constantinopla en manos de los cruzados, duró hasta 1479, con la muerte del último déspota de la dinastía Toco, con la perdida de los últimos reductos del reino que, treinta años antes, perdiera su capital, Arta, y su última fortaleza, Angelokastro, ante las huestes otomanas. Aunque esto también lo conocimos con posterioridad, puesto que entonces nuestro interés era otro, con menos épica: buscar un lugar donde comer. En la falda de la colina dónde se asienta el castillo, encontramos bastante animación en torno a media docena de tabernas, quizás porque ya era hora de sentarse a la mesa, y una de ellas, con una pequeña terraza bajo una parra, llamó mi atención. A buen gusto me hubiera sentado a tomar una Korça y quizás unas dolmas, si no fuera porque todavía teníamos todo Gjirokastër por descubrir. En la Rruga e Kalasë, que ascendía hacia la fortaleza, también vimos bastante actividad, esta vez comercial, ya que en los muros de la carretera había toda una muestra de alfombras, manteles de ganchillo, y todo tipo de artesanías, sin faltar la miel y la lavanda, también productos típicos de la zona, así como tallas de madera, atendidos por señoras que parecían estar allí desde los tiempos del rey Zogu, buscando una sombra que no daba para todos. Como ya comprobáramos en Sarandë, los albaneses son una raza orgullosa y ofrecen su mercancía sin insistencia, para que los clientes se convenzan con el producto y no con la labia del comerciante, en muchas ocasiones te sonríen en forma de saludo, pero en muchas más te ignora, siguen charlando entre ellos, mordisqueando las páginas de un libro o atendiendo al teléfono.

Valoramos visitar el castillo, ya que estábamos a unos metros de la entrada, pero finalmente decidimos bajar al casco histórico para buscar un sitio donde apaciguar los gritos de nuestro estómago, cruzando un pequeño bosque que desembocaba en un parque con estatuas de combatientes por la independencia. La primera calle que encontramos era un hervidero de actividad comercial, con cafés, tiendas de sourvenirs, y restaurantes.

“Era una ciudad inclinada, quizás la más inclinada del mundo, que había desafiado todas las leyes de la arquitectura y del urbanismo. El techo de una casa, a veces, tocaba los cimientos de otra y, sin duda, era el único lugar en el mundo donde, si se resbala en la orilla de una calle, se corre el riesgo de encontrarse en un tejado. Caminando por la calle, hay lugares donde se extiende un poco el brazo, se puede colgar el sombrero en la punta de un minarete. Muchas cosas eran extrañas y muchas parecían pertenecer al reino de los sueños”, escribía Ismail Kadare, en su “Crónica de la ciudad de piedra”.

Sin duda es una ciudad inclinada, ubicada en un largo pasillo rodeado de montañas escarpadas, que fue el lugar de paso obligado para las grandes tribus del Epiro (caonios, molosos…), los ilirios, griegos y romanos, bizantinos y otomanos. Aquí están las iglesias más antiguas de Europa, con la particularidad de que hay casi tantos tekkes como mezquitas, ya que las hermandades sufís (halvetis y bektashis) florecieron aquí bajo la influencia de Ali Pacha, a comienzos del siglo XVIII.

Después de bajar unas empinadas escaleras entramos en el Pazari i Vjetër, el antiguo bazar, encuadrado en el casco antiguo de la ciudad, con preciosas casas típicas con tejados de pizarra, uno de los activos que lograron que fuera declarada ciudad-museo por el gobierno albanés, ya que se trata de uno de los modelos de urbe otomana mejor conservados, y es que este cuidado suelo empedrado albergó, hasta mediados del siglo XX, un importante mercado de agricultura, marroquinería y carpintería, aunque su estructura actual data del siglo XVII, cuando el gobernante Memi Pasaha decidió que las calles que acogían la zona comerciar confluyeran hacia un mismo lugar, conocido como el cuello del bazar. A pesar de que en 1912 el barrio sufrió un pavoroso incendio, este se levantó otra vez de sus cenizas para ofrecernos uno de los lugares más visitados –podemos dar buena fe de ello- del sur del país de las águilas.

Caminamos entre las alfombras más hermosas, entre la cerámica más colorida, entre delicados artículos de cuero, también muchas reliquias del pasado socialista, cascos y gorros militares, botas… seguro que en alguna trastienda habría también munición y armas auténticas, quizás alguna de las 650.000 que desaparecieron durante la Revolución Popular Albanesa de 1997, surgida tras el colapso de los sistemas financieros piramidales, y que produjo la caída del gobierno de Sali Berisha, la muerte de dosmil personas y la intervención de las fuerzas de la ONU, ante el riesgo de que el conflicto derivase en una guerra civil abierta.

Precisamente, fue en Gjirokastër dónde los comunistas del Comité de Salvación Nacional negociaron con el socialista Bashkim Fino, nombrado primer ministro en medio de aquella crisis, y antiguo alcalde de la ciudad, una salida política que detuviera el enfrentamiento armado, que se había iniciado en Vlora. Pero no encontramos rastro de aquel conflicto, ni de su pasado comunista, en el lugar natal de Enver Hoxha, que todavía parecía gozar de cierta simpatía entre sus paisanos, ya que su rostro adornaba tazas y platos en muchas tiendas, entre banderas albanesas y postales. Aunque el bazar no tardó en abrumarnos, eran muchas las ofertas y pocos los leks, ya que nos urgía cambiar los euros que llevábamos en el bolsillo para hacer las compras en la moneda local, así que bajamos por la Rugga Ismail Kadaré, para tropezarnos con la mezquita del siglo XVIII, que no pudimos visitar, ya que, como la mayoría de las que encontraríamos en Albania, estaban siendo rehabilitas con patrocinio del gobierno ¡turco!…

«Soy un estudiante rebelde del sistema empobrecido»

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