Erostrato en Twitter

El insulto genera interacción. El odio mueve clics. Cuanto más cruel seas, más visibilidad obtienes. Se ha creado una economía de la toxicidad, donde el desprecio se convierte en moneda de cambio.

Por Isabel Ginés | 18/04/2025

En el año 356 a. C., un hombre llamado Erostrato incendió el Templo de Artemisa en Éfeso, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. No era un acto religioso, ni político, ni fruto de la locura. Lo hizo para hacerse famoso. Quería que su nombre quedara grabado en la historia. Y lo consiguió. Aunque las autoridades prohibieron mencionarlo para no premiar su crimen, los historiadores desobedecieron, y su nombre ha llegado hasta nosotros dos milenios después.

El impulso de provocar destrucción para existir es tan antiguo como actual.

Cambian los medios, no el fondo. Hoy, en lugar de antorchas, tenemos cuentas de Twitter, perfiles anónimos y comentarios llenos de veneno. Gente que no quiere aportar, quiere molestar, estorbar, simplemente hacer ruido y provocar. Molestar. Herir. Y sobre todo: ser vistos.

Jean-Paul Sartre escribió un cuento titulado Erostrato en 1939. En él, el protagonista que es un hombre gris, perdido, sin rumbo ni identidad decide comprar una pistola y disparar a desconocidos desde una azotea. No odia a nadie. No tiene ningún motivo concreto. Solo quiere demostrar que puede hacerlo, que existe, que su presencia tiene consecuencias.

Ese relato es un espejo de muchos comportamientos actuales: perfiles anónimos que insultan, humillan, difaman o siembran odio sin más objetivo que ser notados. Lo hacen desde la comodidad de un pseudónimo, protegidos por el anonimato, pero con el mismo deseo que Erostrato: que su nombre o su usuario aparezca, aunque sea por lo peor. Sin ese anonimato no harían lo que hacen porque muchos cuando son descubiertos borran su huella y desactivan su cuenta. Es la dualidad de ser anónimo para dañar pero su límite es ser desenmascarado. La cobardía como bandera y sus instintos más bajos si no tienen nombre real pero disimular si crueldad si se descubre.

Usan máximas que no tiene lógica pero ellos creen que si. Si no te ven, no eres nadie. Si no provocas reacción, no existes. Lo dijo Byung-Chul Han: “Lo que no se muestra, no existe.”

Y lo grave no es solo que muchos quieran destacar a cualquier precio. Lo peor es que el algoritmo lo recompensa. Si provocas tienes más interacciones y eso da más visibilidad. El algoritmo premia contenido de odio y de ultra derecha. Más provocas y más creas el caos más te verán, el ego se ensalza y eso te hace ir a más con tu odio e insultos. El insulto genera interacción. El odio mueve clics. Cuanto más cruel seas, más visibilidad obtienes. Se ha creado una economía de la toxicidad, donde el desprecio se convierte en moneda de cambio.

Así es como, día a día, surgen miles de pequeños Erostratos digitales. No queman templos, pero arrasan con la dignidad de los demás. No buscan justicia, buscan atención. Y lo hacen sin responsabilidad, escudados en la sombra. Nadie les mira a los ojos. Nadie les exige dar la cara. Y ellos lo saben.

Sartre decía que el ser humano está condenado a ser libre. Esa libertad implica responsabilidad: debemos elegir quién somos y qué hacemos con nuestra vida. Pero esa elección asusta. No todos están dispuestos a construir. Es más fácil destruir y señalar, gritar e insultar desde el anonimato, que asumir el vacío y enfrentarse a uno mismo.

El acosador digital, el que lanza odio gratuito, no es valiente. Es cobarde. Es incapaz de soportar su propio silencio. Solo sabe afirmarse negando al otro. Es una versión moderna del personaje de Sartre: alguien que no ha encontrado sentido a su vida y, en lugar de construirlo, prefiere arder con el templo.

Erostrato fue ejecutado, pero su sombra sigue viva cada vez que alguien elige la provocación como forma de existir. Cada vez que alguien insulta sin pensar, ataca sin motivo, o se alimenta del odio que genera. En lugar de llenar el vacío con ideas, lo llenan con rabia. En vez de hablar con voz propia, gritan lo que sea, con tal de no desaparecer.

Pero lo más trágico no es lo que hacen. Lo trágico es que a veces consiguen lo que buscan: atención. Seguidores. Visibilidad. Y el sistema se lo permite.

Quizá no podamos apagar todos los fuegos, pero sí podemos decidir a quién dejamos arder en silencio.

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